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Detective Rouse 4. JUGANDO A SER DETECTIVE


Aquella noche los sueños no fueron muy distintos. Aunque esta vez estaba en un bosque. Había tanta niebla que no podía ver, tanta que iba apartando ramas con las manos. Sólo que las ramas se convertían en sogas. Cada vez estaba todo más y más denso. Después de andar perdida, todo empezaba a clarear, y al fondo veía una luz. Menos mal que no salía de un túnel, lo único que faltaba en mis pesadillas. Llegué a un claro del bosque, verde, limpio, con mucho sol. En el centro destacaba un monumental árbol centenario. Por supuesto de él colgaba una soga. También algo nuevo. Un papel con el juego del ahorcado, clavado con una chincheta en el tronco del árbol, que se movía con la ligera brisa que soplaba.

Abrí los ojos y miré la hora. Las 06:20 de la mañana. Sabía que no iba a poder dormir de nuevo. Una idea rondaba mi cabeza y no sabía muy bien cómo hacerla desaparecer. La única manera era demostrarme que aquello no era cierto. Así que me dispuse a investigar.

Lo primero era tomar algo, ya que no era persona sin desayunar, y la cafeína del desayuno me ayudaría a estar más centrada. Preparé el café con leche y las tostadas. Mientras lo tomaba tranquilamente, observaba el papel colocado en la mesa de la cocina. Ese día ni TV ni redes sociales a primera hora. El sueño que había tenido y aquel papel ecilpsaban todo lo demás.

Al ser domingo por la mañana, mi calle era más tranquila si cabía. Abrí un poco la cortina y la ventana para disfrutar el aire fresco que entraba. Encendí el portátil y cogí la libreta de notas y un par de bolis. Iba a estar preparada para cualquier dato que pudiese encontrar. Tenía todo el día para buscar. No había quedado a comer cómo solía hacer el resto de domingos.

La primera búsqueda que hice en Google fue suicidios. Vi enlaces, el teléfono de la esperanza, datos de suicidios, relación entre depresión y suicidio. Lo que menos noticias. En la segunda búsqueda filtré más: suicidios por ahorcamiento. Lo que apareció tampoco me servía para nada. Hice una tercera búsqueda más precisa: noticias de suicidios por ahorcamiento. Ahora sí. Tenía enlaces con distintas webs de noticias, dónde podía encontrar casos reales. Estuve navegando viendo lo ocurrido en otras ciudades, hasta que encontré noticias en la mía. Exactamente dos casos recientes. Uno, monitor de gimnasio, se ahorcó en el garaje del gimnasio dónde trabajaba en mes anterior, en marzo. El otro, un artista, lo hizo en su estudio dos meses antes, en febrero.

Supongo que la vida bohemia de los artistas me atrajo y fue la primera noticia que leí. Hacía 2 meses de la publicación del suicidio de Rob, un pintor de bastante prestigio a nivel nacional. Había sido en su estudio, fruto de falta de inspiración, ¿rezaba? la noticia. Pocos datos más. Una foto, alguna de sus obras más conocidas y su estudio. Entré en su web empeñada en encontrar una pista que diese veracidad a mis ideas. En la portada, recién actualizada, sus últimas obras. Entre ellas una inacabada en una de las paredes del estudio. La obra en la que trabajaba en el momento de la crisis. Una escalera abatible de madera, la cual había utilizado, para su suicidio, permanecía delante del muro. Detrás un bote de pintura negra abierto, con una brocha ancha. En la pared unas líneas sin sentido. Cosas de artistas.


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¿Era cierto lo que estaba viendo? Rápidamente fui a por el papel plegado. Sentada al lado de la pantalla lo comparé con la supuesta obra de Rob. Pude ver lo que tenían en común, aunque el papel que estaba en mi poder contenía más detalles. Otra vez el juego del ahorcado en mi mente.

Inmediatamente me puse a buscar el información sobre el otro suicidio. El monitor. No tuve tanta suerte. Habían utilizado la noticia como relleno al no ser un personaje conocido y daban poca información. La única pista que encontré, fue que el cuerpo lo encontraron en el garaje que usaba el gimnasio para sus clientes y empleados así como el nombre del centro deportivo. Por suerte no estaba demasiado lejos de mi casa. Me preparé y puse rumbo hacia aquel lugar Llegué más rápido de lo que había calculado, supongo que las ganas de saber más hacían que mi paso fuera más rápido. Dos bajos más allá de la entrada al gimnasio, hallé el acceso al parking. Era 24 horas, con lo que me resultó fácil entrar a él.

Dentro encontré pocos coches aparcados. Al ser domingo, la mayoría de usuarios estarían en sus casas. Pude ver una zona en la que las paredes tenían pintado el logo del gimnasio. Me acerqué para intentar averiguar dónde dejaría su moto aparcada aquel chico. Rápidamente localicé su plaza. Habían improvisado un pequeño altar con flores y fotos al igual que en las noticias de la T.V. Allí parada comencé a buscar dónde habría colocado la soga y por supuesto, intentaba encontrar alguna pintada cómo las de los otros casos. Mi intención y mis ganas hacían que diese por echo que aquello no era una simple casualidad. Lo iba a intentar, lo iba a encontrar.

De la soga ni rastro, por supuesto. Una estructura metálica anclada a lo largo de la pared era lo único que vi. Deduje que era lo que usó para poder poner fin a su vida. Ojeé bajo la estructura y no encontré ninguna pintada que simulase el juego. Miré por el suelo, buscando algún papel, pidiendo al destino la señal que necesitaba para que aquello fuese una macabra realidad. En aquel espacio reducido ni rastro. Era normal siendo que aquello había ocurrido hacía casi un mes. Ofuscada y un poco desilusionada, porqué no reconocerlo, me decidí a volver a casa.

En una pared situada a pocos metros de la plaza de garaje llena de recuerdos del fallecido , había una zona que habían pintado recientemente. Más bien habían querido tapar una pintada. Mis ojos brillaron pensando si aquello era lo que estaba buscando y mi corazón se aceleró. Por suerte para mí, no se habían esforzado demasiado y pensaba que podía intentar descifrar lo que allí habían escrito.

Me acerqué y me alejé. Me coloqué en diagonal en un lado y en otro, buscando el punto en el cual sería capaz de saber que había debajo de aquella pintura. Llegué incluso a mirar desde bajo. Utilicé la linterna del móvil para tener más luz y ver qué zonas estaban más marcadas. Poco a poco fui descifrando lo que allí habían escrito…. ¿Era cierto o lo estaba imaginando??

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Si que era. Alguien estaba jugando y asesinando a personas, dándose la circunstancia que las 3 víctimas eran masculinas.

De camino a casa iba recopilando toda la información que tenía. Tenía claro que no había más muertos por el momento. El último había sido esa misma semana y los otros dos en meses anteriores. Todavía no había tenido tiempo de volver a hacerlo, aunque estaba convencida que su nueva víctima la tendría ya elegida. No podía permitir que eso pasase. Iria ese mismo día a la Comisaría para exponer mi teoría. Quizás me tacharían de loca, lo iba a intentar de todos modos.

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Detective Rouse 3. EL PAPEL

Durante las siguientes noches los sueños extraños se fueron repitiendo: árboles, sogas, parques y policía aparecían solos o combinados. Aquel cóctel me tenía cansada, no conseguía dormir lo suficiente. Nunca hubiese imaginado que ver un cadáver me iba a afectar de tal manera. Por suerte para mí, llegaba el fin de semana y podría descansar.

A las 7:30 del sábado sonó el despertador. Había olvidado desconectarlo el día anterior. Casi sin abrir los ojos decidí apagarlo y seguir durmiendo. Di un par de vueltas e intenté relajarme.

¡Imposible! Mi cabeza no paraba de recordarme aquella imagen que me había atormentado toda la semana. No quedaba otra. Dejaría el sueño y el descanso para otro momento. Tocaba organizar, limpiar, comprar…. La tediosa rutina de los sábados. Lo primero y sagrado era el desayuno, necesitaba un buen café para quitarme el aturdimiento que tenía.

Lo cierto era que no me sentía con ganas de tareas domésticas esa mañana. La casa se mantenía ordenada y limpia. Lo que si debía hacer era poner lavadoras. Tenía la ropa del día a día además de la deportiva y las toallas; debía ponerla a lavar para que el lunes estuviese preparada. Me dispuse a sacar la toalla arrugada de la mochila cuando un trozo de papel cayó al suelo. Lo recogí sin más, pensando que sería alguna nota que no recordaba. Una de tantas que escribía en ocasiones para recordar alguna frase o pensamiento.

Mientras se encendía el portátil, abrí el papel para recordar qué había escrito en aquel trozo de folio que fuese tan importante . La sorpresa fue que no había nada escrito por mí. Se trataba de un símbolo en grande, acompañado de rayas y unas letras sin sentido aparente. ¡Niños jugando! Pensé. Y lo deposité en la papelera.

El resto del sábado transcurrió cómo el resto. Terminé de recoger las cosas de casa, hice la compra y la comida. A las 6, me bajé a tomar algo con mi amiga Tere y subí rozando la media noche.

El haber hablado con ella de mis extraños sueños y por supuesto del odioso tema del amor, hacia que me sintiese más ligera. Ella tenía razón. Lo que había pasado había eliminado casi por completo los pensamientos y el desánimo que venía sintiendo desde hacía unos cuantos meses. Y los bosques, sogas y demás irían desapareciendo poco a poco.

Seguro que esa noche conseguiría descansar mejor.

Me quedé dormida en el salón tranquilamente y sin darme cuenta, con la tele encendida. Me despertó una pesadilla. Esta vez estaba reviviendo aquel miércoles paso por paso, escena por escena. Cómo descubrí la mochila, el cadáver, cuando vino la policía y de la nada aparecía… El papel. Me incorporé rápidamente y con el pulso acelerado y fui a cogerlo de la papelera, que por suerte no había vaciado. Lo miré de nuevo y la duda surgió…. ¿Y si fuese un juego del ahorcado? Terrorífica casualidad.

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Detective Rouse. 2 EL AHORCADO

Había pasado más de un mes desde aquel suceso en el cual descubrí mi vena detectivesca. Desde aquel momento había hecho muchos cábalas y me planteaba si aquella sería mi profesión. Seguía ojeando los sucesos, lo mismo que buscaba artículos de grandes casos, sin dejar de leer novela negra y de visionar series policíacas.
Desde aquel día mi barrio caracterizado por ser bastante tranquilo, no me había dado la oportunidad de volver a comprobar mis habilidades deductivas. Aún así, ante cada sonido desconocido, corría a mirar por la ventana.

Tenía una rutina diaria desde hacía unos meses, que incluía un paseo a primera hora antes de enfrentarme a la silla de la Oficina. Era una ruta fija que a buen ritmo la completaba en unos 45 minutos. Aún así la hora de levantarme era casi indecente, algo que me permitía no cruzarme con nadie. Recorría unas pocas calles para llegar a una zona nueva de la ciudad llena de fincas en construcción y de zonas verdes. Una gran avenida con carriles en ambos sentidos al centro y enormes aceras separadas de la calzada por pequeñas parcelas ajardinadas con distintos árboles y plantas. Una rotonda era el punto de referencia para emprender la vuelta. Llegar a casa, ducha y al trabajo

Aquel miércoles de finales de abril amaneció un poco nublado y dude en salir. El día anterior me había sido imposible cumplir con la rutina del paseo. Ese fue el motivo que me llevó a desprenderme de la pereza y obligarme a salir. Me preparé guardando lo básico en un pequeño saco: identificación, llaves, toalla… Emprendí la marcha aunque seguía sin estar motivada. Las calles aún dormían como la mayoría de los días. En las fincas por las que iba pasando se podían ver pocas luces encendidas. Por la calle muy poca gente. Esa sensación de soledad me gustaba, ya que el resto del día solía ser muy dinámico y social.

Llegué a la nueva zona, sobre las 06:30. Me gustaba ir viendo la evolución de los edificios en construcción; cómo pasaban de solar a estructura y finalmente viviendas. El cambio de las zonas verdes era un poco más lento. Habían plantado árboles jóvenes, con lo cual no habría sombra hasta pasados unos años. A excepción de un monumental árbol que habían decidido mantener. Era uno de los puntos de referencia que usaba para medir el tiempo.

Al ir acercándome a aquel árbol, pude ver algo apoyado en las raíces que sobresalían entre la tierra. Fijé la vista y vi que era una mochila. Decidí reducir el paso para mirar con detenimiento y curiosidad, así aprovechaba para secar el sudor provocado por el exceso de humedad de aquel día con la pequeña toalla que llevaba guardada. Me planteaba porqué estaba aquella mochila allí: quizás la habían robado, o alguien la había olvidado, o… Abrí los ojos y quedé inmóvil frente al árbol.. El móvil y la toalla que llevaba en las manos cayeron al suelo.

¡Un ahorcado! Quedé unos segundos en shock antes de reaccionar y pensar que debía actuar. Me agaché y recogí todo lo que me había caído, principalmente el móvil para llamar ¿A quién? Con las manos temblorosas mezcla de nervios e incredulidad marqué el 112, primer número que me vino a la cabeza.

Cómo pude expliqué a la operadora del otro lado de la línea que había encontrado un ahorcado. Di mis datos y la ubicación. Hice las comprobaciones que me pidieron. Entre ellas tocar el cadáver para saber si estaba frío o caliente. La operadora de emergencias me dio las gracias y me pidió que permaneciese allí hasta la llegada de los agentes y el equipo de forenses que ya estaban de camino. Recogí la toalla y la guardé en mi saco.

No podía dejar de mirar el cadáver cómo hipnotizada, nunca había visto uno tan cerca. La cabeza un poco ladeada hacia la izquierda, los ojos cerrados y la boca semiabierta. Su pelo perfectamente peinado  y encerado le daba un aspecto muy formal, su expresión era tan tranquila. Los brazos colgando a lo largo del cuerpo  y los pies en unas puntillas invisibles. Vestía con traje chaqueta de corte moderno, camisa lisa perfectamente planchada y zapatos de vestir limpios.

Mientras esperaba nerviosa me fijé en la mochila. Quería abrirla y ver que había allí. Sabía que no debía tocar nada o contaminaría la escena, como tantas veces  había escuchado en las series de investigación. Pero aquello no era un crimen ¿No? Era un suicidio. No había más que pensar; dejar que  llegase la policía y poder seguir con mi día. Comenzaba a estar nerviosa. Este suceso iba a provocar que llegase un poco tarde al trabajo. Suponía que no me podría marchar hasta que los policías me indicasen. Sólo quería llegar a mi trabajo, e intentar olvidar la imagen del ahorcado, cuando empezase mi rutina. Mandé un mensaje a mi compañera, sin darle más detalles de lo necesario. Simplemente me iba a retrasar.

Llegó la policía y acotó la zona alrededor del ahorcado; también los forenses. Mientras estos últimos se encargaban de examinar el  cadáver otros agentes buscaban posibles pruebas. Uno de ellos se acercó a mí y me realizó una serie de preguntas.

-¡Buenos días! ¿Ha sido usted quién ha llamado a emergencias?
-Si señor agente, he sido yo…
-¿Cómo ha descubierto usted el cuerpo?
-Suelo venir casi a diario por esta zona a caminar. Siempre a primera hora. Al acercarme he visto la mochila en el árbol y he parado por si alguien la había perdido. Ha sido cuando he visto el cuerpo – contesté nerviosa.
-¿De qué dirección venía?
-Venía de allí. – Me giré ligeramente para señalar con el dedo la dirección exacta.
-¿Que hizo después?
-Lo primero llamar a emergencias…

El agente me estuvo preguntando todo lo que consideraba necesario, supongo que para descartar que tuviese algo que ver con el suceso y cerciorarse que aquello fuese un simple suicidio. Todo eso hacia que me sintiese la protagonista de un capítulo de una de las series que veía normalmente.

Durante el tiempo que duraron las preguntas, mis ojos oscilaban entre mi interlocutor y todo lo que sucedía alrededor en torno al cadáver. Cómo actuaban los forenses, cómo los agentes miraban en los alrededores y tomaban fotografías. Eso de vivirlo en primera línea me fascinaba. A mí y a los curiosos que empezaban a aparecer. Conforme avanzaba el tiempo más gente emprendía su día a día y cuando vemos ambulancias y policía a todos nos entra  nuestra vena morbosa. Pregunté si me podía marchar, ya que empezaba a ir apurada de tiempo si no quería llegar tarde al trabajo, a lo que me respondieron afirmativamente.

Hice el camino a casa más rápido de lo normal con la adrenalina por las nubes por lo que había visto, además de la preocupación por llegar tarde al trabajo. Cuándo contase lo que había ocurrido iban a quedarse tan parados (estupefactos) como yo. Me desnudé rápidamente y solté el saco en el suelo. Zeus y Era me perseguían notando mis nervios. Tras la ducha express,  me arreglé los más rápido que pude. Necesitaba salir de casa. Necesitaba rutina. Me despedí con caricias de mis gatos que me esperaban en la puerta y me fui.

Lo primero que hice cuando llegué a la oficina, fue sentarme en mi sitio sin soltar mi bolso. Noe, mi compañera, me preguntó al ver la expresión de mi cara. Entendió enseguida el por qué estaba así, cuando le conté con detalle lo que había ocurrido a primera hora. El resto del día fue bastante tranquilo y aunque en algunos momentos conseguí centrarme, en otros muchos, bueno en la mayoría, mi pensamiento volvía al ahorcado. No podía evitarlo. Noe, me miraba y sonreía cada vez que me veía abstraída, y terminaba dándome un codazo para que volviese de mis pensamientos.

El día de trabajo me pareció más largo de lo habitual. Sólo quería llegar a casa. Iba a ser un buen día para sacar mi bloc de notas y resumir el día. ¿El día? Escribir con todo lujo de detalles la mañana y luego muy por encima el medio día y la tarde, al no haber ocurrido nada tan interesante en el resto de horas.

Al llegar a casa la rutina de siempre: ducha, pijama, cena… Escribir mi increíble anécdota, un rato de tele y dormir. Todo fue con la normalidad a la que estaba acostumbrada. El descanso fue lo que se vio truncado al soñar con un parque llenos de árboles con sogas colgando, aunque sin cuerpo. ¿Significaría aquello algo?

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Detective Rouse. 1 ROSA


Últimamente escribir relatos se ha convertido en un lujo en mi día a día. Necesito estar centrada en otros aspectos; en una muy buena oportunidad que he tenido a estas alturas de la vida y que roba gran parte de mi tiempo en este momento.

Mientras encuentro un equilibrio, sigo creando y almacenando ideas. En una de ellas, le llamo soñando grande, intento ir más allá y pretendo enlazar varios capítulos. Algo bastante complejo, por cierto. Pero quería intentarlo e intentar superarme a mí misma y a los miedos y barreras que muchas veces nos creamos.

Este «soñando grande» lleva mucho tiempo rondando en mi cabeza y se merece la oportunidad de nacer.
La detective Rouse, que encontró un hobby en «Tras la ventana indiscreta» ha vuelto.

1. ROSA
Llegó a su casa y encendió el televisor. Su canal favorito comenzó a emitir imágenes. No solía cambiar porque en este veía las series de investigación criminal que tanto le fascinaban. Y aunque algunos capítulos los había visto en varias ocasiones, siempre le servía para descubrir algo nuevo o para recordar cómo actuaban los profesionales en esos casos. Si descubría alguna otra serie interesante, se aprendía el horario y lo incorporaba a su rutina.

No sabía muy bien de dónde le venía la afición, creía que era algo que siempre había estado ahí. Y ahora a su edad, aunque no sabía bien como definirla porque no se consideraba ni joven ni mayor y lo de mediana edad le sonaba raro, le fascinaba más que nunca. ¿Y si se pusiese a buscar información?¿O a estudiar?¿Detective privado? No lo sabía muy bien, pero la idea le rondaba por la cabeza. Y cuando se empeñaba en algún proyecto lo llevaba hasta el final.

Siempre había tenido una vida muy normal. Con altibajos, con algunas experiencias más intensas y otras más comunes. Con partes de su vida conocidas por su entorno y otras tantas que quedarían en secretos inconfesables.

Rosa, vivía sola. En alguna ocasión había compartido su casa, su espacio, su vida y su corazón. Hoy por hoy prefería ser su propia compañía. Había bloqueado sus emociones cansada de sufrir, de las decepciones y de las mentiras. Y aunque no se cerraba a conocer gente nueva, si era mucho más selectiva. Rosa vivía casi sola. La acompañaban sus gatos Zeus y Era, al ser estos animales de compañía bastante independientes y no necesitar grandes atenciones. Siempre estaban en la puerta esperándola, normalmente para pedir comida y luego desaparecer hasta necesitar alguna otra cosa. En algunas ocasiones se acercaban a ella pidiendo atención; en otras era ella la que los buscaba para escuchar sus ronroneos tan pacificadores. Eran los compañeros perfectos.

Rosa la niña dulce y confiada se había ido convirtiendo hacia un tiempo en Rox una joven un tanto reservada, capaz de dejar una huella imborrable en todos aquellos que la conocían de verdad. Era reflexiva, tanto que incluso se cuestionaba el aire que respiraba. Era emotiva y le costaba desprenderse de los sentimientos. Rox, así era cómo la llamaban los más cercanos, había ido adaptando ese apodo a su rutina. Defienden los entendidos en numerología y otras ciencias, la importancia del nombre con el que nos damos o conocer o con el cual nos sentimos identificados. Ella se había sentido Rox durante los últimos años.

Hacía un tiempo que se sentía extraña. Estaba evolucionando. Necesitaba un cambio. No sabía a qué nivel pero necesitaba darle un giro a su vida. Demasiadas circunstancias a su alrededor que la lastraban. Demasiados recuerdos en atrapados en su memoria Tantos que la tenían presa. Ver series de investigación era de las pocas cosas que no le hacían pensar, que no le hacían recordar. Se estaba convirtiendo en alguien solitario, cada vez le costaba más ser social.También sentía menos apego por personas y objetos.
Su casa estaba perfectamente ordenada reflejando la necesidad de poner orden en su interior. De convertirse en la dueña de su vida. Algo que estaba en proceso. Se había desprendido de múltiples adornos y otros tantos recuerdos acumulados durante los años. Decorando los muebles se podían ver velas, incienso y libros. Poco más. Últimamente ya no escribía Rox en las notas que dejaba, o en los mensajes que mandaba. Se sentía mejor siendo Rouse. Rouse Capri en alguna ocasión.

¿Y quién era Rouse Capri? Era yo.

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La chica desconocida

Se fijó en aquella chica un viernes unas semanas atrás, cuando cansado y saturado del trabajo decidió respirar aire puro y abrió la ventana de la oficina. Entre toda la gente que caminaba por la calle, Ella, tan sencilla, tan natural, tan…. distinta. La observó mientras recorría la calle por la acera enfrente de su oficina situada en un primer piso. Aquel día desconectó del mundo y conectó con ella.

La semana siguiente transcurrió con normalidad, incluso el viernes era normal, libre del estrés de la semana anterior. En un momento, algo dentro de su cabeza cobró vida, un recuerdo, una sensación: Ella, la chica de la anterior semana. Lo normal era no volver a verla, fue sólo ese momento. Pero ¿Y si volvía a pasar por allí de nuevo? Lo tenía que probar, tampoco perdía nada.

Intentó recordar la hora a la que se había asomado, serían sobre las 5 cuando se asomó y ahora eran las 3. Tenía 2 horas por delante, que se le hicieron eternas, aunque no se quería reconocer a si mismo el por qué. Unos minutos antes de la hora, decidió asomarse. – Por si acaso-, pensó.

Curioseaba a las personas que pasaba por allí. Miraba atentamente, no quería despistarse y no verla. La gente continuaba caminando en ambos sentidos. No sabía cuánto tiempo había pasado. Estaba apunto de cerrar la ventana cuando la vio. Ahí estaba de nuevo. Esta vez se fijó en más detalles: su melena recogida con una pinza, su cuerpo pequeño pero proporcionado, su manera de andar, su forma de vestir.

Las semanas siguientes siguió con su ritual. Con sus ganas de asomarse para poder ver a la chica desconocida. Cada vez quería saber más de ella y fantaseaba con la posibilidad de conocerla. Pero, ¿Cómo se iba a acercar? No podía bajar a la calle, decirle que llevaba varias semanas observándola, quedaría como un obseso o un psicópata. Él no era nada de eso. Nunca antes había espiado a nadie. Simplemente sabía que quería conocerla e iba a pensar cómo. Debía perfilar un buen plan para el cual necesitaría dos o tres semanas. No le importaba.

Llegó de nuevo el viernes y empezó a poner su idea en práctica. Sabía la hora a la que pasaba, que giraba en la siguiente esquina, la que tenía una barbería. Después de eso, lo desconocía. Ese día él estaría allí, para así intentar averiguar la siguiente parte del recorrido que hacía.

Conforme se acercaba la hora se puso nervioso. Era consciente que iba a estar más cerca de ella. La iba a poder ver te frente y estando a la misma altura. Debía evitar mirarla mucho aunque no sabía si lo podría conseguir.

Sacó su teléfono, para intentar disimular. Estaba parado en la esquina, de perfil, apoyado en un árbol y mirando al final de la calle, cuando la vio acercarse. Ella, venía por la calle y miraba con ternura un perro enganchado en la puerta de un comercio. Rápidamente volvió a mirar al frente. No sabía qué hacer. La chica desconocida estaba cada vez más cerca.

Giró la esquina y continuó por la misma acera.Tras alejarse unos pasos, decidió ver hasta dónde iba. Mientras caminaba tras sus pasos, la cabeza luchaba entre la locura y el sentido común.
– ¿Cómo te pones a seguir a una chica a la que llevas observando varias semanas?- decía el Sentido Común.
– No estás haciendo nada malo. Te impactó y te gustaría conocerla. – replicaba la Locura.

Una manzana más allá y en la misma calle, se paró y entró en algún lugar. Esa zona no la conocía. Desconocía lo que allí había. Siguió andando para averiguarlo. Cuando pasó por delante, vio una especie de cafetería Se notaba que era un negocio familiar, muy bien cuidado y con una buena variedad de tes y cafés, además del olor a bollería recién horneada. Le pareció un sitio acogedor. Pero, ¿Dónde estaba ella? Se le ocurrió pensar que quizás trabajaba allí y se estaría cambiando. Eso lo averiguaría la semana siguiente, ese día ya se daba por satisfecho.

La semana se le hizo eterna, y tal y como dice el dicho: El que espera desespera.

Hay otro dicho que dice: todo pasa y todo llega. Así que un nuevo viernes llegó. Ese día no iba a bajar a la calle. Acudiría directamente donde ella estaba, eso sí con un tiempo de margen para darle tiempo a cambiarse y empezar su jornada de trabajo. Se haría cliente habitual y así semana tras semana cogería confianza con ella. Valoraría si existía conexión entre ellos, ya que él no era un hombre de emociones.

Salió de su oficina y emprendió el camino tranquilamente, mientras pensaba todas las posibilidades de aquel encuentro. Unos metros antes paró. Respiró hondo. Se acomodó la ropa y se arregló un poco el pelo con las manos. Entró.

Era un lugar pequeño, pero con encanto. Tras el mostrador había una mujer mayor de aspecto amable. Ni rastro de la chica. Por unos instantes pensó en salir, pero la mezcla del olor entre café y bollería era tan bueno qué se tomaría algo ya que las circunstancias le habían llevado hasta allí. Pidió un café y se sentó en una butaca muy cómoda. Mientras esperaba a que le sirvieran ojeó el interior del local. Las pocas mesas que habían estaban ocupadas y no le extrañaba. Aquel lugar tenía encanto. En una de las mesas vio sentada a la chica. Entendió por qué no la había visto desde fuera y supo que hacer el último día de su plan.

Ese viernes llegó antes que ella y se sentó en la misma mesa en la que ella lo hizo la última semana. Miró a su alrededor. La decoración que habían utilizado: colores suaves en las paredes con fotos de parajes naturales, mesas redondas estilo parisino y en lugar de sillas, unas pequeñas y cómodas butacas; manteles de tela de varios colores y una flor natural en cada mesa que cambiaban a diario. Y una mesa oculta a la vista.

Él vio cómo la chica recorría los escasos metros que le quedaban hasta la mesa mientras iba abriendo una cremallera para sacar algo de su bolsa. Al llegar a la mesa paró de repente. Ambos se miraron y tuvo la sensación de conocerla toda la vida.

– Eh…. Hola- musitó ella con voz un poco tímida.
– Buenas tardes- contestó él con voz profunda.
– Vaya, no esperaba encontrar a nadie sentado, ya que la que suele estar ahí sentada soy yo -y sonrió con dulzura.
– Me ha aparecido un rincón muy tranquilo y he querido aprovecharlo -contestó él con otra sonrisa- pero me levanto y me cambio.
– Bueno, me sabe mal tú has llegado antes.
– Y, ¿Si te sientas conmigo? Sé que no nos conocemos, aunque algo dentro de mí me dice que sí que te conozco.
Ella se sonrojó y contestó: – Esa misma sensación he tenido yo- Y apartando la silla se sentó con él, mientras se presentaba.

Así se conocieron en «La Pastelería». Y volvieron a quedar en «La Pastelería 2».

La decoración que habían utilizado: colores suaves en las paredes con fotos de parajes naturales, mesas redondas estilo parisino y en lugar de sillas, unas pequeñas y cómodas butacas; manteles de tela de varios colores y una flor natural en cada mesa que cambiaban a diario. Y una mesa oculta a la vista.


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La Pastelería 2

Hacia un tiempo que había dejado de esperar, ya no creia en el amor, en las historias bonitas ni en las personas especiales. Eso sólo pasaba en el cine, en la TV y en las novelas que había dejado de ver y leer. Nunca en la vida real.

Todo eso del destino le parecía ahora una bobada, a pesar de lo que había ocurrido la semana anterior. De su encuentro del viernes con aquel chico tan… No lo iba a catalogar, por todas las decepciones que había experimentado. Incluso pasados los dias y fríamente, se planteaba si acudiría al encuentro. Desde la distancia todo lo veía y sentía diferente. Dudaba de la magia.

Por eso conforme se acercaba el viernes le daba más y más vueltas a qué iba a hacer. ¿No ir? Y no tener su viernes, ya fuese sola o acompañada en su rincón especial. Quizás aquello pasó en un universo paralelo y no lo volvería a ver, inventó para ponerse una coraza. También podía ir y ojear desde fuera si aquel chico acudía…. El podría estar en la misma situación que ella. ¡Nooo! Ella era decidida. Iría y le daría otra oportunidad a lo que tuviese que pasar. Tampoco pondría ninguna etiqueta.

Y el viernes llegó. Como cualquier otro se preparó. Eligió ropa cómoda, algo que le hiciese sentir bien, sin que pareciese que iba a una especie de cita. Y en lugar de su portátil, un libro que hacía poco le habían dejado, y que daba la casualidad que hablaba de la «magia» entre las personas. Era su comodín, por si aquel día pasaba a ser uno más.

Salió de casa un poco apurada por la hora. Así con prisa no pensaría demasiado en aquella tarde, en aquel encuentro, en aquel chico. No escucharía música por si alguna canción alteraba su estado de ánimo, que era una mezcla entre nervios huyendo del miedo, dudas de la mano de la intriga, ilusión intentando saltar barreras… Vamos un cóctel de emociones del que podía salir cualquier sentimiento.

Llegó a la puerta de la pastelería y allí no había nadie. Una sensación de alivio la inundó y respiró con fuerza soltando el aire que retenía en sus pulmones desde hacía unos segundos. Así se evitaba otro mal trago, ya que lo de aquel chico le había parecido demasiado ¿especial?
-Sin etiquetas, por favor- se dijo a sí misma. Y con el libro en la mano y pensando en el significado de la magia entró.

-¡Buenas tardes!- dijo sonriendo – Esta tarde me apetece un té verde y…
-¡Buenas tardes!- dijo una voz que salía de su rincón- ¿Pides sin mi?
-¡Oh! –  giró la cabeza hacia la voz y se quedó en silencio sin saber que decir – Al no verte en la puerta pensaba que no habías venido – añadió un poco apurada.
-Quedamos mismo sitio y hora… – sonrió él tranquilamente – y fue en aquel rincón- dijo señalando hacia la columna.

Ella sonrió discretamente y ambos pidieron antes de sentarse  en aquella mesa, que en aquella ocasión tenía un mantel a rayas rojas y blancas y como flor del día margaritas blancas.

La conversación que empezaron fue tan natural como la primera vez. La tranquilidad que le transmitía, hacia que su mente se quedase en blanco y que el pasado quedase en el olvido y el futuro no importase demasiado. Sólo importaba ese momento. Escuchaba atentamente cómo había ido su semana y la mezcla de sensaciones que había tenido conforme se acercaba el viernes. El hecho que él le contase con total naturalidad todo lo que había pensado con respecto al encuentro del viernes y que había incluido en su rutina le hizo sonreír y no sentirse tan rara y negativa. Ella empezó a detallarle su semana y también reconoció el comecocos que había tenido. Y sin dejar de sonreír le guiñó un ojo.

El tiempo pasó rápido y sin darse cuenta, entre anécdotas cotidianas, proyectos para la semana próxima, comidas, aficiones, música…  Hablaron de tantos temas, era tan fácil y agradable la conversación, que cuando escucharon de nuevo que iban a cerrar la pastelería, se rieron a carcajadas mientras se miraban.

– De nuevo ha volado el tiempo, ya me dirás cómo haces esa magia- dijo él.
– Magia, ¿crees en la magia? – dijo ella con gesto de sorpresa y sin dejar de sonreír. Aquella palabra volvía a aparecer en su vida.
– Creo en muchas cosas, pero eso lo dejo para otro día. ¿Te parece?
– Me parece…. -hizo una pequeña pausa para   darle emoción al momento- BIEN. Mismo sitio, el viernes próximo, ¿no? Y ahora ya sé que  será dentro – recordó avergonzada.
– Por esta vez te lo perdono- bromeó él.

Caminaron por la calle dirección a casa de ella como hacía una semana habían hecho. La charla continuaba; daba igual que hablasen del tiempo, de las fincas, del tráfico o de lo que surgiese, ya que aunque no estuviesen de acuerdo en algo escuchaban los motivos del otro. Llegaron a la esquina de la floristería, la de la despedida.

– Aquí estamos otra vez.- dijo ella mientras le miraba- Me alegro de haber venido al final.
– Decisión acertada, la verdad – añadió él- Quedamos en darnos los teléfonos hoy, pero he cambiado de idea. – comentó el poniendo un gesto serio.
Ella lo miró un poco desconcertada.
– ¡No es que no lo quiera! -dijo rápidamente y con sonrisa pícara- quiero que la magia se prolongue una semana más.
– Magia – repitió ella- bonita palabra.

Se despidieron con otro beso dulce en la mejilla, cerca de la comisura de los labios y emprendió, de nuevo, su marcha mientras caminaba hacia atrás y la miraba sonreír.

Por eso conforme se acercaba el viernes le daba más y más vueltas a qué iba a hacer. ¿No ir? Y no tener su viernes, ya fuese sola o acompañada en su rincón especial. Quizás aquello pasó en un universo paralelo y no lo volvería a ver, inventó para ponerse una coraza. También podía ir y ojear desde fuera si aquel chico acudía…. El podría estar en la misma situación que ella. ¡Nooo! Ella era decidida. Iría y le daría otra oportunidad a lo que tuviese que pasar. Tampoco pondría ninguna etiqueta.

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La Pastelería

Este relato, lo escribí hace un tiempo. Fue de los primeros que publiqué. Tuvo su secuela con La Pastelería 2 y La Chica desconocida, aunque no están escritos correlativamente. Es por eso por lo que los vuelvo a subir, en este caso seguidos, para enlazar así la historia y continuar con ella… Además, porque no reconocerlo, también estoy falta de tiempo, inspiración y alguna que otra circunstancia más.

Espero poder contar cómo sigue esta historia.

PD: está tal y como la escribí de origen. Sin retoques.

Cada miércoles y viernes acudía allí. A su rincón secreto, a su zona de paz, de inspiración y evasión.
Era una pastelería pequeña, donde casi todo el mundo iba de paso. Tenía apenas seis mesas, y una de ellas estaba medio oculta tras una columna y una planta colgante.
Aquella pastelería la descubrió una tarde dando un paseo, un día de esos en los que necesitaba pensar en todo y nada a la vez. Entró por casualidad y pudo encontrar un sitio muy agradable y donde los dueños ofrecían un trato muy familiar. Le gustaba la decoración que habían utilizado: colores suaves en las paredes con fotos de parajes naturales, mesas redondas estilo parisino y en lugar de sillas, unas pequeñas y cómodas butacas; manteles de tela de varios colores y una flor natural en cada mesa que cambiaban a diario. Y desde ese mismo momento decidio ir allí a refugiarse.
Tenían una amplia variedad de cafés y tes, así que podía variar todo lo que necesitase; además de bollería casera y otras piezas saladas.
Y lo que más le gustaba su mesa favorita, la oculta a la vista.
Esa semana había sido dura y deseaba que llegase el viernes para poder pasar allí la tarde, sin prisa por tener que madrugar al día siguiente. Aprovecharía al máximo su tiempo libre.
Llegó a casa y se cambió de ropa. Se quitó la ropa formal de trabajo, los pantalones de corte recto, la camisa blanca abotonada y los zapatos de salón. Escogió unos vaqueros y unas zapatillas casual; una camiseta básica y una chaqueta de punto por si refrescaba por la tarde. Se sujetó el pelo con una pinza y metió el portátil que tenía cargando en su bolso. Guardó también algo de dinero y la documentación.
Puso el móvil en el bolsillo trasero del vaquero y repasó mentalmente para no dejarse nada.
Salió de casa evitando dar un portazo fuerte, bajó por la escalera y emprendió el rumbo a la pastelería.
Aunque a veces se ponía cascos para ir por la calle, prefería escuchar los sonidos de la calle: los niños jugando, los árboles moviendo sus ramas, los pájaros con sus cantos, e incluso el tráfico. Todo ello le hacía sentirse parte del mundo, aunque sólo fuese una pequeña parte de él.
Llegó a la pastelería y entró. Saludó muy sonriente a los dueños y pensando en que iba a tomar, se dirigió a su mesa.
Mientras recorría los escasos metros que le quedaban, iba abriendo la cremallera para sacar el portátil y al llegar a la mesa paró de repente.
Y allí estaba él.
No le conocía de nada, nunca le había visto; pero al mirarle a los ojos tuvo la sensación de conocerle toda la vida.
– Eh…. Hola- musitó ella con voz un poco tímida.
– Buenas tardes- contestó el con voz profunda.
– Vaya, no esperaba encontrar a nadie sentado, ya que la que suele estar ahí sentada soy yo -y sonrió con dulzura.
– Me ha aparecido un rincón muy tranquilo y he querido aprovecharlo -contestó él con otra sonrisa- pero me levanto y me cambio.
– Bueno, me sabe mal tú has llegado antes.
– Y, ¿Si te sientas conmigo? Sé que no nos conocemos, aunque algo dentro de mí me dice que sí que te conozco.
Ella se sonrojó y contestó: – Esa misma sensación he tenido yo- Y apartando la silla se sentó con él, mientras se presentaba.
Una sensación que no sabía muy bien como explicar, iba creciendo en su interior mientras lo escuchaba hablar, mientras miraba a esos ojos tranquilos, mientras su cabeza no dejaba de pensar.
Acabaron el primer café y pasaron a un segundo; estaban tan a gusto juntos que ninguno tenía intención de marcharse. Vieron que podían hablar de cualquier cosa, desde viajes, experiencias, sueños, futuro y que tenían muchos puntos en común.
¿ Cómo es posible que no se hubiesen conocido antes? Porque todo ocurre en el momento preciso y exacto, y ese momento les había llegado.
– Vamos a cerrar en breve, -escucharon los dos. Se miraron a los ojos y sonrieron.
– No me he enterado de la hora – comentó él.
– Ni yo tampoco – añadió ella con una sonrisa traviesa.
Se levantaron y se dirigieron a la calle. Empezaron a andar sin destino, y a pesar de que era hora punta, se sentían como si sólo estuviesen ellos en la calle. No existía nada más.
– Estoy tan agusto contigo, nunca antes me había pasado nada igual. Si no te importa te acompaño  un poco hacia tu casa que empieza a ser tarde. La tarde ha sido maravillosa, y si te apetece tanto cómo a mí, me gustaría repetir.
– Claro, -respondió ella- me encantaría repetir. Mismo sitio el viernes próximo?
Vamos hacia esa calle que está muy cerca de mi casa y allí nos despedimos. También he estado muy bien contigo.
Se dirigieron hacia la calle, y en la esquina donde había una floristería pararon.
– Bueno, este es el fin por hoy.
– Si, por hoy; y gracias por acompañarme este trozo.
– La verdad es que no quisiera que acabase la tarde y ya estoy deseando que llegue la semana próxima. Había pensado en darnos el teléfono, luego he decidido que es mejor que no; confío en que el viernes próximo aparecerás y si ese día es como hoy, y siempre y cuando tú quieras, nos damos los teléfonos para poder hablar todos y cada uno de los días.
– Me gusta tú idea, y creo que la semana se me va a hacer muy larga – dijo ella mientras sonreía y arrugaba la nariz.
Él se acercó a su cara, y le dio un beso muy dulce en la mejilla derecha, muy pegado a la comisura de sus labios. Suspiró y empezó a caminar hacia atrás sin dejar de mirarla mientras ella sonreía como una niña.

Llegó a casa y se cambió de ropa. Se quitó la ropa formal de trabajo, los pantalones de corte recto, la camisa blanca abotonada y los zapatos de salón. Escogió unos vaqueros y unas zapatillas casual; una camiseta básica y una chaqueta de punto por si refrescaba por la tarde. Se sujetó el pelo con una pinza y metió el portátil que tenía cargando en su bolso. Guardó también algo de dinero y la documentación.
Puso el móvil en el bolsillo trasero del vaquero y repasó mentalmente para no dejarse nada.
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Desnuda

– Quiero desnudarte, – le dijo mirándole directamente a los ojos
– Lo voy a hacer muy despacio. Si necesitas que pare dímelo y lo haré. Sé que estás nerviosa y asustada – comentó intuyendo sus heridas y miedos

Se levantó y cambió la iluminación de la estancia. La luz era más suave ahora, más íntima. Pensó en poner algo de música tranquila, aunque a última hora decidió que era mejor el momentáneo silencio. Volvió a sentarse a su lado cogiéndole la mano para que ella se relajase y poco a poco romper el bloqueo. Era consciente que aquel día iba a dar un paso importante. No iba a conseguir desnudarla del todo. No importaba, no tenía prisa. Quería que fuese algo natural y que ella también participase, incluso tomase la iniciativa en algún momento.

Él intentaba mirar en el abismo de sus ojos expresivos. Ella necesitaba apartar en ocasiones la vista, conocedora de lo transparente y vulnerable que podía llegar a ser. No podía evitar temblar y dudaba si debía romper esa barrera. ¿Y por qué no? Había sido muy paciente con ella, no le había insistido y había aceptado y respetado todos y cada uno de sus «No».

Fijó sus ojos en los de él y con una inesperada tranquilidad le dijo que estaba preparada, iba a hacerlo, deseaba hacerlo. Se acercó a él muy despacio y lo abrazó. Muy segura de sí misma se fue separando poco a poco. Decidió tomar la iniciativa y marcar su propio ritmo. Él, en todo momento fue comprensivo y le dejó ir todo lo despacio que necesitase. Si la notaba intranquila o con recelo, intentaba ayudarla y demostrarle que estaría ahí con ella a pesar de todo.

Las primeras prendas de las que se desprendió fueron fáciles. Según iba avanzando, conforme se sentía más desnuda, él se mostraba más dulce con ella. Lo que llevó a que ella decidiese no parar y despojarse de todo.

Le contó sus miedos, todas sus malas experiencias, sus secretos inconfesables, sus deseos ocultos, habló de sus sueños e ilusiones. Desnudó su Alma.

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Mi amiga

El día que la conocí era una niña pequeña y no me gustó pasar tiempo con ella. No sentía ningún tipo de afinidad. Tuve que verla en otras tantas ocasiones en las que coincidimos: en celebraciones, cuando íbamos de visitas o al recibirlas en casa. A pesar de los encuentros la relación no mejoró, no la entendía cuando tenía que jugar con ella. Debo reconocer que me costaba aceptar su presencia cuando teníamos que encontrarnos. Era la amiga a la cual buscaba en último lugar, cuando el resto no podía. Mi último recurso. En aquella época era una niña y no me preocupaba si mi amiga se molestaba. Y lo curioso es que nunca la escuché protestar por nada. Todos mis juegos le parecían bien, y pusiese las normas que pusiese estaba de acuerdo.

Fui creciendo y nos fuimos distanciando poco a poco. Había cambiado y ampliado tanto mis amistades que casi nunca me acordaba de ella. Era algo que tampoco me importó, seguía siendo la última en mi lista de amistades. Mi personalidad, mis gustos y necesidades también habían evolucionado. Y en cambio ella se seguía adaptando a mí en todo, las pocas veces que nos veíamos. Después de un tiempo dejamos de vernos. No la busqué, ni la llamé. Ella a mí tampoco.

Los años transcurrieron llenos de salidas y entradas, de risas, bailes, conversaciones. Con gente de paso, con los de siempre y sin aquella amiga. La había olvidado por completo. No recordaba nada, ni siquiera el tiempo que pasamos juntas, ni nuestros juegos. Tampoco la nombraba al contar anécdotas de mi infancia y al mencionar a las que eran mis amigas nunca salía su nombre.

Crecí, aprendí, prosperé. Un buen día, supongo que cuando estaba preparada, volvió a aparecer en mi vida. Ella seguía igual, no había cambiado en nada. Seguía siendo la amiga que conocí siendo una niña inocente y que era fiel a mis normas, mis manías, mis costumbres. Fue un reencuentro extraño; ahora estar con ella no me resultaba tan incómodo. Poco a poco me fui acercando más y descubrí lo agradable que podía ser su compañía, comencé a ser consciente de todo lo que me había enseñado, que los juegos juntas siempre habían sido los mejores, y que era una amiga incondicional.

Hoy en día seguimos siendo amigas, muy buenas amigas tengo que precisar. Cuándo estoy triste sin ganas de hablar con nadie, me ayuda desde el silencio, incluso aun cuando me niego a estar con ella. He de reconocer que en ocasiones, cuando sé que va a venir siento pesar y tristeza, aún así siempre le agradezco la visita. Sé que después de un rato juntas habrá desaparecido el malestar. En cambio cuando soy yo la que va a buscarla, disfruto siempre de su compañía: al leer, al pasear o al soñar.
Su nombre: SOLEDAD

Después de un tiempo dejamos de vernos. No la busqué, ni la llamé. Ella a mí tampoco.

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El reto

El Reto

Estoy en blanco. Bueno más que estar en blanco, tengo muchas ideas para desarrollar. Aunque no hay ninguna que se decida a ser la primera. La solución, un relato que escribí hace casi un año para un reto que descubrí en una red social.

Este reto literario consistía en enviar un relato en menos de 48 horas y con una serie de requisitos a cumplir…. Otorgaban premios y la publicación de los mejores. Por supuesto que no conseguí nada. Bueno si, escribir un relato en tiempo récord y bajo presión. No lo he vuelto a leer desde entonces. Y no lo voy a hacer. Seguro que cambiaría muchas cosas. Lo comparto con vosotros.

Era una preciosa tarde de abril después de varias donde la lluvia no le había dado ni un minuto de protagonismo al sol. Y en su ciudad no estaban acostumbrados a tantos días seguidos de lluvia.

Era un viernes rutinario, a pesar de poder disfrutar de todas sus aficiones. Únicamente debía elegir una y dejarse llevar. Le iba a venir bien después de la semana tan complicada que había tenido, tanto que ni quería pensarlo.

Anotó en una lista lo que más le apetecía, para así ir tachando lo que menos le motivarse: cine, paseo por un parque, una tarde de pintura, una buena caminata para quemar los excesos de la semana… Empezó tachando el cine, ya que merecía estar por la calle por si las lluvias volvían. Por el mismo motivo descartó la pintura, tendría más tardes para ello. Al final se decidió por un paseo tranquilo en el parque y disfrutar del rato de sol que pudiese.

Se quitó su uniforme de trabajo y lo dejó en el cesto de la ropa sucia. Preparó la ropa que se iba a poner, esa que tanto le caracterizaba y definía su estilo: unos vaqueros, un jersey básico blanco y sus botas de estilo miltar, una chaqueta de polipiel burdeos y su mochila a la espalda. Ya estaba lista para la acción. Hizo un nudo con un pañuelo negro en el asa de la mochila, por si el aire cambiaba mucho, ya que en primavera todo podía pasar

Sacó el móvil y miró la hora. En la pantalla vio que eran las 17:48. No quería que se lo hiciese más tarde así que se apresuró a salir de casa y bajar por la escaleras de su finca, dando pequeños brincos y recordando su niñez…
– 48, 49 y 50. Contó los escalones.

Antes de abandonar el portal, miró rápidamente el buzón, ya que al entrar no lo había podido abrir y recordaba que había visto alguna carta. Pensó en mirar a la vuelta lo que había allí dentro, pero, llamémoslo curiosidad o instinto, decidió acercarse. A través del metacrilato vio una factura, la propaganda de la casa de comidas caseras que habían inaugurado en el barrio y ¡ un sobre color rojo intenso!…
Abrió el buzón y sacó el sobre de color, dejando el resto en el interior.

Miró el destinatario viendo que iba dirigido a ella. Miró el remitente pero estaba vacío. Tenía que abrirlo, lo tenía claro. Con un poco de reparo por todas las noticias que dan en los distintos medios de comunicación, rasgó el sobre ayudándose de la llave y dentro encontró una nota plegada en un papel de color azul celeste. Cada vez más intrigada, fue desplegando la nota poco a poco. Dentro el siguiente mensaje:
Después de una semana difícil, necesitas desconectar. Acude al número 48 de la calle Hospital, allí encontrarás más información.

Con los ojos fijos en el papel y la respiración acelerada pensó en rechazar esa propuesta anónima. Su lado prudente le decía que fuese con cuidado; su lado rebelde le decía que no lo pensase y éste cada vez era más y más fuerte. Así que tomó rumbo a la dirección indicada.

Por el camino iba pensando distintas opciones de lo que podría ser aquello: un scape room, la nueva tienda de regalos de su amiga de la infancia, alguna broma de su hermano… Y conforme iba acercándose a su destino más nerviosa estaba.

Cuando llegó vio que era un pequeño café con apenas tres mesas en el interior y dos en el exterior. Se decidió por sentarse en el interior y tomar algo mientras hacia tiempo.
– Un té verde con sacarina, por favor- pidió a la mujer de expresión amable que estaba tras la barra.

Mientras esperaba, miró todo lo que a su alrededor había: cuadros, lámparas, un sobre rojo… ¿Otro? ¿Sería casualidad? No, no lo creía así.

Preguntó a la mujer por aquel sobre, a lo que le respondió que lo había traído un repartidor, diciendo que una muchacha de cabello largo y castaño preguntaría por él; y así había sido, tal y cómo había dicho aquel chico. La mujer cogió el sobre con sus propias manos y se lo acercó a ella, que con manos un poco temblorosas se propuso a abrir con la misma llave que antes había utilizado. Dentro otra nota en otro papel azul celeste:
Sabía que vendrías. Tu próximo destino es el siguiente: Calle de la Paz N 4 puerta 8.

Se apresuró a tomar el té, pagar y salir a la siguiente dirección, planteándose en varias ocasiones qué la llevaba a cometer esa locura.

Iba caminando por la calle con paso bastante rápido por la intriga que le suponía todo aquello que estaba viviendo. Con la emoción que le provocaba pensar en todos los preparativos para aquello, con la adrenalina por la nubes que no le dejaba estar atemorizada.

Giraba la esquina y llegaba por fin a la calle de la Paz. Su corazón se aceleró conforme fue avanzando por la calle ya que el N4 estaba allí mismo. Observó aquel portal moderno en una calle tan antigua e histórica y se preguntó cómo nunca le había llamado la atención aquello, ya que pasaba habitualmente por allí. Llamó al 8 y la puerta se abrió.

Al no conocer aquel extraño edificio, subió por las escaleras buscando planta por planta dónde estaría la puerta que ella buscaba. Al llegar a la 4, la vio y pensó en las casualidades: la cafetería era el número 48, estaba en la planta 4 -8 la puerta, había visto la hora del móvil a las 17:48. Un escalofrío recorrió su espalda.

La puerta estaba entreabierta y pudo ver un estante numerado lleno de sobres rojos. Y sin dudarlo, se fue al 48. Allí encontró el sobre con su nombre y el mismo número escrito en el remite. Volvió a sacar la llave, volvió a rasgar el sobre, a encontrar el papel azul celeste, a leer su contenido que decía:
Tú última parada es: Calle Colón S/N. Deberás encontrar…

Eso sí que no le cuadraba, sin número; y sin saber que debía encontrar allí. Quizás había sido fruto de las casualidades, aunque ella no creía en eso, además que lo había comprobado con el casillero. Guardó el sobre para poder encaminarse a su última parada.

Se iba cruzando con gente que caminaba por la calle. No miraba a nadie. Sus ojos estaban perdidos en el infinito ubicando mentalmente la calle a la que se dirigía, ya que la conocia a la perfección… o eso creía. Atravesó callejuelas que le llevaban a su destino. Iba rápido, era la mezcla de sensaciones la que la guiaba. Dos travesías más y saldría de dudas.

Por fin estaba en la Calle Colon. Miró a ambos lados buscando una señal que le indicase algo más, ya que no tenía ni idea hacía donde debería ir. No indicaba número en la última nota, debía tirar de intuición.

En la acera de enfrente algo llamó su atención, un escaparate que se iluminaba, algo que sería bastante normal, salvo por un detalle: que podía leer su nombre en él. Cruzó la calle y se paró enfrente para cerciorarse que lo que leía era su nombre. Estaba en lo cierto.

Tomó aire y empujó la puerta de aquella tienda. Dentro encontró algo que nunca se había imaginado. Era un local enorme, diáfano, con las paredes lisas y sin ningún tipo de decoración. En la pared más lejana una puerta cerrada de madera de roble de doble hoja resaltaba en aquel ambiente tan frío. El suelo de cemento, tenía pintadas una serie de flechas que hacían un zigzag de parte a parte de la pared, cómo en las entradas a los museos y otros edificios. Allí permaneció sola unos minutos.

Un sonido se escuchó. Era la puerta de la entrada que se abría. Sonó otra vez y otra más. Y cada vez que sonaba alguien aparecía en aquella estancia, que poco a poco se fue llenando de distintas personas que después de mirar a su alrededor se colocaban en fila. Ahí iba a encontrar lo que le hacia falta, Era el 48 de la fila, ella lo sabía. Ahora lo sabía, aunque no entendía nada más. Fue contando una tras una las personas que allí estaban, hasta llegar a su número. Al que la había estado marcando toda la tarde y quién sabe si quizás esto venía de tiempo atrás.

Ese número de la fila era una chico de aspecto bastante normal, ni fuerte ni débil, ni guapo ni feo, ni alto ni bajo. Le llamó la atención su mirada inteligente, su aparente tranquilidad y el 48 en su camiseta. Ella le enseñó su sobre con el número y se apartaron de la fila. Ella le preguntó su nombre, y él a ella. Juntos se dirigieron a la puerta ya que era lo único que tenía un poco de sentido allí dentro.

Los dos permanecieron en silencio. No sabían que decir, aquella situación era demasiado surrealista. Se detuvieron en la puerta mientras un escáner de luz blanca los detectaba. La puerta se abrió y ambos cruzaron el umbral donde una luz muy fuerte no les permitía ver nada más. Tras ellos la puerta se volvió a cerrar y permanecieron unos segundos en silencio y a oscuras hasta que un enorme cartel se iluminó ante ellos.

BIENVENIDOS AL RETO 48 HORAS EL JUEGO EMPIEZA AHORA

Ambos se miraron atónitos a los ojos y comenzaron a andar.

Sacó el móvil y miró la hora. En la pantalla vio que eran las 17:48. No quería que se lo hiciese más tarde así que se apresuró a salir de casa y bajar por la escaleras de su finca, dando pequeños brincos y recordando su niñez…
48, 49 y 50. Contó los escalones.