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La chica desconocida

Se fijó en aquella chica un viernes unas semanas atrás, cuando cansado y saturado del trabajo decidió respirar aire puro y abrió la ventana de la oficina. Entre toda la gente que caminaba por la calle, Ella, tan sencilla, tan natural, tan…. distinta. La observó mientras recorría la calle por la acera enfrente de su oficina situada en un primer piso. Aquel día desconectó del mundo y conectó con ella.

La semana siguiente transcurrió con normalidad, incluso el viernes era normal, libre del estrés de la semana anterior. En un momento, algo dentro de su cabeza cobró vida, un recuerdo, una sensación: Ella, la chica de la anterior semana. Lo normal era no volver a verla, fue sólo ese momento. Pero ¿Y si volvía a pasar por allí de nuevo? Lo tenía que probar, tampoco perdía nada.

Intentó recordar la hora a la que se había asomado, serían sobre las 5 cuando se asomó y ahora eran las 3. Tenía 2 horas por delante, que se le hicieron eternas, aunque no se quería reconocer a si mismo el por qué. Unos minutos antes de la hora, decidió asomarse. – Por si acaso-, pensó.

Curioseaba a las personas que pasaba por allí. Miraba atentamente, no quería despistarse y no verla. La gente continuaba caminando en ambos sentidos. No sabía cuánto tiempo había pasado. Estaba apunto de cerrar la ventana cuando la vio. Ahí estaba de nuevo. Esta vez se fijó en más detalles: su melena recogida con una pinza, su cuerpo pequeño pero proporcionado, su manera de andar, su forma de vestir.

Las semanas siguientes siguió con su ritual. Con sus ganas de asomarse para poder ver a la chica desconocida. Cada vez quería saber más de ella y fantaseaba con la posibilidad de conocerla. Pero, ¿Cómo se iba a acercar? No podía bajar a la calle, decirle que llevaba varias semanas observándola, quedaría como un obseso o un psicópata. Él no era nada de eso. Nunca antes había espiado a nadie. Simplemente sabía que quería conocerla e iba a pensar cómo. Debía perfilar un buen plan para el cual necesitaría dos o tres semanas. No le importaba.

Llegó de nuevo el viernes y empezó a poner su idea en práctica. Sabía la hora a la que pasaba, que giraba en la siguiente esquina, la que tenía una barbería. Después de eso, lo desconocía. Ese día él estaría allí, para así intentar averiguar la siguiente parte del recorrido que hacía.

Conforme se acercaba la hora se puso nervioso. Era consciente que iba a estar más cerca de ella. La iba a poder ver te frente y estando a la misma altura. Debía evitar mirarla mucho aunque no sabía si lo podría conseguir.

Sacó su teléfono, para intentar disimular. Estaba parado en la esquina, de perfil, apoyado en un árbol y mirando al final de la calle, cuando la vio acercarse. Ella, venía por la calle y miraba con ternura un perro enganchado en la puerta de un comercio. Rápidamente volvió a mirar al frente. No sabía qué hacer. La chica desconocida estaba cada vez más cerca.

Giró la esquina y continuó por la misma acera.Tras alejarse unos pasos, decidió ver hasta dónde iba. Mientras caminaba tras sus pasos, la cabeza luchaba entre la locura y el sentido común.
– ¿Cómo te pones a seguir a una chica a la que llevas observando varias semanas?- decía el Sentido Común.
– No estás haciendo nada malo. Te impactó y te gustaría conocerla. – replicaba la Locura.

Una manzana más allá y en la misma calle, se paró y entró en algún lugar. Esa zona no la conocía. Desconocía lo que allí había. Siguió andando para averiguarlo. Cuando pasó por delante, vio una especie de cafetería Se notaba que era un negocio familiar, muy bien cuidado y con una buena variedad de tes y cafés, además del olor a bollería recién horneada. Le pareció un sitio acogedor. Pero, ¿Dónde estaba ella? Se le ocurrió pensar que quizás trabajaba allí y se estaría cambiando. Eso lo averiguaría la semana siguiente, ese día ya se daba por satisfecho.

La semana se le hizo eterna, y tal y como dice el dicho: El que espera desespera.

Hay otro dicho que dice: todo pasa y todo llega. Así que un nuevo viernes llegó. Ese día no iba a bajar a la calle. Acudiría directamente donde ella estaba, eso sí con un tiempo de margen para darle tiempo a cambiarse y empezar su jornada de trabajo. Se haría cliente habitual y así semana tras semana cogería confianza con ella. Valoraría si existía conexión entre ellos, ya que él no era un hombre de emociones.

Salió de su oficina y emprendió el camino tranquilamente, mientras pensaba todas las posibilidades de aquel encuentro. Unos metros antes paró. Respiró hondo. Se acomodó la ropa y se arregló un poco el pelo con las manos. Entró.

Era un lugar pequeño, pero con encanto. Tras el mostrador había una mujer mayor de aspecto amable. Ni rastro de la chica. Por unos instantes pensó en salir, pero la mezcla del olor entre café y bollería era tan bueno qué se tomaría algo ya que las circunstancias le habían llevado hasta allí. Pidió un café y se sentó en una butaca muy cómoda. Mientras esperaba a que le sirvieran ojeó el interior del local. Las pocas mesas que habían estaban ocupadas y no le extrañaba. Aquel lugar tenía encanto. En una de las mesas vio sentada a la chica. Entendió por qué no la había visto desde fuera y supo que hacer el último día de su plan.

Ese viernes llegó antes que ella y se sentó en la misma mesa en la que ella lo hizo la última semana. Miró a su alrededor. La decoración que habían utilizado: colores suaves en las paredes con fotos de parajes naturales, mesas redondas estilo parisino y en lugar de sillas, unas pequeñas y cómodas butacas; manteles de tela de varios colores y una flor natural en cada mesa que cambiaban a diario. Y una mesa oculta a la vista.

Él vio cómo la chica recorría los escasos metros que le quedaban hasta la mesa mientras iba abriendo una cremallera para sacar algo de su bolsa. Al llegar a la mesa paró de repente. Ambos se miraron y tuvo la sensación de conocerla toda la vida.

– Eh…. Hola- musitó ella con voz un poco tímida.
– Buenas tardes- contestó él con voz profunda.
– Vaya, no esperaba encontrar a nadie sentado, ya que la que suele estar ahí sentada soy yo -y sonrió con dulzura.
– Me ha aparecido un rincón muy tranquilo y he querido aprovecharlo -contestó él con otra sonrisa- pero me levanto y me cambio.
– Bueno, me sabe mal tú has llegado antes.
– Y, ¿Si te sientas conmigo? Sé que no nos conocemos, aunque algo dentro de mí me dice que sí que te conozco.
Ella se sonrojó y contestó: – Esa misma sensación he tenido yo- Y apartando la silla se sentó con él, mientras se presentaba.

Así se conocieron en La Pastelería.

La decoración que habían utilizado: colores suaves en las paredes con fotos de parajes naturales, mesas redondas estilo parisino y en lugar de sillas, unas pequeñas y cómodas butacas; manteles de tela de varios colores y una flor natural en cada mesa que cambiaban a diario. Y una mesa oculta a la vista.


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El Examen


Llevaba mucho tiempo preparando aquel examen. Era el más importante al que se iba a enfrentar.

Había buscado artículos, leído libros y repasado la teoría tantas veces, que conocía cada punto, cada coma. Preguntó a gente con experiencia. Investigó a fondo. Sus apuntes tenían anotaciones laterales. Tenía marcadas las palabras clave; incluso algún Post-It le indicaba los puntos más relevantes, aquellos que iban a salir seguro. Utilizaba un cronómetro para mejorar el tiempo de respuesta. Aprovechaba cualquier momento para repasar mentalmente: un paseo, en el trabajo, en la ducha. Incluso su smartphone era reflejo de lo mucho que había estudiado.

Por fin llegó el día. Estaba preparada para que aquella prueba saliera bien. Todo programado, todo organizado; hasta el más pequeño detalle lo tenía pensado.

O eso creía.

Aquel día nada salió como había supuesto. El examen tenía una única pregunta. ¿Es usted feliz? Demuéstrelo.

No supo cómo hacerlo. Dedicó tanto tiempo a buscar qué era la felicidad, que no disfrutó de los pequeños detalles del día a día. Se esforzó pensando motivos y razones y no era capaz de vivir sin más. Se olvidó de soñar. Ahí es cuando se dió cuenta que no había aprendido lo más importante. La vida no entiende de teorías. No basta con saber cómo ser feliz si no lo pones en práctica.

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Te Perdono

Eran las 19:03 cuando salí del ascensor y accedí al rellano de mi planta, tres minutos más tarde de la hora marcada. Abrí la puerta de casa y entré.

Allí encontré silencio. No era un silencio incómodo, era uno liberador; muy esperado. Aún así estaba nerviosa. Me asomé al comedor. Allí estaba todo tal y cómo lo había dejado preparado; porque aquel era un día importante, era el día Cero. Me senté en la mesa, muy tranquila y serena y empecé a hablar:

– Te perdono, – rompí el hielo- te perdono por todo… Por no haber sido tu prioridad, por haberme descuidado en tantas ocasiones. Por no cuidarme cómo merezco. Por no escucharme y no hacerme caso cuando sí me escuchabas.

– Te perdono por ignorar mis sentimientos, por hacerme llorar más que reír en los últimos meses. También por las noches de insomnio y los quebraderos de cabeza. Te perdono por olvidarte de mí y de lo que sabías que necesitaba.

– Te perdono por no quererme. – Cogí aire.

– Sé que has pasado una época difícil y dura, en la que no podías pensar con claridad. En la que no eras consciente del daño que me estabas provocando. Todo era más importante que yo. Te centrabas en cualquier cosa que surgiese ya que así te evadías del problema. No eras capaz de ver la realidad. – afirmé con seguridad.

– Ahora es momento de cambio, ha pasado un tiempo prudencial. Debes volver a luchar, de velar por mí, cuidarme, apoyarme, verme crecer… Todo lo que no has hecho este tiempo. Tienes que dejar a un lado las excusas y demostrar que de verdad me quieres.

Mis ojos miraron fijamente los ojos que tenía delante, sabiendo a la perfección lo que sentían. Amor, respeto, aceptación, perdón… Allí delante de mí, había un espejo con mi reflejo.

Mis ojos miraron fijamente los ojos que tenía delante, sabiendo a la perfección lo que sentían. Amor, respeto, aceptación, perdón… Allí delante de mí, había un espejo con mi reflejo.

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La Pastelería 2

Hacia un tiempo que había dejado de esperar, ya no creia en el amor, en las historias bonitas ni en las personas especiales. Eso sólo pasaba en el cine, en la TV y en las novelas que había dejado de ver y leer. Nunca en la vida real.

Todo eso del destino le parecía ahora una bobada, a pesar de lo que había ocurrido la semana anterior. De su encuentro del viernes con aquel chico tan… No lo iba a catalogar, por todas las decepciones que había experimentado. Incluso pasados los dias y fríamente, se planteaba si acudiría al encuentro. Desde la distancia todo lo veía y sentía diferente. Dudaba de la magia.

Por eso conforme se acercaba el viernes le daba más y más vueltas a qué iba a hacer. ¿No ir? Y no tener su viernes, ya fuese sola o acompañada en su rincón especial. Quizás aquello pasó en un universo paralelo y no lo volvería a ver, inventó para ponerse una coraza. También podía ir y ojear desde fuera si aquel chico acudía…. El podría estar en la misma situación que ella. ¡Nooo! Ella era decidida. Iría y le daría otra oportunidad a lo que tuviese que pasar. Tampoco pondría ninguna etiqueta.

Y el viernes llegó. Como cualquier otro se preparó. Eligió ropa cómoda, algo que le hiciese sentir bien, sin que pareciese que iba a una especie de cita. Y en lugar de su portátil, un libro que hacía poco le habían dejado, y que daba la casualidad que hablaba de la «magia» entre las personas. Era su comodín, por si aquel día pasaba a ser uno más.

Salió de casa un poco apurada por la hora. Así con prisa no pensaría demasiado en aquella tarde, en aquel encuentro, en aquel chico. No escucharía música por si alguna canción alteraba su estado de ánimo, que era una mezcla entre nervios huyendo del miedo, dudas de la mano de la intriga, ilusión intentando saltar barreras… Vamos un cóctel de emociones del que podía salir cualquier sentimiento.

Llegó a la puerta de la pastelería y allí no había nadie. Una sensación de alivio la inundó y respiró con fuerza soltando el aire que retenía en sus pulmones desde hacía unos segundos. Así se evitaba otro mal trago, ya que lo de aquel chico le había parecido demasiado ¿especial?
-Sin etiquetas, por favor- se dijo a sí misma. Y con el libro en la mano y pensando en el significado de la magia entró.

-¡Buenas tardes!- dijo sonriendo – Esta tarde me apetece un té verde y…
-¡Buenas tardes!- dijo una voz que salía de su rincón- ¿Pides sin mi?
-¡Oh! –  giró la cabeza hacia la voz y se quedó en silencio sin saber que decir – Al no verte en la puerta pensaba que no habías venido – añadió un poco apurada.
-Quedamos mismo sitio y hora… – sonrió él tranquilamente – y fue en aquel rincón- dijo señalando hacia la columna.

Ella sonrió discretamente y ambos pidieron antes de sentarse  en aquella mesa, que en aquella ocasión tenía un mantel a rayas rojas y blancas y como flor del día margaritas blancas.

La conversación que empezaron fue tan natural como la primera vez. La tranquilidad que le transmitía, hacia que su mente se quedase en blanco y que el pasado quedase en el olvido y el futuro no importase demasiado. Sólo importaba ese momento. Escuchaba atentamente cómo había ido su semana y la mezcla de sensaciones que había tenido conforme se acercaba el viernes. El hecho que él le contase con total naturalidad todo lo que había pensado con respecto al encuentro del viernes y que había incluido en su rutina le hizo sonreír y no sentirse tan rara y negativa. Ella empezó a detallarle su semana y también reconoció el comecocos que había tenido. Y sin dejar de sonreír le guiñó un ojo.

El tiempo pasó rápido y sin darse cuenta, entre anécdotas cotidianas, proyectos para la semana próxima, comidas, aficiones, música…  Hablaron de tantos temas, era tan fácil y agradable la conversación, que cuando escucharon de nuevo que iban a cerrar la pastelería, se rieron a carcajadas mientras se miraban.

– De nuevo ha volado el tiempo, ya me dirás cómo haces esa magia- dijo él.
– Magia, ¿crees en la magia? – dijo ella con gesto de sorpresa y sin dejar de sonreír. Aquella palabra volvía a aparecer en su vida.
– Creo en muchas cosas, pero eso lo dejo para otro día. ¿Te parece?
– Me parece…. -hizo una pequeña pausa para   darle emoción al momento- BIEN. Mismo sitio, el viernes próximo, ¿no? Y ahora ya sé que  será dentro – recordó avergonzada.
– Por esta vez te lo perdono- bromeó él.

Caminaron por la calle dirección a casa de ella como hacía una semana habían hecho. La charla continuaba; daba igual que hablasen del tiempo, de las fincas, del tráfico o de lo que surgiese, ya que aunque no estuviesen de acuerdo en algo escuchaban los motivos del otro. Llegaron a la esquina de la floristería, la de la despedida.

– Aquí estamos otra vez.- dijo ella mientras le miraba- Me alegro de haber venido al final.
– Decisión acertada, la verdad – añadió él- Quedamos en darnos los teléfonos hoy, pero he cambiado de idea. – comentó el poniendo un gesto serio.
Ella lo miró un poco desconcertada.
– ¡No es que no lo quiera! -dijo rápidamente y con sonrisa pícara- quiero que la magia se prolongue una semana más.
– Magia – repitió ella- bonita palabra.

Se despidieron con otro beso dulce en la mejilla, cerca de la comisura de los labios y emprendió, de nuevo, su marcha mientras caminaba hacia atrás y la miraba sonreír.

Por eso conforme se acercaba el viernes le daba más y más vueltas a qué iba a hacer. ¿No ir? Y no tener su viernes, ya fuese sola o acompañada en su rincón especial. Quizás aquello pasó en un universo paralelo y no lo volvería a ver, inventó para ponerse una coraza. También podía ir y ojear desde fuera si aquel chico acudía…. El podría estar en la misma situación que ella. ¡Nooo! Ella era decidida. Iría y le daría otra oportunidad a lo que tuviese que pasar. Tampoco pondría ninguna etiqueta.

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Improvisación

Tic toc, tic toc
Miro el reloj y no pasa el tiempo.
Tic toc, tic toc
El sonido retumba en mi cabeza
Tic toc, tic toc


Y entre cada movimiento de las agujas del reloj parece que el tiempo se detenga. Miro a mi alrededor y la vida continúa, y en cambio tengo la sensación de ir más despacio que todo lo que se mueve, de dejarme llevar por la rutina. Mis piernas me llevan por el camino de siempre,  por el que voy en modo piloto automático. Y creo que es así como vivo, dejándome arrastrar por la vida. Intentando fluir pero sin saber cómo, intentando flotar con lastre en mi cuerpo, con lo que el esfuerzo me tiene agotada.

Quiero avanzar, pensaba que sabía cómo. He descubierto que estaba equivocada. Me siento como Momo huyendo de los hombres grises. Los míos son dudas, miedos, cicatrices… y cuando pienso que he conseguido escapar de ellos, vuelven a surgir entre las sombras ¿Será que he querido ir demasiado rápido para huir, cuando debería enfrentarme a ellos? O convivir con ellos y saber reconocerlos. ¿Será que aún no ha llegado el momento de dejarlos atrás?¿Qué tengo alguna lección pendiente de aprender y ellos son mis maestros? No lo sé.

Tic toc, tic toc.
Me vuelve a recordar el reloj. Es la hora de salir a la calle y disfrazarme. De ponerme la máscara de todo está bien y seguir con el día a día. Así evitar que me pregunten por qué sigo mal. Y me digan que tengo que evolucionar. Qué sabrán ellos lo que siento o por qué estoy así. Que osen andar mis pasos con mis zapatos… Es hora de sacar fuerza para seguir en movimiento ya que es la manera que las cosas sucedan. Y tienen que llegar, los cambios llegarán. Sólo tengo dejar que pase el tiempo. Miro el reloj y las agujas se siguen moviendo… Tic toc, tic toc

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Tras la ventana indiscreta

Asomada a la ventana del salón de su casa vio como el coche de la Policía Nacional abandonaba la calle en sentido contrario.
Unas horas antes, el ruido de las sirenas, le habían llevado al mirador que daba a aquella calle estrecha y poco transitada, dónde lo más normal era el silencio. En un primer momento, corrió ligeramente la cortina para que nadie viese que se había asomado. Era muy discreta con todo lo que a su vida y circunstancias se refería. Poco a poco se fue relajándo y abrió las cortinas hasta la mitad y subió la persiana para tener mejor visibilidad. Su lado morboso era más fuerte que el precavido. Se apoyó en el borde de la ventana abierta y observó todo lo que pasaba desde el tercer piso.

El edificio que tenía enfrente era más antiguo que el suyo. Los pisos eran más pequeños, o eso se había imaginado siempre, y en el vivía gente de edad avanzada o inmigrantes de distintas nacionalidades. Ciudadanos con menos recursos. Por ello los alquileres eran más asequibles que en otros de la misma calle, a pesar de estar situando a un par de kilómetros del centro de la ciudad.

Lo primero que pensó era que algunos de los inmigrantes se habrían peleado. Era algo que había vivido en alguna ocasión, aunque en las otras, no había tenido que acudir la Policía. Provocaban un pequeño escándalo con las riñas y se hacía de nuevo el silencio. Luego se planteó que quizás alguien se había quedado encerrado y habían acudido allí al rescate. Con la frente un poco fruncida y la mano apoyada sobre su boca, descartó esa opción también, cuando la segunda patrulla entró en la calle y ¡ en sentido contrario! ¿Qué habría ocurrido allí? La intriga iba aumentando conforme pasaba el tiempo y sus elucubraciones cada vez eran más interesantes.

Algo llamó su atención. En un par de alturas más arriba a la suya se produjo un movimiento extraño. Se abrieron varias ventanas a la vez y un par de agentes vestidos de calle salieron al balcón. Sabía que eran policías por la placa que llevaban colgada al cuello. Ahora ya tenía claro en qué piso estaban, y sólo le faltaba conocer el tipo de incidente que estaban investigando. Cogió una hoja en blanco, su pluma de tinta rosa y comenzó una lista:
2 patrullas
4 uniformes
2 secreta

1 atestados?

Rápidamente y con los ojos muy abiertos miró como el furgón giraba la esquina de la calle. La situación era cada vez más desconcertante.

En aquel folio apuntó sus teorías, y las tachaba conforme las descartaba; eso sí, justificación incluida. Se había metido completamente en el papel de investigadora, y cada detalle era digno de ser pensado y estudiado. Quería saber si era capaz de descubrir lo que había ocurrido, con las pistas que iba observando. Un suceso como aquel que estaba contemplando saldría en prensa seguro, así que podría verificar sus teorías. Esta curiosa afición la tenía desde que descubrió las series de investigación, los programas de delitos reales y de su interés por la novela negra, además de haber leído artículos sobre diversos asesinatos importantes en los últimos tiempos.

En la finca de enfrente seguía el trasiego: los policías entrando cargados con materiales y saliendo con pruebas que iban obteniendo; los vecinos de los balcones colindantes también entraban y salían, suponía que vigilando los movimientos por el interior del edificio y también por el exterior. Y ella desde enfrente no perdía detalle de nada. Se sentía como la/el protagonista de la famosa película «La ventana indiscreta», aunque las circunstancias eran bien distintas.

Otro coche irrumpió en la calle. El agente, cuya misión era mantenerla cerrada, le dio el alto. La ventanilla del lado del conductor se bajó y un brazo mostró algo que no se podía distinguir bien, aunque parecía una placa. El agente se apartó y permitió que el vehículo avanzase por la calle hasta el lugar donde estaban estacionados los otros coches. Las dos puertas delanteras se abrieron y  dos policías sin uniformar bajaron del coche. Uno de ellos fue a la parte trasera y abrió la puerta. Del interior salió una mujer que con un pañuelo se iba secando los ojos, algo que intuía más que veía desde su casa. Ambos hombres la acompañaron hasta el portal donde los perdió de vista.

El reloj seguía sin detenerse, y en cambio hacia un rato que no se veía ni oía nada. En alguna ocasión, veía que los policías entraban y salían al balcón. Pero ni rastro de la mujer, ni de nada más. Pasaría más de una hora, cuando comenzó de nuevo el trasiego y empezaron a salir del portal: los agentes de nuevo con la mujer. Un hombre con traje y documentos en las manos y tras él dos hombres más que portaban una camilla con una funda de plástico negro.
-¡ Un muerto! Ya sé cuál ha sido el suceso – pensó para si- ahora falta saber quién es la mujer- y lo anotó todo en su hoja.

Tras esa comitiva, aparecieron los agentes uniformados. Uno de ellos llevaba una bolsa de pruebas transparente en la mano y entre todos custodiaban a alguien que se  escondía bajo una chaqueta negra de punto.
Sin perder de vista los movimientos de quién estuviese debajo de aquella prenda, sacó el móvil e hizo una foto de la bolsa de evidencias, para verla más tarde y poder ampliarla.

Asomada a la calle vio cómo fueron entrando a los correspondientes coches y como poco a poco las ventanas de las fincas se iban cerrando, incluida la suya. La tranquilidad y el silencio volvían a aquella calle.

Empezaba otra fase, la de la deducción. Revisó sus anotaciones, también sus recuerdos y sensaciones que aún estaban frescos, las fotos que había sacado… Tras un breve espacio de tiempo anotó lo que creía que había pasado: había sido un crimen pasional. La víctima un hombre por el tamaño del cadáver cuando lo sacaron, la mujer que lloraba era la pareja sentimental del asesinado; había sido cometido por una mujer algo que había deducido por la forma de andar y por el tamaño de quien se ocultaba. Lo había envenenado, dato que había pensado al ver en la foto varios frascos de pastillas dentro de aquella bolsa. Lo único que desconocía era el motivo exacto. Se enteraría por las noticias.

Al día siguiente la noticia estaba en primera página de los diarios y con lugar destacado en las noticias de la TV. Tal y como había escrito, la víctima era un hombre casado y la asesina una mujer. Lo curioso era que la presunta asesina era una vecina de ambos y que el crimen lo había cometido por celos. Estaba enamorada de la mujer y pensaba que sin él marido podría conseguir acercarse a ella.

Al leer el suceso se dio cuenta que se le daba bien lo de la deducción. Pensó en lo interesante que le había resultado y que la experiencia le había abierto nuevos horizontes. Y se preguntó cuándo podría repetir.
Y nació la Detective Rouse…

Asomada a la ventana del salón de su casa vio como el coche de la Policía Nacional abandonaba la calle en sentido contrario.
Unas horas antes, el ruido de las sirenas, le habían llevado al mirador que daba a aquella calle estrecha y poco transitada, dónde lo más normal era el silencio. En un primer momento, corrió ligeramente la cortina para que nadie viese que se había asomado.

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Y la noche llega

-¡No quiero irme a dormir, me da miedo!
Es lo que he pensado durante muchas noches. Con el silencio absoluto, con oscuridad y los ojos cerrados es difícil mantener la cordura, los fantasmas cobran vida propia y tanto los miedos como las dudas se convierten en monstruos que acechan en mi habitación. No hay nadie que diga que es sólo un sueño, no hay luz para las pesadillas, no hay beso en la frente. Quizás la solución sea que el hombre del saco me lleve.

-¡No quiero irme a dormir, me da miedo!
Leyendo esta frase pensaríamos en un niño pequeño, que cree que con la luz apagada y el silencio los monstruos aparecerán. Cualquier ruido, cualquier sombra parecerá lo que no es y su pequeña e inocente cabeza creará las historias más extrañas y aterradoras que se puedan imaginar. Les decimos que no deben tener miedo ya que los monstruos no existen, es todo su imaginación. Miramos debajo de sus camas y les ponemos una pequeña luz para que vele por ellos y sus sueños. Les damos un beso en la frente y les aseguramos que allí estaremos si nos necesitan.

Y ahora, a estas alturas de la vida ¿Dónde quedó el sueño placentero?¿El descanso reparador?¿Y los sueños? Se perdieron en algún momento hace un tiempo y aprovecho cuando duermo para salir a buscarlos, aunque me está resultando bastante difícil conseguirlo.

Hay noches en los que las emociones me invaden y me despierto con una euforia temporal. Otras tantas me siento perdida y deambulo por pueblos que no conozco y por calles que me obligan a seguir un sentido que no puedo alterar. También están aquellas en las que no consigo recordar y debe ser porque es lo mejor que puede pasar.

-Y ¿Qué puedo hacer?- Me preguntó constantemente. Por el día es fácil distraer la mente y buscar cualquier cosa que haga que me evada de todo lo que no quiero pensar. Pero la noche es tan larga… Y no hay nadie. Bueno, me tengo a mí.

Sólo necesito un poquito más, sólo necesito perder el miedo a cerrar los ojos, dejar de tener miedo a los monstruos, no perderme en laberintos de calles, no necesitar luz porque tengo la mía propia.

Necesito saber cómo vencer a la noche.
Al acostarme, al apagar las luces y empezar a ser consciente del silencio, cuando los monstruos empiezan a salir y me rodean, cierro mis ojos e intento cambiar los pensamientos… Pero estos han cogido fuerza y con sus garras y dientes afilados se resisten a ser vencidos.

Quizás si les cambio el color y les limo las garras y los dientes serán menos terroríficos. También puedo lavarles el pelo y ponerles suavizante y algo les cambiará. Y si les doy algo de comer, puede que les quite las ganas de devorame. ¡Ah! También puedo enseñarles trucos y premiarles cuando lo consigan, así estarán domesticados… ¡Esa es la solución! Al cerrar los ojos me convertiré en esteticién, dentista, peluquera, cocinera y veterinaria para que poco a poco se vayan transformando… Y por si alguno se resiste, seré una aventurera como Lara Croft en Tomb Raider capaz de todo y más.
Así los sueños volverán, porque aunque los monstruos existan los habré controlado y dejaré de pensar eso de:

-¡No quiero irme a dormir, me da miedo!

Hay noches en los que las emociones me invaden y me despierto con una euforia temporal. Otras tantas me siento perdida y deambulo por pueblos que no conozco y por calles que me obligan a seguir un sentido que no puedo alterar. También están aquellas en las que no consigo recordar y debe ser porque es lo mejor que puede pasar.

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Caos


Mi cabeza no paraba.
Pensamientos caóticos me inundaban en cualquier momento: cuando el silencio era más que evidente, al bajar el ritmo de mis actividades, en mis sueños. Ideas que se repetían una y otra vez, pasando de una a la otra. Para silenciar una, surgía la otra.

Era lógica pero irracional, en la que hablaba la parte más inconsciente de mi cerebro, esa que me negaba a ver. Esa que a gritos pedía ser escuchada antes de volverla a callar. Porque me hacía ver, entender todo lo que ocurría desde otro punto de vista; aunque quizás eso tampoco fuese real.

No quería escuchar a mi cabeza, porque decía lo contrario a lo que sentía y algo dentro me decía que las sensaciones eran las correctas y no lo que fabricaba mi mente.

– Todo está bien, todo está bien, todo está bien- pensaba una y otra vez.
Y al momento todos mis fantasmas, mis miedos, mi dolor volvían a aparecer.

– No lo entiendo, no entiendo la actitud. Ese sí pero no. La falta de claridad para algunas respuestas y la actitud cuando hablamos. Aunque claro, con aquello que pasó… ¿Cómo pude permitir que aquello me afectase, nos afectase?¿Cómo no me di cuenta? Claro, vivía inmersa en lo que no debía. Tenía resentimientos que me ocasionaban un lastre emocional. Tenía cicatrices no curadas. Intenté algo que no podía ser y que pertubaba mi presente. Busqué un imposible y eso me hizo no ser libre, vivir medio atrapada en el pasado.

Pongo música, pero no soporto escuchar nada. Mis pensamientos son más fuertes y hacen que sólo quiera silencio para seguir pendiente de ellos. Son los que me dominan en ese momento.

– Encima con todos los cambios que quería -mis pensamientos vuelven a ser autónomos- más lío, poco tiempo, estrés, cansancio y desgana. Pensando en el futuro y sin vivir el presente. Pero aún así, ¿Por qué no lo dijo?
– Bueno tranquila, no lo pienses que todo está bien…
– Y si está bien ¿Por qué me siento así? ¿Por qué se repite en mi cabeza una y otra vez? Ya está, es la experiencia dolorosa que sufrí, que me marcó más de lo que era consciente y que ahora viene a cobrar la factura. Todo por no haberme plantado, todo por intentar entender a los demás, todo por no tomar distancia cuando debía…
– ¡Qué injusto todo!
– De esta aprendo, aunque eso ya lo dije hace un tiempo y he vuelto a verme en una situación que no me gusta.

Respiro rápido e intento ralentizar el ritmo para intentar permanecer tranquila. Aunque puedo notar como los pensamientos van de una parte a otra de mi cabeza una y otra vez, cómo si de una competición se tratase, viendo cuál da más vueltas y más rápido.

– Sólo quiero estar tranquila  y vivir en paz… He intentado todo, y aún así no lo consigo. Quizás es que no quiero que sea así y soy yo la que pone trabas y busca excusas… Pero… He dicho, he hecho, he movido… Y nada. Quizás si… Bueno ya has hecho todo lo que estaba en tu mano, para bien o para mal. Ahora toca que el tiempo lo ponga todo en su lugar, así que tranquila. Todo lo que tenga que pasar ocurrirá en el momento preciso, ni antes ni después – intento dar tranquilidad a mis ideas- No te desesperes y mantén la calma
– Pero… ¿Por qué…?¿Y si…? Silencio- me digo – No lo pienses más que no sirve de nada. Pero… – las preguntas quieren volver a mandar- ¡Shhhhhh! Silencio, cambia el pensamiento. Estás aquí y ahora; es lo que te tiene que importar. Lo demás no te sirve para nada, hay circunstancias que no dependen de tí. Y lo que sí depende es controlar tus ideas y eso lo puede hacer.
-¡De acuerdo! Crearé nuevas ideas, nuevas ilusiones. Volveré a pintar mi mundo de colores. Soñaré, viviré y disfrutaré. Sé que puedo y así lo haré.

Me duele la cabeza, me cuesta respirar un poco, estoy cansada de tanto pensar.
Las ideas han desaparecido por fin. Soy capaz de volver a escuchar música, de ver la TV, incluso de leer.

He guardado en el rincón más recóndito de mi mente todo lo que no me permite estar bien, confiando en que tardará en salir.

Pongo música, pero no soporto escuchar nada. Mis pensamientos son más fuertes y hacen que sólo quiera silencio para seguir pendiente de ellos. Son los que me dominan en ese momento.
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El Talisman


Un regalo.
Ella siempre había creído en las historias bonitas, en la conexión de las personas, en que todo sucede por algo y en el preciso momento que tiene que ocurrir.
También creia en todos los tipos de amor: en el propio, el de familia, amistad, a la vida… y pareja.

Tenía casi todos.
Vivía su vida sin uno de ellos. Sin pareja. Era lo que le tocaba experimentar, era una lección, un proceso, una etapa; y aunque disfrutaba de cada uno de los amores que tenía, aunque estaba bien, algunas veces echaba en falta ese alguien con quien compartir momentos y experiencias, un refugio, un «pecado»… Había veces que su cuerpo y su alma le pedían un beso, un abrazo, una caricia o una mirada. Deseaba sentir algo distinto.

Un lunes, alguien especial en quien ella confiaba mucho, una de esas personas que tienen «magia», le entregó un pequeño envoltorio. Con mucha ilusión por el detalle, y sacando a su niña interior lo abrió: dentro encontró un pequeño talismán. Su forma era cuadrada y en uno de sus lados tenía un cordel de rafia para poder sujetarlo al cuello y un trébol de cuatro hojas plateado. El colgante era transparente, de resina y en su interior se podía ver una llave, una hoja de una planta y una pequeña gema.
– Toma -le dijo- es para ti.
– Me gusta mucho -contestó ella.
– Te explico. Es del amor incondicional por eso lleva la llave para abrir caminos y el trébol para la suerte. Lo que acompaña a la lleve son amatista y brezo rosa.
Y le explicó lo que debía saber acerca del talismán.

Aquel día se lo puso, al día siguiente también, pero al tercero se lo quitó. No sabía el porque, se sentía incómoda. Así que lo dejó a la vista al lado de su joyero. Ahí lo veía todos los días, ahí se quedaba todos los días. Algunos estaba tentada de cogerlo. Al final no lo hacía. Pasaron las semanas, algún mes, y un día sin más decidió cogerlo, aunque no se lo puso. Lo guardó en un bolsillo de su chaqueta, sin verlo, sólo sabiendo que lo llevaba encima. Algunas veces metía la mano para buscarlo y saber que allí seguía, otras en cambio, no le hacía caso.

Un cambio.
Ella estaba en medio de un periodo de transición entre lo que había sido y en quién se iba a convertir. Todo lo que le había pasado le había hecho darse cuenta de tantas cosas… unas buenas, otras no. También de quiénes eran los que de verdad querían estar en su vida de una manera u otra, ya que en los momentos difíciles es cuando conocemos a las personas.

Había llegado el momento de hacer cambios importantes y tomar decisiones difíciles y dolorosas. Ella era la que más se necesitaba en ese momento. Se iba a dar prioridad.
Debía pelear por lo todo aquello que se le había negado, debía demostrarse que había superado sus miedos y que no se iba a rendir.
Y debía cerrar historias.

Con un nudo en el estómago y el corazón encogido, decidió guardar en una caja todo lo que a él le recordaba. La escondería en el fondo del altillo que menos utilizaba, aquel que abría una vez al año; el tiempo suficiente para aprender a vivir de nuevo y para recordar sin dolor, ya que sabía que nunca le iba a olvidar. Lo hizo rápido sin fijarse en lo que iba guardando y así evitar la tristeza que le causaba.

Acercó un taburete al armario, abrió las puertas superiores y sacó algunas cajas que había. Puso la de él en el fondo y delante volvió a colocar las que había. Así sería difícil acceder y evitaría la tentación. Cerró las puertas, bajó y dejó el taburete en la esquina. Miró el armario cerrado y respiró hondo. Historia cerrada.

Todo se une: talismán y cambio.
Llegó un nuevo día y con él una nueva sensación. Se preparó para su día: almuerzo, bolso y todo lo que iba a necesitar. Se vistió y terminó de arreglar. Ya estaba lista. Se puso un poco de su perfume y por último el colgante, aunque esta vez no iba en el bolsillo de su chaqueta. Se colocó su talismán en el cuello.

Las casualidades de la vida hicieron que aquel mismo día se lo encontrará. Estaba tranquila por el paso que había dado de olvidar y perdonar. Conversaron un rato en la calle y se despidieron con un abrazo.
Ella respiró contenida.
Él la miró y le dijo:
– Podríamos tomar algo un día ya que empieza el buen tiempo.
– Estaría bien – contestó muy serena a pesar de sentirse un poco nerviosa.
Él empezó a andar para irse y ella se quedó quieta mirando. Antes de girar la esquina, se volvió. Los dos se miraron y elevaron sus manos. Sendas sonrisas melancólicas aparecieron en sus labios.

Ella tocó el talismán.
Quizás era ese su momento y fuese un volver a empezar… O el último adiós.
De momento no lo sabía, tampoco lo iba a pensar más. El tiempo lo diría.
Al día siguiente el colgante volvió a su cuello. No sabía si lo podría llevar todos los días. Sólo sabía que el buen tiempo estaba por llegar.

Con mucha ilusión por el detalle, y sacando a su niña interior lo abrió: dentro encontró un pequeño talismán. Su forma era cuadrada y en uno de sus lados tenía un cordel de rafia para poder sujetarlo al cuello y un trébol de cuatro hojas plateado. El colgante era transparente, de resina y en su interior se podía ver una llave, una hoja de una planta y una pequeña gema.

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La segunda primera vez


Siempre se ha dicho que la primera vez es bonita, qué es un momento único en la vida; y es cierto, aunque también falta la experiencia, falta el conocerte y conocer a la otra persona. Y eso en lo referente a las relaciones es muy importante.
¿Te imaginas cómo podría ser una segunda primera vez? Con el aprendizaje vivido, con las experiencias, conociéndote a ti mismo y a la otra persona… Algo muy especial sin duda.

La historia entre ellos terminó. Y cada uno siguió con su día a día sin el otro. Y es que la vida no se para por nada ni por nadie.
Y lo mismo que no se detiene, nunca sabes cómo te va a sorprender.
Y, ¿Qué hizo el destino?
Los volvió a reunir.
Se encontraron por casualidad en aquel comercio.
La sorpresa y la alegría de ambos era visible ya que no sabían nada el uno del otro desde hacía un tiempo. Y el centro de un pasillo les pareció el mejor lugar para ponerse al día. Hasta que se dieron cuenta que no dejaban pasar a nadie.
Entre risas y bromas se dirigieron a pagar sus compras.
-¡Que alegría verte! -Dijo ella.
-Te doy toda la razón. -añadió él- Podríamos tomar algo un día y así me cuentas más.
-¡Claro!- ella pensó unos instantes- ¿Y si lo hacemos ahora? Voy cargada, así me ayudas con todo lo que he comprado. Improvisemos.
-Te vuelvo a dar la razón- rió él dándole un amistoso apretón de manos.
Se dirigieron a su casa y por el camino bromearon, rieron y se fueron poniendo al día. Al llegar y abrir la puerta junto a él sus pensamientos cobraron vida propia y recordó todos los momentos bonitos que habían compartido.
-¡Que lástima que aquello acabase!- pensó para ella misma – Nos complementábamos tan bien.
Tras guardar la compra se sentaron en el sofá a continuar la charla… Ella le miraba a él; él a ella y se dedicaban sonrisas.
Ella se sentía nerviosa, aunque aparentaba mucha calma. Pero tenerlo ahí tan cerca era algo que le pertubaba y bastante, ya que fue alguien muy especial.
-Me tendré que ir…. -Dijo él levantándose.
-Por supuesto, que no se te haga tarde -añadió ella.
Y lo acompañó a la entrada mientras notaba cómo su corazóno se aceleraba y los suspiros escondidos la devoraban.
– Gracias por la ayuda -le dijo mientras le daba un beso en la mejilla.
– No hace falta que me las des -dijo él mientras le devolvía el beso.
Se apartaron y ella le dio un abrazo rodeando su cuello; él la abrazó también. Pasaron los segundos y ninguno de los dos soltaba al otro.
Ella cerraba los ojos e intentaba controlar su pulso. Notaba el olor de él, notaba la respiración en su cuello…
Notó otro beso en la mejilla.
Otro beso más suave cerca de sus labios.
Él bajó sus manos sujetando la cintura de ella por detrás y acercándola más.
Ella respiró hondo y giró su cara, quedando las comisuras una al lado de la otra. Y así permanecieron en silencio durante un tiempo.
Rozaron sus labios y se empezaron a besar.
Las manos de él se deslizaron por debajo del jersey, acariciando muy suavemente su espalda. Las de ella buscaron la piel de él y lo abrazó con más fuerza.
Pararon un instante y se miraron a los ojos con la mezcla justa entre dulzura y deseo. Cogidos de la mano se dirigieron a la estancia más cercana, el salón y se pusieron de nuevo al lado del sofá.
Entre miradas cómplices y besos, ella se quitó su jersey e hizo los mismo con la camisa de él. Él recorrió con sus dedos índice y corazón el borde interno del pantalón de ella, parando en el botón, que con un gesto rápido desabrochó. Y mientras lo bajaba iba colmando de besos su vientre; ella se sujetó el pelo con las manos mientras tiraba la cabeza hacia atrás.
Él terminó de desvestirla.
Era el turno de ella.
Muy suavemente fue quitando las prendas de ropa que le quedaban; sin apartar sus ojos de los suyos ni un solo momento, dedicándole en algunas ocasiones esa mirada traviesa que sabía que le encantaba.
Desnudos se sentaron en el sillón mientras continuaban con los besos y empezaban las caricias. Él sabía muy bien cómo acariciarla, ella sabía muy bien como besarle, se conocían a la perfección y los dos querían que aquella fuese su segunda primera vez.
Muy dulcemente se inclinó sobre ella para quedarse los dos recostados sobre el sofá y así poder recorrer todo su cuerpo con sus manos ansiosas de su sedosa piel; y notar sus cálidos labios en distintas partes de su cuerpo.
Las caricias ya no eran suficiente, ambos deseaban volver a unirse al otro. Ella se tumbó y él se fue colocando muy despacio encima de ella. Poco a poco se fue acercando mientras notaban cómo la piel reaccionaba al contacto de la piel. Cómo al juntar sus vientres, sus pechos, se hipersensibilizaban y cientos de pequeños escalofríos les inundaban.
Se abrazaron con ternura.
Se volvieron a mirar a los ojos, sabiendo que tenía que hacer cada uno y se unieron. Acompasaron sus respiraciones, sus movimientos; se besaron, se abrazaron, entrelazaron sus manos intentando que aquel momento fuera eterno…
Colmados de pasión se quedaron abrazados y en silencio. No les hacía falta decir nada.
Era maravilloso volver a sentir todas esas emociones, era algo único.
Y es que la piel no miente.