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El Talisman


Un regalo.
Ella siempre había creído en las historias bonitas, en la conexión de las personas, en que todo sucede por algo y en el preciso momento que tiene que ocurrir.
También creia en todos los tipos de amor: en el propio, el de familia, amistad, a la vida… y pareja.

Tenía casi todos.
Vivía su vida sin uno de ellos. Sin pareja. Era lo que le tocaba experimentar, era una lección, un proceso, una etapa; y aunque disfrutaba de cada uno de los amores que tenía, aunque estaba bien, algunas veces echaba en falta ese alguien con quien compartir momentos y experiencias, un refugio, un «pecado»… Había veces que su cuerpo y su alma le pedían un beso, un abrazo, una caricia o una mirada. Deseaba sentir algo distinto.

Un lunes, alguien especial en quien ella confiaba mucho, una de esas personas que tienen «magia», le entregó un pequeño envoltorio. Con mucha ilusión por el detalle, y sacando a su niña interior lo abrió: dentro encontró un pequeño talismán. Su forma era cuadrada y en uno de sus lados tenía un cordel de rafia para poder sujetarlo al cuello y un trébol de cuatro hojas plateado. El colgante era transparente, de resina y en su interior se podía ver una llave, una hoja de una planta y una pequeña gema.
– Toma -le dijo- es para ti.
– Me gusta mucho -contestó ella.
– Te explico. Es del amor incondicional por eso lleva la llave para abrir caminos y el trébol para la suerte. Lo que acompaña a la lleve son amatista y brezo rosa.
Y le explicó lo que debía saber acerca del talismán.

Aquel día se lo puso, al día siguiente también, pero al tercero se lo quitó. No sabía el porque, se sentía incómoda. Así que lo dejó a la vista al lado de su joyero. Ahí lo veía todos los días, ahí se quedaba todos los días. Algunos estaba tentada de cogerlo. Al final no lo hacía. Pasaron las semanas, algún mes, y un día sin más decidió cogerlo, aunque no se lo puso. Lo guardó en un bolsillo de su chaqueta, sin verlo, sólo sabiendo que lo llevaba encima. Algunas veces metía la mano para buscarlo y saber que allí seguía, otras en cambio, no le hacía caso.

Un cambio.
Ella estaba en medio de un periodo de transición entre lo que había sido y en quién se iba a convertir. Todo lo que le había pasado le había hecho darse cuenta de tantas cosas… unas buenas, otras no. También de quiénes eran los que de verdad querían estar en su vida de una manera u otra, ya que en los momentos difíciles es cuando conocemos a las personas.

Había llegado el momento de hacer cambios importantes y tomar decisiones difíciles y dolorosas. Ella era la que más se necesitaba en ese momento. Se iba a dar prioridad.
Debía pelear por lo todo aquello que se le había negado, debía demostrarse que había superado sus miedos y que no se iba a rendir.
Y debía cerrar historias.

Con un nudo en el estómago y el corazón encogido, decidió guardar en una caja todo lo que a él le recordaba. La escondería en el fondo del altillo que menos utilizaba, aquel que abría una vez al año; el tiempo suficiente para aprender a vivir de nuevo y para recordar sin dolor, ya que sabía que nunca le iba a olvidar. Lo hizo rápido sin fijarse en lo que iba guardando y así evitar la tristeza que le causaba.

Acercó un taburete al armario, abrió las puertas superiores y sacó algunas cajas que había. Puso la de él en el fondo y delante volvió a colocar las que había. Así sería difícil acceder y evitaría la tentación. Cerró las puertas, bajó y dejó el taburete en la esquina. Miró el armario cerrado y respiró hondo. Historia cerrada.

Todo se une: talismán y cambio.
Llegó un nuevo día y con él una nueva sensación. Se preparó para su día: almuerzo, bolso y todo lo que iba a necesitar. Se vistió y terminó de arreglar. Ya estaba lista. Se puso un poco de su perfume y por último el colgante, aunque esta vez no iba en el bolsillo de su chaqueta. Se colocó su talismán en el cuello.

Las casualidades de la vida hicieron que aquel mismo día se lo encontrará. Estaba tranquila por el paso que había dado de olvidar y perdonar. Conversaron un rato en la calle y se despidieron con un abrazo.
Ella respiró contenida.
Él la miró y le dijo:
– Podríamos tomar algo un día ya que empieza el buen tiempo.
– Estaría bien – contestó muy serena a pesar de sentirse un poco nerviosa.
Él empezó a andar para irse y ella se quedó quieta mirando. Antes de girar la esquina, se volvió. Los dos se miraron y elevaron sus manos. Sendas sonrisas melancólicas aparecieron en sus labios.

Ella tocó el talismán.
Quizás era ese su momento y fuese un volver a empezar… O el último adiós.
De momento no lo sabía, tampoco lo iba a pensar más. El tiempo lo diría.
Al día siguiente el colgante volvió a su cuello. No sabía si lo podría llevar todos los días. Sólo sabía que el buen tiempo estaba por llegar.

Con mucha ilusión por el detalle, y sacando a su niña interior lo abrió: dentro encontró un pequeño talismán. Su forma era cuadrada y en uno de sus lados tenía un cordel de rafia para poder sujetarlo al cuello y un trébol de cuatro hojas plateado. El colgante era transparente, de resina y en su interior se podía ver una llave, una hoja de una planta y una pequeña gema.

Por Rouse

Mente soñadora, corazón puro

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