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Una cena especial


Cuando de repente miró el reloj y vio que eran las 7 de la tarde, se echó las manos a la cabeza; no sabía si le iba a dar tiempo a preparar todo lo que quería.
Rápidamente apagó el flexo del estudio y se dirigió a la cocina a encender el horno. Tenía media hora hasta que estuviese la cena preparada.
Fue al baño y mientras abría el agua para que el agua se calentase, conectó su teléfono al altavoz para poner una de sus listas de reproducción favoritas para la ducha; una que tenía un poco de todo, desde canciones bailables y muy actuales, a canciones más sentimentales y emotivas.
Entró en la bañera y echó la cortina.
Se colocó debajo de la ducha y empezó a notar como el agua caliente recorría su cuerpo. Cerró los ojos un instante mientras comenzaba a sonar una de esas canciones que tanto le hacían sentir. Siendo consciente del poco tiempo que le quedaba, y sabiendo que no se podía entrenetener, cogió aire y empezó a lavarse el pelo. Lo hizo dos veces, como de costumbre y luego se aplicó el acondicionador. Mientras este hacia efecto, eligió la espuma corporal que compró en Rituals y se enjabonó el cuerpo; el tacto de la espuma era increíblemente suave y pensó que hizo muy bien cuando decidió comprarla. Unos minutos después eliminaba todas las cremas y jabones de su cuerpo con el agua caliente que volvía a caer sobre ella.
Al salir lo primero que comprobó fue la hora; iba bien. Enrolló una toalla al pelo y enumeró lo que le faltaba por hacer; la próxima vez lo anotaría en una lista, pensó…
Abrió una puerta del mueble del lavabo y sacó la crema hidratante, que aplicó por todo el cuerpo. Se puso su bata con bordados chinos y se dirigió al salón.
Lo tenía todo preparado: los platos, las copas, las velas, el mantel y las servilletas, Sólo faltaba montarlo, dejar una luz tenue que acompañase las velas y poner la música ambiente….
Pipipi, pipipi, pipipi sonaba la alarma en la cocina. La cena ya estaba preparada y tenía que sacarla del horno.
Volvió al baño sin perder de vista el reloj y se empezó a secar el pelo, ya le quedaba menos… Al acabar se puso la crema facial y se pintó un poco, lo justo cómo solía hacer: resaltando más los ojos y poco los labios. Únicamente le faltaba la ropa.
Aquella noche se puso el vestido más sexy que tenía, con el que mejor se sentía, aquel que desde hacía un tiempo no se había permitido ponerse, el de las ocasiones especiales. Escogió un precioso conjunto de ropa interior, con encajes y liguero y unas medias de esas que solemos ver en las películas, los tacones, unos pendientes largos y unas gotas de perfume.
Se miró al espejo y le gustó mucho lo que vio. Se veía a ella misma, lo que siempre había sido y había olvidado. Volvía a sonreír y era feliz.
Volvió a mirar la hora y eran casi las 21:30, casi no le quedaba tiempo.
Fue a la cocina y  sirvió en una fuente el plato principal. Sacó los entrantes a
la mesa del salón y encendió las velas. Puso la música y pensó en bailar, aunque decidió dejarlo para luego. Sacó la botella de vino blanco de la nevera y junto con el resto de la cena lo colocó en la mesa.
El móvil sonó.
Eran ya las 21:30.
Le había dado tiempo a todo, una vez más había conseguido lo que quería.
Fue al espejo y por última vez vez se miró. Se repasó el pelo, se recolocó el vestido y respiró hondo. Desprendía una luz especial, una energía arrolladora y mucha seguridad.
Volvió al salón y miró el resultado final. Estaba todo perfecto: mesa, decoración, ambiente, comida…  Ella
Se sentía orgullosa de aquello tan magnífico que había preparado para la persona qué más la había apoyado en todo, para la persona que, aunque en ocasiones no hubiese sido consciente, más la había amado; para esa que incluso en esos días más tristes había estado acompañándola, para la más crítica y la más permisiva a la vez, la que mejor la conocía; para aquella persona a la que nadie nunca podría reemplazar porque era única e irrepetible.
Para ELLA.

Aquella noche se puso el vestido más sexy que tenía, con el que mejor se sentía, aquel que desde hacía un tiempo no se había permitido ponerse, el de las ocasiones especiales. Escogió un precioso conjunto de ropa interior, con encajes y liguero y unas medias de esas que solemos ver en las películas, los tacones, unos pendientes largos y unas gotas de perfume.

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La Pastelería

Cada miércoles y viernes acudía allí. A su rincón secreto, a su zona de paz, de inspiración y evasión.
Era una pastelería pequeña, donde casi todo el mundo iba de paso. Tenía apenas seis mesas, y una de ellas estaba medio oculta tras una columna y una planta colgante.
Aquella pastelería la descubrió una tarde dando un paseo, un día de esos en los que necesitaba pensar en todo y nada a la vez. Entró por casualidad y pudo encontrar un sitio muy agradable y donde los dueños ofrecían un trato muy familiar. Le gustaba la decoración que habían utilizado: colores suaves en las paredes con fotos de parajes naturales, mesas redondas estilo parisino y en lugar de sillas, unas pequeñas y cómodas butacas; manteles de tela de varios colores y una flor natural en cada mesa que cambiaban a diario. Y desde ese mismo momento decidio ir allí a refugiarse.
Tenían una amplia variedad de cafés y tes, así que podía variar todo lo que necesitase; además de bollería casera y otras piezas saladas.
Y lo que más le gustaba su mesa favorita, la oculta a la vista.
Esa semana había sido dura y deseaba que llegase el viernes para poder pasar allí la tarde, sin prisa por tener que madrugar al día siguiente. Aprovecharía al máximo su tiempo libre.
Llegó a casa y se cambió de ropa. Se quitó la ropa formal de trabajo, los pantalones de corte recto, la camisa blanca abotonada y los zapatos de salón. Escogió unos vaqueros y unas zapatillas casual; una camiseta básica y una chaqueta de punto por si refrescaba por la tarde. Se sujetó el pelo con una pinza y metió el portátil que tenía cargando en su bolso. Guardó también algo de dinero y la documentación.
Puso el móvil en el bolsillo trasero del vaquero y repasó mentalmente para no dejarse nada.
Salió de casa evitando dar un portazo fuerte, bajó por la escalera y emprendió el rumbo a la pastelería.
Aunque a veces se ponía cascos para ir por la calle, prefería escuchar los sonidos de la calle: los niños jugando, los árboles moviendo sus ramas, los pájaros con sus cantos, e incluso el tráfico. Todo ello le hacía sentirse parte del mundo, aunque sólo fuese una pequeña parte de él.
Llegó a la pastelería y entró. Saludó muy sonriente a los dueños y pensando en que iba a tomar, se dirigió a su mesa.
Mientras recorría los escasos metros que le quedaban, iba abriendo la cremallera para sacar el portátil y al llegar a la mesa paró de repente.
Y allí estaba él.
No le conocía de nada, nunca le había visto; pero al mirarle a los ojos tuvo la sensación de conocerle toda la vida.
– Eh…. Hola- musitó ella con voz un poco tímida.
– Buenas tardes- contestó el con voz profunda.
– Vaya, no esperaba encontrar a nadie sentado, ya que la que suele estar ahí sentada soy yo -y sonrió con dulzura.
– Me ha aparecido un rincón muy tranquilo y he querido aprovecharlo -contestó él con otra sonrisa- pero me levanto y me cambio.
– Bueno, me sabe mal tú has llegado antes.
– Y, ¿Si te sientas conmigo? Sé que no nos conocemos, aunque algo dentro de mí me dice que sí que te conozco.
Ella se sonrojó y contestó: – Esa misma sensación he tenido yo- Y apartando la silla se sentó con él, mientras se presentaba.
Una sensación que no sabía muy bien como explicar, iba creciendo en su interior mientras lo escuchaba hablar, mientras miraba a esos ojos tranquilos, mientras su cabeza no dejaba de pensar.
Acabaron el primer café y pasaron a un segundo; estaban tan a gusto juntos que ninguno tenía intención de marcharse. Vieron que podían hablar de cualquier cosa, desde viajes, experiencias, sueños, futuro y que tenían muchos puntos en común.
¿ Cómo es posible que no se hubiesen conocido antes? Porque todo ocurre en el momento preciso y exacto, y ese momento les había llegado.
– Vamos a cerrar en breve, -escucharon los dos. Se miraron a los ojos y sonrieron.
– No me he enterado de la hora – comentó él.
– Ni yo tampoco – añadió ella con una sonrisa traviesa.
Se levantaron y se dirigieron a la calle. Empezaron a andar sin destino, y a pesar de que era hora punta, se sentían como si sólo estuviesen ellos en la calle. No existía nada más.
– Estoy tan agusto contigo, nunca antes me había pasado nada igual. Si no te importa te acompaño  un poco hacia tu casa que empieza a ser tarde. La tarde ha sido maravillosa, y si te apetece tanto cómo a mí, me gustaría repetir.
– Claro, -respondió ella- me encantaría repetir. Mismo sitio el viernes próximo?
Vamos hacia esa calle que está muy cerca de mi casa y allí nos despedimos. También he estado muy bien contigo.
Se dirigieron hacia la calle, y en la esquina donde había una floristería pararon.
– Bueno, este es el fin por hoy.
– Si, por hoy; y gracias por acompañarme este trozo.
– La verdad es que no quisiera que acabase la tarde y ya estoy deseando que llegue la semana próxima. Había pensado en darnos el teléfono, luego he decidido que es mejor que no; confío en que el viernes próximo aparecerás y si ese día es como hoy, y siempre y cuando tú quieras, nos damos los teléfonos para poder hablar todos y cada uno de los días.
– Me gusta tú idea, y creo que la semana se me va a hacer muy larga – dijo ella mientras sonreía y arrugaba la nariz.
Él se acercó a su cara, y le dio un beso muy dulce en la mejilla derecha, muy pegado a la comisura de sus labios. Suspiró y empezó a caminar hacia atrás sin dejar de mirarla mientras ella sonreía como una niña.

Llegó a casa y se cambió de ropa. Se quitó la ropa formal de trabajo, los pantalones de corte recto, la camisa blanca abotonada y los zapatos de salón. Escogió unos vaqueros y unas zapatillas casual; una camiseta básica y una chaqueta de punto por si refrescaba por la tarde. Se sujetó el pelo con una pinza y metió el portátil que tenía cargando en su bolso. Guardó también algo de dinero y la documentación.
Puso el móvil en el bolsillo trasero del vaquero y repasó mentalmente para no dejarse nada.
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Un día lluvioso


Aquel día lluvioso aunque no frío, salió del trabajo antes de lo previsto. Había terminado todo lo atrasado y pidió permiso para irse.
Nadie la esperaba en casa y no tenía nada previsto para hacer, pero el cansancio acumulado hizo que quisiese irse antes y así fue. Se organizó el bolso y se puso la chaqueta vaquera para evitar así que la lluvia la mojase mucho. Iba concentrada en lo que quería acabar aquella misma tarde y abriendo el paraguas.
Llegó a la calle dónde la gente andaba rápido por la tormenta, se refugió bajo su paraguas y comenzó el camino de vuelta.
Apenas había dado dos pasos, se encontró con alguien que le cortaba el paso y no conseguía avanzar. Malhumorada, iba a protestar, cuando de repente oyó una voz muy conocida:
-Buenas tardes!
Y notó como su corazón comenzaba a latir muy rápido y todo su cuerpo temblaba.
Respiró hondo e intentó mantener la calma.
– Buenas tardes-; respondió.
-¿Cómo estás? Hace mucho que no te veía.
Pensó en responder con un comentario sarcástico; pero se contuvo y su respuesta fue más tranquila.
– Todos andamos demasiado liados últimamente.
– ¿Estás bien? Preguntó él.
– Si, bueno supongo….
La gente pasaba rápido alrededor de ellos y el ruido que provocaba el tráfico era ensordecedor.
– ¿Nos tomamos algo y nos ponemos al día?
Ella dudo en rechazar la invitación, pero tampoco tenía nada que perder.
– Vale, ¿Dónde vamos?
-¿ Recuerdas esa cafetería al lado del Parque?
Cómo no lo la iba a recordar….
– Claro, me parece bien.
Y dirigieron sus pasos hacia su destino.
La lluvia había parado un poco, así que cerraron los paraguas.
Por el camino empezaron a hablar con la misma naturalidad y confianza de antes; cómo si no hubiese pasado el tiempo. Llegaron a la Cafetería y se sentaron para seguir con la charla.
Ella contenida, evitaba sonreír demasiado y evitaba mirarle a los ojos, ya que pensaba que si él la miraba mucho tiempo, vería que todavía tenía sentimientos. Hablaba tranquila y serena aunque no sabía muy bien como, ya que su cabeza no paraba de recordale sensaciones vividas; pero él tenía sus sentimientos claros, eso es lo que dijo un día.
Disfruta este momento, se repetía una y otra vez.
Sonó un teléfono y él tuvo que contestar; se levantó y salió. Ella aprovechó para mirar rápidamente sus mensajes y para pensar que necesitaba relajarse ya; que era momento de despedirse.
Se levantó de la silla y pagó el café con leche y el té que se habían tomado y se dirigió a la puerta.
Él la miró sorprendido y ella le respondió con una sonrisa tierna y con un gesto de adiós con la mano.
– Estás ocupado -murmuró- otro día repetimos si el destino lo quiere así. Me debes la invitación.
Y comenzó a caminar hacia su casa.
Andaba por la calle como si estuviese flotando, antes de sentir que le entraría la melancolía. Pensó en girarse a mirar por última vez; no lo hizo.
Llevaba un par de minutos andando cuando oyó tras de ella:
– Me permites que te acompañe? No queda mucha gente en la calle.
– No hace falta, sabes que suelo ir sola.
– Bueno, pero hoy puedes ir acompañada.
– Jajaja, si eso sí.
Y continuaron el camino hablando de todo un poco.
¿Qué pensaría él? Pensaba ella, pero automáticamente frenaba sus pensamientos.
Por fin llegaron al portal y le entró la tristeza; se despedían por segunda vez en la misma tarde y no lo llevaba bien. Una vez si, pero dos eran demasiado. Intentó disimular las ganas de llorar y respirando todo lo despacio que podía.
Se movió el viento y parte de su pelo se le fue a la cara y en segundos notó los dedos de él, apartándolos de su cara con suavidad.
Y un escalofrío recorrió su espalda.
Se sonrojó un poco y con otra suave sonrisa le dio las gracias:
– Tendré que subir, se está volviendo frío. Me he alegrado de verte y poder hablar.
Por dentro pensaba lo mucho que lo echaba de menos, y que no lo iba a decir, ya que se había prometido a si misma que nunca más.
– He estado muy agusto- contestó él.
Se acercó y le dio un abrazo para así volver a notar su olor y su calor aunque fuese de esa manera.
– Gracias, susurró cuando él le devolvió el abrazo.
Él se retiró un poco y la miró a los ojos, ella le devolvió la mirada y aguantó la respiración sin que se notase. Y volvió a notar el escalofrío por el cuerpo.
Él miró sus labios y poco a poco se acercó.
Notaba cómo latía su corazón con tanta fuerza que pensaba que se le iba a salir del pecho.
Cerró lo ojos y se acercó un poco más a él.
Notó un suave roce, seguido de otro y otro.
Y cómo sus brazos la sujetaban con ternura
Y se fundieron en un beso.

Ella contenida, evitaba sonreír demasiado y evitaba mirarle a los ojos, ya que pensaba que si él la miraba mucho tiempo, vería que todavía tenía sentimientos. Hablaba tranquila y serena aunque no sabía muy bien como, ya que su cabeza no paraba de recordale sensaciones vividas;
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Mis inicios

Esta locura empieza con una anécdota que escribí tras una llamada de mi padre. Aunque en otras ocasiones había hecho mis pinitos con microrrelatos y relatos más largos, nunca me había planteado la posibilidad de ir más allá y dejar que alguien lo leyese. Y en esa ocasión lo hice.
La respuesta fue clara y parece que no se me da mal lo de soñar y transmitir.

Gracias a todos los que han creído en mi desde el minuto cero y no han dejado de apoyarme en mis proyectos por muy descabellados que fuesen.

Gracias a mis primeras lectoras: Amparo M., Celeste M., Ester A., M Ángeles N., M Ángeles O.

A Gregorio Muelas «La biblioteca de Gregorovius» y a Bego Vidal @DeLibreraaTuitera por las correcciones, críticas e ideas que me han dado.

«Segunda Regla de la Buena Suerte»

«Muchos son los que quieren tener Buena Suerte, pero pocos los que deciden ir a por ella.»