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Un día lluvioso


Aquel día lluvioso aunque no frío, salió del trabajo antes de lo previsto. Había terminado todo lo atrasado y pidió permiso para irse.
Nadie la esperaba en casa y no tenía nada previsto para hacer, pero el cansancio acumulado hizo que quisiese irse antes y así fue. Se organizó el bolso y se puso la chaqueta vaquera para evitar así que la lluvia la mojase mucho. Iba concentrada en lo que quería acabar aquella misma tarde y abriendo el paraguas.
Llegó a la calle dónde la gente andaba rápido por la tormenta, se refugió bajo su paraguas y comenzó el camino de vuelta.
Apenas había dado dos pasos, se encontró con alguien que le cortaba el paso y no conseguía avanzar. Malhumorada, iba a protestar, cuando de repente oyó una voz muy conocida:
-Buenas tardes!
Y notó como su corazón comenzaba a latir muy rápido y todo su cuerpo temblaba.
Respiró hondo e intentó mantener la calma.
– Buenas tardes-; respondió.
-¿Cómo estás? Hace mucho que no te veía.
Pensó en responder con un comentario sarcástico; pero se contuvo y su respuesta fue más tranquila.
– Todos andamos demasiado liados últimamente.
– ¿Estás bien? Preguntó él.
– Si, bueno supongo….
La gente pasaba rápido alrededor de ellos y el ruido que provocaba el tráfico era ensordecedor.
– ¿Nos tomamos algo y nos ponemos al día?
Ella dudo en rechazar la invitación, pero tampoco tenía nada que perder.
– Vale, ¿Dónde vamos?
-¿ Recuerdas esa cafetería al lado del Parque?
Cómo no lo la iba a recordar….
– Claro, me parece bien.
Y dirigieron sus pasos hacia su destino.
La lluvia había parado un poco, así que cerraron los paraguas.
Por el camino empezaron a hablar con la misma naturalidad y confianza de antes; cómo si no hubiese pasado el tiempo. Llegaron a la Cafetería y se sentaron para seguir con la charla.
Ella contenida, evitaba sonreír demasiado y evitaba mirarle a los ojos, ya que pensaba que si él la miraba mucho tiempo, vería que todavía tenía sentimientos. Hablaba tranquila y serena aunque no sabía muy bien como, ya que su cabeza no paraba de recordale sensaciones vividas; pero él tenía sus sentimientos claros, eso es lo que dijo un día.
Disfruta este momento, se repetía una y otra vez.
Sonó un teléfono y él tuvo que contestar; se levantó y salió. Ella aprovechó para mirar rápidamente sus mensajes y para pensar que necesitaba relajarse ya; que era momento de despedirse.
Se levantó de la silla y pagó el café con leche y el té que se habían tomado y se dirigió a la puerta.
Él la miró sorprendido y ella le respondió con una sonrisa tierna y con un gesto de adiós con la mano.
– Estás ocupado -murmuró- otro día repetimos si el destino lo quiere así. Me debes la invitación.
Y comenzó a caminar hacia su casa.
Andaba por la calle como si estuviese flotando, antes de sentir que le entraría la melancolía. Pensó en girarse a mirar por última vez; no lo hizo.
Llevaba un par de minutos andando cuando oyó tras de ella:
– Me permites que te acompañe? No queda mucha gente en la calle.
– No hace falta, sabes que suelo ir sola.
– Bueno, pero hoy puedes ir acompañada.
– Jajaja, si eso sí.
Y continuaron el camino hablando de todo un poco.
¿Qué pensaría él? Pensaba ella, pero automáticamente frenaba sus pensamientos.
Por fin llegaron al portal y le entró la tristeza; se despedían por segunda vez en la misma tarde y no lo llevaba bien. Una vez si, pero dos eran demasiado. Intentó disimular las ganas de llorar y respirando todo lo despacio que podía.
Se movió el viento y parte de su pelo se le fue a la cara y en segundos notó los dedos de él, apartándolos de su cara con suavidad.
Y un escalofrío recorrió su espalda.
Se sonrojó un poco y con otra suave sonrisa le dio las gracias:
– Tendré que subir, se está volviendo frío. Me he alegrado de verte y poder hablar.
Por dentro pensaba lo mucho que lo echaba de menos, y que no lo iba a decir, ya que se había prometido a si misma que nunca más.
– He estado muy agusto- contestó él.
Se acercó y le dio un abrazo para así volver a notar su olor y su calor aunque fuese de esa manera.
– Gracias, susurró cuando él le devolvió el abrazo.
Él se retiró un poco y la miró a los ojos, ella le devolvió la mirada y aguantó la respiración sin que se notase. Y volvió a notar el escalofrío por el cuerpo.
Él miró sus labios y poco a poco se acercó.
Notaba cómo latía su corazón con tanta fuerza que pensaba que se le iba a salir del pecho.
Cerró lo ojos y se acercó un poco más a él.
Notó un suave roce, seguido de otro y otro.
Y cómo sus brazos la sujetaban con ternura
Y se fundieron en un beso.

Ella contenida, evitaba sonreír demasiado y evitaba mirarle a los ojos, ya que pensaba que si él la miraba mucho tiempo, vería que todavía tenía sentimientos. Hablaba tranquila y serena aunque no sabía muy bien como, ya que su cabeza no paraba de recordale sensaciones vividas;

Por Rouse

Mente soñadora, corazón puro

4 respuestas a «Un día lluvioso»

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