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Tras la ventana indiscreta

Asomada a la ventana del salón de su casa vio como el coche de la Policía Nacional abandonaba la calle en sentido contrario.
Unas horas antes, el ruido de las sirenas, le habían llevado al mirador que daba a aquella calle estrecha y poco transitada, dónde lo más normal era el silencio. En un primer momento, corrió ligeramente la cortina para que nadie viese que se había asomado. Era muy discreta con todo lo que a su vida y circunstancias se refería. Poco a poco se fue relajándo y abrió las cortinas hasta la mitad y subió la persiana para tener mejor visibilidad. Su lado morboso era más fuerte que el precavido. Se apoyó en el borde de la ventana abierta y observó todo lo que pasaba desde el tercer piso.

El edificio que tenía enfrente era más antiguo que el suyo. Los pisos eran más pequeños, o eso se había imaginado siempre, y en el vivía gente de edad avanzada o inmigrantes de distintas nacionalidades. Ciudadanos con menos recursos. Por ello los alquileres eran más asequibles que en otros de la misma calle, a pesar de estar situando a un par de kilómetros del centro de la ciudad.

Lo primero que pensó era que algunos de los inmigrantes se habrían peleado. Era algo que había vivido en alguna ocasión, aunque en las otras, no había tenido que acudir la Policía. Provocaban un pequeño escándalo con las riñas y se hacía de nuevo el silencio. Luego se planteó que quizás alguien se había quedado encerrado y habían acudido allí al rescate. Con la frente un poco fruncida y la mano apoyada sobre su boca, descartó esa opción también, cuando la segunda patrulla entró en la calle y ¡ en sentido contrario! ¿Qué habría ocurrido allí? La intriga iba aumentando conforme pasaba el tiempo y sus elucubraciones cada vez eran más interesantes.

Algo llamó su atención. En un par de alturas más arriba a la suya se produjo un movimiento extraño. Se abrieron varias ventanas a la vez y un par de agentes vestidos de calle salieron al balcón. Sabía que eran policías por la placa que llevaban colgada al cuello. Ahora ya tenía claro en qué piso estaban, y sólo le faltaba conocer el tipo de incidente que estaban investigando. Cogió una hoja en blanco, su pluma de tinta rosa y comenzó una lista:
2 patrullas
4 uniformes
2 secreta

1 atestados?

Rápidamente y con los ojos muy abiertos miró como el furgón giraba la esquina de la calle. La situación era cada vez más desconcertante.

En aquel folio apuntó sus teorías, y las tachaba conforme las descartaba; eso sí, justificación incluida. Se había metido completamente en el papel de investigadora, y cada detalle era digno de ser pensado y estudiado. Quería saber si era capaz de descubrir lo que había ocurrido, con las pistas que iba observando. Un suceso como aquel que estaba contemplando saldría en prensa seguro, así que podría verificar sus teorías. Esta curiosa afición la tenía desde que descubrió las series de investigación, los programas de delitos reales y de su interés por la novela negra, además de haber leído artículos sobre diversos asesinatos importantes en los últimos tiempos.

En la finca de enfrente seguía el trasiego: los policías entrando cargados con materiales y saliendo con pruebas que iban obteniendo; los vecinos de los balcones colindantes también entraban y salían, suponía que vigilando los movimientos por el interior del edificio y también por el exterior. Y ella desde enfrente no perdía detalle de nada. Se sentía como la/el protagonista de la famosa película «La ventana indiscreta», aunque las circunstancias eran bien distintas.

Otro coche irrumpió en la calle. El agente, cuya misión era mantenerla cerrada, le dio el alto. La ventanilla del lado del conductor se bajó y un brazo mostró algo que no se podía distinguir bien, aunque parecía una placa. El agente se apartó y permitió que el vehículo avanzase por la calle hasta el lugar donde estaban estacionados los otros coches. Las dos puertas delanteras se abrieron y  dos policías sin uniformar bajaron del coche. Uno de ellos fue a la parte trasera y abrió la puerta. Del interior salió una mujer que con un pañuelo se iba secando los ojos, algo que intuía más que veía desde su casa. Ambos hombres la acompañaron hasta el portal donde los perdió de vista.

El reloj seguía sin detenerse, y en cambio hacia un rato que no se veía ni oía nada. En alguna ocasión, veía que los policías entraban y salían al balcón. Pero ni rastro de la mujer, ni de nada más. Pasaría más de una hora, cuando comenzó de nuevo el trasiego y empezaron a salir del portal: los agentes de nuevo con la mujer. Un hombre con traje y documentos en las manos y tras él dos hombres más que portaban una camilla con una funda de plástico negro.
-¡ Un muerto! Ya sé cuál ha sido el suceso – pensó para si- ahora falta saber quién es la mujer- y lo anotó todo en su hoja.

Tras esa comitiva, aparecieron los agentes uniformados. Uno de ellos llevaba una bolsa de pruebas transparente en la mano y entre todos custodiaban a alguien que se  escondía bajo una chaqueta negra de punto.
Sin perder de vista los movimientos de quién estuviese debajo de aquella prenda, sacó el móvil e hizo una foto de la bolsa de evidencias, para verla más tarde y poder ampliarla.

Asomada a la calle vio cómo fueron entrando a los correspondientes coches y como poco a poco las ventanas de las fincas se iban cerrando, incluida la suya. La tranquilidad y el silencio volvían a aquella calle.

Empezaba otra fase, la de la deducción. Revisó sus anotaciones, también sus recuerdos y sensaciones que aún estaban frescos, las fotos que había sacado… Tras un breve espacio de tiempo anotó lo que creía que había pasado: había sido un crimen pasional. La víctima un hombre por el tamaño del cadáver cuando lo sacaron, la mujer que lloraba era la pareja sentimental del asesinado; había sido cometido por una mujer algo que había deducido por la forma de andar y por el tamaño de quien se ocultaba. Lo había envenenado, dato que había pensado al ver en la foto varios frascos de pastillas dentro de aquella bolsa. Lo único que desconocía era el motivo exacto. Se enteraría por las noticias.

Al día siguiente la noticia estaba en primera página de los diarios y con lugar destacado en las noticias de la TV. Tal y como había escrito, la víctima era un hombre casado y la asesina una mujer. Lo curioso era que la presunta asesina era una vecina de ambos y que el crimen lo había cometido por celos. Estaba enamorada de la mujer y pensaba que sin él marido podría conseguir acercarse a ella.

Al leer el suceso se dio cuenta que se le daba bien lo de la deducción. Pensó en lo interesante que le había resultado y que la experiencia le había abierto nuevos horizontes. Y se preguntó cuándo podría repetir.
Y nació la Detective Rouse…

Asomada a la ventana del salón de su casa vio como el coche de la Policía Nacional abandonaba la calle en sentido contrario.
Unas horas antes, el ruido de las sirenas, le habían llevado al mirador que daba a aquella calle estrecha y poco transitada, dónde lo más normal era el silencio. En un primer momento, corrió ligeramente la cortina para que nadie viese que se había asomado.