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La chica desconocida

Se fijó en aquella chica un viernes unas semanas atrás, cuando cansado y saturado del trabajo decidió respirar aire puro y abrió la ventana de la oficina. Entre toda la gente que caminaba por la calle, Ella, tan sencilla, tan natural, tan…. distinta. La observó mientras recorría la calle por la acera enfrente de su oficina situada en un primer piso. Aquel día desconectó del mundo y conectó con ella.

La semana siguiente transcurrió con normalidad, incluso el viernes era normal, libre del estrés de la semana anterior. En un momento, algo dentro de su cabeza cobró vida, un recuerdo, una sensación: Ella, la chica de la anterior semana. Lo normal era no volver a verla, fue sólo ese momento. Pero ¿Y si volvía a pasar por allí de nuevo? Lo tenía que probar, tampoco perdía nada.

Intentó recordar la hora a la que se había asomado, serían sobre las 5 cuando se asomó y ahora eran las 3. Tenía 2 horas por delante, que se le hicieron eternas, aunque no se quería reconocer a si mismo el por qué. Unos minutos antes de la hora, decidió asomarse. – Por si acaso-, pensó.

Curioseaba a las personas que pasaba por allí. Miraba atentamente, no quería despistarse y no verla. La gente continuaba caminando en ambos sentidos. No sabía cuánto tiempo había pasado. Estaba apunto de cerrar la ventana cuando la vio. Ahí estaba de nuevo. Esta vez se fijó en más detalles: su melena recogida con una pinza, su cuerpo pequeño pero proporcionado, su manera de andar, su forma de vestir.

Las semanas siguientes siguió con su ritual. Con sus ganas de asomarse para poder ver a la chica desconocida. Cada vez quería saber más de ella y fantaseaba con la posibilidad de conocerla. Pero, ¿Cómo se iba a acercar? No podía bajar a la calle, decirle que llevaba varias semanas observándola, quedaría como un obseso o un psicópata. Él no era nada de eso. Nunca antes había espiado a nadie. Simplemente sabía que quería conocerla e iba a pensar cómo. Debía perfilar un buen plan para el cual necesitaría dos o tres semanas. No le importaba.

Llegó de nuevo el viernes y empezó a poner su idea en práctica. Sabía la hora a la que pasaba, que giraba en la siguiente esquina, la que tenía una barbería. Después de eso, lo desconocía. Ese día él estaría allí, para así intentar averiguar la siguiente parte del recorrido que hacía.

Conforme se acercaba la hora se puso nervioso. Era consciente que iba a estar más cerca de ella. La iba a poder ver te frente y estando a la misma altura. Debía evitar mirarla mucho aunque no sabía si lo podría conseguir.

Sacó su teléfono, para intentar disimular. Estaba parado en la esquina, de perfil, apoyado en un árbol y mirando al final de la calle, cuando la vio acercarse. Ella, venía por la calle y miraba con ternura un perro enganchado en la puerta de un comercio. Rápidamente volvió a mirar al frente. No sabía qué hacer. La chica desconocida estaba cada vez más cerca.

Giró la esquina y continuó por la misma acera.Tras alejarse unos pasos, decidió ver hasta dónde iba. Mientras caminaba tras sus pasos, la cabeza luchaba entre la locura y el sentido común.
– ¿Cómo te pones a seguir a una chica a la que llevas observando varias semanas?- decía el Sentido Común.
– No estás haciendo nada malo. Te impactó y te gustaría conocerla. – replicaba la Locura.

Una manzana más allá y en la misma calle, se paró y entró en algún lugar. Esa zona no la conocía. Desconocía lo que allí había. Siguió andando para averiguarlo. Cuando pasó por delante, vio una especie de cafetería Se notaba que era un negocio familiar, muy bien cuidado y con una buena variedad de tes y cafés, además del olor a bollería recién horneada. Le pareció un sitio acogedor. Pero, ¿Dónde estaba ella? Se le ocurrió pensar que quizás trabajaba allí y se estaría cambiando. Eso lo averiguaría la semana siguiente, ese día ya se daba por satisfecho.

La semana se le hizo eterna, y tal y como dice el dicho: El que espera desespera.

Hay otro dicho que dice: todo pasa y todo llega. Así que un nuevo viernes llegó. Ese día no iba a bajar a la calle. Acudiría directamente donde ella estaba, eso sí con un tiempo de margen para darle tiempo a cambiarse y empezar su jornada de trabajo. Se haría cliente habitual y así semana tras semana cogería confianza con ella. Valoraría si existía conexión entre ellos, ya que él no era un hombre de emociones.

Salió de su oficina y emprendió el camino tranquilamente, mientras pensaba todas las posibilidades de aquel encuentro. Unos metros antes paró. Respiró hondo. Se acomodó la ropa y se arregló un poco el pelo con las manos. Entró.

Era un lugar pequeño, pero con encanto. Tras el mostrador había una mujer mayor de aspecto amable. Ni rastro de la chica. Por unos instantes pensó en salir, pero la mezcla del olor entre café y bollería era tan bueno qué se tomaría algo ya que las circunstancias le habían llevado hasta allí. Pidió un café y se sentó en una butaca muy cómoda. Mientras esperaba a que le sirvieran ojeó el interior del local. Las pocas mesas que habían estaban ocupadas y no le extrañaba. Aquel lugar tenía encanto. En una de las mesas vio sentada a la chica. Entendió por qué no la había visto desde fuera y supo que hacer el último día de su plan.

Ese viernes llegó antes que ella y se sentó en la misma mesa en la que ella lo hizo la última semana. Miró a su alrededor. La decoración que habían utilizado: colores suaves en las paredes con fotos de parajes naturales, mesas redondas estilo parisino y en lugar de sillas, unas pequeñas y cómodas butacas; manteles de tela de varios colores y una flor natural en cada mesa que cambiaban a diario. Y una mesa oculta a la vista.

Él vio cómo la chica recorría los escasos metros que le quedaban hasta la mesa mientras iba abriendo una cremallera para sacar algo de su bolsa. Al llegar a la mesa paró de repente. Ambos se miraron y tuvo la sensación de conocerla toda la vida.

– Eh…. Hola- musitó ella con voz un poco tímida.
– Buenas tardes- contestó él con voz profunda.
– Vaya, no esperaba encontrar a nadie sentado, ya que la que suele estar ahí sentada soy yo -y sonrió con dulzura.
– Me ha aparecido un rincón muy tranquilo y he querido aprovecharlo -contestó él con otra sonrisa- pero me levanto y me cambio.
– Bueno, me sabe mal tú has llegado antes.
– Y, ¿Si te sientas conmigo? Sé que no nos conocemos, aunque algo dentro de mí me dice que sí que te conozco.
Ella se sonrojó y contestó: – Esa misma sensación he tenido yo- Y apartando la silla se sentó con él, mientras se presentaba.

Así se conocieron en «La Pastelería». Y volvieron a quedar en «La Pastelería 2».

La decoración que habían utilizado: colores suaves en las paredes con fotos de parajes naturales, mesas redondas estilo parisino y en lugar de sillas, unas pequeñas y cómodas butacas; manteles de tela de varios colores y una flor natural en cada mesa que cambiaban a diario. Y una mesa oculta a la vista.


Por Rouse

Mente soñadora, corazón puro

6 respuestas a «La chica desconocida»

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