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Te Perdono

Eran las 19:03 cuando salí del ascensor y accedí al rellano de mi planta, tres minutos más tarde de la hora marcada. Abrí la puerta de casa y entré.

Allí encontré silencio. No era un silencio incómodo, era uno liberador; muy esperado. Aún así estaba nerviosa. Me asomé al comedor. Allí estaba todo tal y cómo lo había dejado preparado; porque aquel era un día importante, era el día Cero. Me senté en la mesa, muy tranquila y serena y empecé a hablar:

– Te perdono, – rompí el hielo- te perdono por todo… Por no haber sido tu prioridad, por haberme descuidado en tantas ocasiones. Por no cuidarme cómo merezco. Por no escucharme y no hacerme caso cuando sí me escuchabas.

– Te perdono por ignorar mis sentimientos, por hacerme llorar más que reír en los últimos meses. También por las noches de insomnio y los quebraderos de cabeza. Te perdono por olvidarte de mí y de lo que sabías que necesitaba.

– Te perdono por no quererme. – Cogí aire.

– Sé que has pasado una época difícil y dura, en la que no podías pensar con claridad. En la que no eras consciente del daño que me estabas provocando. Todo era más importante que yo. Te centrabas en cualquier cosa que surgiese ya que así te evadías del problema. No eras capaz de ver la realidad. – afirmé con seguridad.

– Ahora es momento de cambio, ha pasado un tiempo prudencial. Debes volver a luchar, de velar por mí, cuidarme, apoyarme, verme crecer… Todo lo que no has hecho este tiempo. Tienes que dejar a un lado las excusas y demostrar que de verdad me quieres.

Mis ojos miraron fijamente los ojos que tenía delante, sabiendo a la perfección lo que sentían. Amor, respeto, aceptación, perdón… Allí delante de mí, había un espejo con mi reflejo.

Mis ojos miraron fijamente los ojos que tenía delante, sabiendo a la perfección lo que sentían. Amor, respeto, aceptación, perdón… Allí delante de mí, había un espejo con mi reflejo.

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La sala


¿Cuántas veces te has preguntado si todo lo que pasa tiene un sentido, aunque en ocasiones no sepas cual?
¿Cuántas veces las circunstancias te llevan por el mismo camino, incluso cuando haces todo lo posible por cambiarlo?
A ella, últimamente le pasaba mucho. Desde evitar una calle y verlo por la que iba andando, hasta encontrárselo en horas absurdas, lo que le pasó con el llavero que él le regaló…. Y la última, estar asignada a terminar un trabajo ¡en la misma sala en la que se besaron por primera vez!
Podía recordar ese día con todo lujo de detalles. Él le pidió que le acompañase a clasificar unos documentos a aquella sala. Iba a ser un rato corto, apenas unos minutos, así que no encendieron todas las luces.
La química, la tensión entre ellos era más que evidente y más en aquella situación. Él, se acercó un poco a ella que se irguió nerviosa. Él se acercó más, ella le miró a los ojos. Y se besaron.
No fue un beso de película, fue más bien corto. Con más deseo que sentimiento. Más un juego que una realidad.  Fue parte del inicio.
Y ella, hoy, al entrar allí lo volvió a  revivir.
Encendió todas las luces, y se sentó en la amplia mesa de reuniones que había en el centro. A su espalda los archivos y enfrente la desnuda pared; aunque su mente recordaba la imagen de ellos dos en medio de la estancia. Era como una estatua transparente que no paraba de girar. Era un beso inmóvil. Era su recuerdo.
Miró todas las sillas vacías y respiró hondo. Se tenía que concentrar sí o sí para intentar acabar pronto e ir lo menos posible a aquel lugar.
Sacó las hojas que tenía que revisar, también sus apuntes con parte de los datos que había que añadir o cambiar; folios en blanco por si hacían falta, su bolígrafo, un corrector y un marcador; el móvil para tenerlo a mano y visible…Y comenzó su labor, no sin antes fijarse en la hora que era.
Las 10:00.
– ¡A por ello! Pensó para si misma.
No había ni pasado una hora cuando alguien llamó a la puerta. Se sobresaltó un poco porque no esperaba a nadie, pero rápidamente contestó.
– Adelante- dijo levantando un poco la voz.
La puerta se abrió y una cabeza asomó. Era su compañera.
– Hola, ¿Cómo vas? He pensado que quizás te apetecía tomar un café. Sé que te ayuda a estar concentrada – y le guiñó un ojo.
– Te lo agradezco mucho – le dijo con una amplia sonrisa – que bien me conoces.
– ¿Todo lo demás? – preguntó sin saber los recuerdos que ella tenía allí.
– Si, todo bien, en un rato estoy en el despacho contigo.
La puerta se cerró de nuevo y retomó su trabajo. Y volvió a consultar su reloj.
Las 11:00.
Pasó otra hora, o puede que dos ya que había perdido la noción del tiempo entre el trabajo y sus recuerdos.
Aunque no sabía la hora exacta recordaba que aquel primer encuentro fue por la mañana, antes de comer y después de almorzar. Se quedó mirando la pared y allí volvieron a aparecer las figuras girando mientras se besaban…..
Se obligó a continuar, y es que conforme avanzaba el tiempo le costaba cada vez más no pensar, no recordar. Se acercaba la hora y su cabeza solo sabía que revivir una y otra vez aquel momento. Quizás si lo deseaba con toda su fuerza ocurriría. Porque en lo más profundo de su ser deseaba repetir el momento por segunda vez. Ansiaba que se abriese la puerta y que él apareciese allí para abrazarla, besarla y quedarse, está vez, para siempre.
Cerró los ojos y recordó su calor, recordó su olor, su voz, sus manos, su piel, su sonrisa. Volvió a soñar con las figuras transparentes que giraban unidas en un beso, volvió a recordar todas las sensaciones tan intensas que parecían reales y que no lo eran.
Presente y futuro, escribió en un pequeño papel que guardo en la funda de su móvil.
Y se puso a guardar en silencio todas las cosas que había sacado: sus apuntes con parte de los datos que había que añadir o cambiar; folios en blanco por si hacían falta, su bolígrafo, un corrector y un marcador. El móvil en la mano para tenerlo visible.
Y miró la hora por última vez.
Las 13:19.
La puerta se abrió.
Era ella saliendo de la sala triste pero cada vez más fuerte; afectada pero superviviente, sin dejar de soñar pero viviendo la realidad, recomponiendo sus pedazos ella sola.
Dibujó una melancólica sonrisa con sus labios y cerró la puerta.

Presente y futuro, escribió en un pequeño papel que guardo en la funda de su móvil.
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Un sueño…


– Aún le importas…. – le dijo su amiga cuando lo vio aquel día.
Llevaba un tiempo queriendo decírselo. No sabía si era consciente de esa realidad.
Él permaneció en silencio.
– Desconozco qué te pasa, qué sientes. Quizás tienes miedo y piensas que ella te ha olvidado. Por eso te cuento cómo están las cosas, por si te sirve para algo. Y si necesitas que te ayude, cuenta conmigo.
Aquel día, ella empezaba sus vacaciones. Se había propuesto hacer un viaje, ordenar en casa, ver a la gente que le importaba. Pero no ese primer día. Tocaba relax.
Se permitió el lujo de desconectar el despertador y levantarse cuando quisiese. Iría a hacer la compra y por la tarde dar una vuelta con su amiga, sin hora prevista de volver. ¡Para eso están las vacaciones!
La temperatura era buena en marzo y apetecía notar los rayos del sol. Por eso decidieron quedar a primera hora de la tarde. Lugar: el centro. Lleno de terrazas donde tomar algo y de parques donde sentarse a hablar tranquilamente, cómo el del Parterre, con aquel magnífico ficus centenario.
La tarde empezaba a caer y tenía ganas de llegar a casa, pero cada vez que lo intentaba, su amiga encontraba una excusa para evitar que se fuese. Al final lo consiguió, no sin antes parar a comprar una botella de vino, para la cena improvisada que habían organizado al día siguiente; y accediendo a que la acompañase de vuelta.
Llegaron por fin a casa. Su amiga le dijo que subía con ella y se marchaba.
Dió las 4 vueltas de la cerradura de casa y abrió la puerta.
Enseguida notó el olor a incienso que salía de la casa, una tenue luz del salón y algo de música tranquila. Un poco asustada e intrigada miró a su amiga que le dedicó una sonrisa pícara a la vez que serena. Le guiñó un ojo, le dió un fuerte abrazo y le dijo susurrando en su oído:
– Tu deseo se ha hecho realidad, te lo mereces. Disfrútalo.
Y se fue.
Cerró la puerta de casa. Dejó la mochila y la chaqueta en la entrada y se dirigió al salón, pensando en cómo y cuándo habían organizado todo. ¡Qué más daba, con una sorpresa como esa!
Asomó la cabeza por la puerta y allí lo vio sentado, un poco nervioso mirándola.
Enseguida sus ojos se desviaron al suelo. ¡No podía creer lo que allí veía! Empezaba a entender todo lo que había pasado aquella tarde.
La alfombra estaba completamente rodeada de pequeñas velas que con sus llamas alumbraban aquella habitación. En una esquina una lámpara de cristales de inspiración árabe que completaba la iluminación.
A un lado de la alfombra, almohadones. Al otro dos copas de vino.
Él se levantó en silencio y cogiéndole la mano la guió al centro de la alfombra, con mucho cuidado para que las velas no se apagasen.
Sólo se escuchaba la música, ya que ellos utilizaban otro lenguaje.
La abrazó con intensidad, la besó con pasión, la miró con ternura. Ella le respondió con la misma intensidad, la misma pasión y ternura.
Abrazados, bailaron al ritmo de la música que sonaba de fondo.
En silencio se miraron y besaron. En silencio se desvistieron.
Para amarse de nuevo, sobre aquella alfombra y bajo la tenue luz de las velas.

La alfombra estaba completamente rodeada de pequeñas velas que con sus llamas alumbraban aquella habitación. En una esquina una lámpara de cristales de inspiración árabe que completaba la iluminación.
A un lado de la alfombra, almohadones. Al otro dos copas de vino.

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Un día para olvidar

Se levantó y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Tenía una sensación rara que no sabía describir,: frío, calor, dolor de estómago, ¿Todo a la vez?
Pensó en volver a meterse en la cama, pero justo ese día no podía. Tenía la agenda completa entre trabajo, médicos y demás. Respiró hondo y pensó que el día de hoy tenía que pasar.
Se preparó el desayuno, su café con leche era vital para despejarse. Y se dio una ducha rápida antes de vestirse y empezar el estresante día: pantalón azul, jersey beige de cachemira y botín marrón; su maletín para el ordenador y los documentos que necesitaba.
Salió al rellano de su casa y se dirigió al ascensor; llamó varias veces antes de darse cuenta que estaba estropeado.
– ¡Menuda forma de empezar el día!- dijo en voz alta aunque nadie la escuchaba. – menos mal que vivo en un tercero.
Así que bajó las escaleras a pie.
Salió a la calle y antes de girar la esquina se tropezó y se torció un poco el tobillo.
– En la cama me tendría que haber quedado como había pensado. – volvió a decir en voz alta.
Y continuó su camino.
Llegó a la gran avenida, donde el tráfico estaba imposible para variar. Esperó el semáforo para cruzar, mientras ojeaba la dirección a la que tenía que ir.
Empezó a cruzar y un conductor despistado estuvo a punto de arrollarla, aunque consiguió frenar a tiempo. El corazón lo tenía a mil y era incapaz de decir nada.
Continuó andando muy nerviosa y pensando en la cantidad de horas que quedaban todavía, y que el día no era el mejor.
Tras un paseo, llegó a su destino sin más percances, y ya más relajada decidió tomarse otro café, la ayudaría a estar más centrada, lo iba a necesitar.
Entró en una pequeña pastelería, de la que salía un olor muy dulce y agradable. Allí se sentó un rato para organizarse bien.
Pidió el café y una pieza de bollería, como resistirse a ese aroma que había notado… Y sacó su portátil para repasar unos datos de última hora
-¡No puede ser! ¿Esto también? – hoy era el día de hablar en alto.
Y es que el portátil no tenía batería a pesar de haberlo tenido cargando toda la noche. Tocaba atrasar el trabajo, pero ella no se iba a rendir. Nunca lo hacía.
Con todo ya preparado se marchó a su primera gestión del día, que resolvió con total normalidad; incluso con resultado positivo, ya que todo había ido mejor de lo que había pensado.
– Ya está, ha sido solo coincidencias de esta mañana.- Pensó en esta ocasión.
Con todas las complicaciones que había tenido, la mañana había pasado volando y aunque era pronto decidió ir a comer. Recordó que allí cerca había un restaurante con menú donde se comía muy bien, que además le pillaba de camino para lo que tenía que hacer por la tarde.
Entró y buscó una mesa pequeña al lado de la pared, así tenía cerca enchufe por si lo necesitaba de nuevo.
Ojeó la carta, aunque enseguida supo que iba a tomar. Pidió los platos y mientras preparaban la comida, repasaba los documentos del médico.
La puerta se oyó y entraron varias personas, que se fueran repartiendo por el restaurante. Con curiosidad levanto la vista y miró a su alrededor.
Y allí lo vio.
Iba acompañado de una chica con la que conversaba; así que no se dio cuenta de que ella estaba allí sentada.
Inmediatamente se le aceleró el corazón, y notó cómo le faltaba un poco la respiración.
– Tranquila- pensaba una y otra vez.
Le trajeron el primer plato, aunque se le había quitado el apetito e hizo un esfuerzo para comer. Su cabeza no estaba con ella, estaba en la mesa de la otra punta del restaurante. De vez en cuando muy disimuladamente, se giraba para mirar cómo continuaban conversando.
Llegó el postre y con él una sensación incómoda. Miró de reojo y vio cómo se cogían las manos. Una lágrima resbaló por su mejilla y sus manos empezaron a temblar. Pero no podía dejar de mirar, aunque notase cómo se rompía por dentro. Entonces el le apartó el pelo a la chica de la cara y empezó a acercarse a ella..
La alarma del reloj la despertó.
Gracias a Dios todo había sido un mal sueño, aunque su pulso estaba acelerado, y las lágrimas caían de sus ojos.

Se preparó el desayuno, su café con leche era vital para despejarse. Y se dio una ducha rápida antes de vestirse, y empezar el estresante día: pantalón azul, jersey beige de cachemira, y botín marrón; su maletín para el ordenador y los documentos que necesitaba.
Salió al rellano de su casa y se dirigió al ascensor; llamó varias veces antes de darse cuenta que estaba estropeado.
– ¡Menuda forma de empezar el día!- dijo en voz alta aunque nadie la escuchaba. – menos mal que vivo en un tercero.

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La canción, su canción


La melodía de aquella canción hacía que unas lágrimas recorrieran su rostro y era algo que no podía evitar. Con lo que siempre le había gustado, con lo bonita que era y ahora era incapaz de escucharla.
Sólo cuando fortuitamente la ponían en la radio, o algún músico callejero la interpretaba, hacía tripas corazón ya que no le quedaba otra.
Aquella canción le recordaba a él; al día en que aquella conversación, ella se la dio a conocer, y él después de escucharla, dijo que aquella letra significaba mucho y que decía muchas verdades; también al día que rompiendo su miedo y vergüenza se grabó bailando una parte de la que era su canción y le envió el vídeo….y a todo lo vivido.
¿Por qué tuvo que acabar aquello tan maravilloso?¿Por qué no conseguía olvidar y dejar de sentir? Había tantos por qué….
Y cada día luchaba contra sus sentimientos.
Una llamada de su amiga la sacó de ese momento dulce y amargo a la vez y la devolvió a la realidad.
-Hola, ¿qué haces? – se oyó al otro lado del teléfono.
-Voy de camino a casa – contestó con la voz aún emocionada.
– Vaya voz llevas, cuéntame qué pasa.
– Nada tranquila, he oído la canción y ya sabes lo que me pasa. Y sí, ya sé que tengo que olvidar, pero eres consciente que cada vez que lo intento algo ocurre y no lo consigo…
– Vale, te perdono con una condición -dijo su amiga al otro lado- vente ahora mismo a la playa y tómate algo conmigo. Y no valen excusas…. Ahora te mando la ubicación.
– Si te pones así – y sonrió un poco – Tardo una media hora.
– Te quiero bonita.
– I love you.
Colgó y continuó el camino a casa.
– A tomar algo ahora, con las pocas ganas que tengo.- pensaba- Lo he prometido y no le puedo fallar, siempre me ha apoyado y ayudado.
Y con sus divagaciones llegó a casa.
Subió y cogió algo de abrigo y las llaves del coche. Bajó al garaje y puso el coche en marcha, preparó en el móvil la ubicación y puso rumbo a ver a su amiga.
A las 6 de la tarde no había mucho tráfico; así que llegaría bien y podrían hablar hasta que quisiesen. Salvo del tema sentimental, ese estaba prohibido hoy.
Cuando llegaba al lugar donde habían quedado mandó un audio diciendo que en 5 minutos llegaba.
Aquella zona de la playa la conocía a la perfección, había pasado ratos allí con él; y esa pasarela de madera… Uf! Cómo olvidar aquella noche de verano, sentados en la arena mirando las estrellas y el mar. Él la abrazaba y podía oír como latía su corazón…
La tristeza se volvió a apoderar de ella aunque no quisiese.
– Tengo que ser fuerte, yo puedo- se repetía una y otra vez mientras cruzaba el paseo para dirigirse a la orilla.
Empezó a andar evitando pensar en los recuerdos y buscando a su amiga. Miraba por la orilla y no la veía. Y se preguntaba donde estaría. Su teléfono vibró y leyó un mensaje: «Llego enseguida, estoy cogiendo algo del coche. Espérame ahí».
– ¡Qué remedio!- pensó.- Espero que no tarde, no quiero pensar demasiado.
Y se sentó a mirar como las olas rompían en la orilla de la playa, mientras respiraba tranquilamente.
No había mucha gente paseando, un grupo sentados unos metros más allá que conversaban animadamente, alguna pareja paseando y los que hacían algo de deporte.
El sol iba bajando y su sombra alargada casi tocaba el agua.
Las maderas de la pasarela sonaban con unos pasos que se acercaban, ya había llegado su amiga; algo más escuchó y se quedó completamente quieta y en silencio; oía la melodía de aquella canción, qué se iba acercando cómo los pasos.
Cerró los ojos y las lágrimas comenzaron a brotar de ellos.
Su amiga se sentó tras ella y la abrazó. Seguía con los ojos cerrados y notó un olor que conocía a la perfección…. Y un abrazo distinto…. Y una voz que en su oído cantaba la letra de la canción.
Su corazón empezó a latir, y más lágrimas inundaron sus ojos.
Era él.
Se levantó y se arrodilló delante de ella que abrió los ojos para encontrarse con los suyos, que la miraban de esa manera que sólo él sabía. Muy dulcemente le quitó las lágrimas de los ojos y le besó la frente.
Le cogió las manos y mirándola a los ojos, recitó aquella frase de la canción…
– Quiero que camines el resto del viaje de la vida conmigo- dijo a continuación- nunca más me voy a separar de tí. Sé que lo has pasado mal por mí culpa, y sé que puede que no quieras volver a intentarlo aún, o que te haya perdido para siempre. Tenía claro que lo iba a intentar de todos modos, porque sé que por tí todo vale la pena.
Ella temblaba, y lo miraba. Su cabeza le repetía lo mal que aún lo estaba pasando. Pero su corazón gritaba con toda la fuerza que podía…. Y sus ojos también hablaban y muy claro.
Él con ternura acarició su rostro desde la sien hasta la barbilla, para luego recorrer sus labios con un dedo. Se acercó muy despacio, tanto que cada uno notaba la respiración del otro pero sin llegar a tocarla. Esperó la respuesta de ella, que no se hizo esperar y rozó sus labios. Se besaron mientras unían sus manos, para luego fundirse en un abrazo de esos en los que las almas se tocan.
Y se prometieron caminar juntos lo que les quedaba de vida.

Y con sus divagaciones llegó a casa.
Subió y cogió algo de abrigo y las llaves del coche. Bajó al garaje y puso el coche en marcha, preparó en el móvil la ubicación y puso rumbo a ver a su amiga.
A las 6 de la tarde no había mucho tráfico; así que llegaría bien y podrían hablar hasta que quisiesen. Salvo del tema sentimental, ese estaba prohibido hoy.

Conjunto El Rincón de Rouse Instagram.

Fotografía Akikio.chan Instagram


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La Pastelería

Cada miércoles y viernes acudía allí. A su rincón secreto, a su zona de paz, de inspiración y evasión.
Era una pastelería pequeña, donde casi todo el mundo iba de paso. Tenía apenas seis mesas, y una de ellas estaba medio oculta tras una columna y una planta colgante.
Aquella pastelería la descubrió una tarde dando un paseo, un día de esos en los que necesitaba pensar en todo y nada a la vez. Entró por casualidad y pudo encontrar un sitio muy agradable y donde los dueños ofrecían un trato muy familiar. Le gustaba la decoración que habían utilizado: colores suaves en las paredes con fotos de parajes naturales, mesas redondas estilo parisino y en lugar de sillas, unas pequeñas y cómodas butacas; manteles de tela de varios colores y una flor natural en cada mesa que cambiaban a diario. Y desde ese mismo momento decidio ir allí a refugiarse.
Tenían una amplia variedad de cafés y tes, así que podía variar todo lo que necesitase; además de bollería casera y otras piezas saladas.
Y lo que más le gustaba su mesa favorita, la oculta a la vista.
Esa semana había sido dura y deseaba que llegase el viernes para poder pasar allí la tarde, sin prisa por tener que madrugar al día siguiente. Aprovecharía al máximo su tiempo libre.
Llegó a casa y se cambió de ropa. Se quitó la ropa formal de trabajo, los pantalones de corte recto, la camisa blanca abotonada y los zapatos de salón. Escogió unos vaqueros y unas zapatillas casual; una camiseta básica y una chaqueta de punto por si refrescaba por la tarde. Se sujetó el pelo con una pinza y metió el portátil que tenía cargando en su bolso. Guardó también algo de dinero y la documentación.
Puso el móvil en el bolsillo trasero del vaquero y repasó mentalmente para no dejarse nada.
Salió de casa evitando dar un portazo fuerte, bajó por la escalera y emprendió el rumbo a la pastelería.
Aunque a veces se ponía cascos para ir por la calle, prefería escuchar los sonidos de la calle: los niños jugando, los árboles moviendo sus ramas, los pájaros con sus cantos, e incluso el tráfico. Todo ello le hacía sentirse parte del mundo, aunque sólo fuese una pequeña parte de él.
Llegó a la pastelería y entró. Saludó muy sonriente a los dueños y pensando en que iba a tomar, se dirigió a su mesa.
Mientras recorría los escasos metros que le quedaban, iba abriendo la cremallera para sacar el portátil y al llegar a la mesa paró de repente.
Y allí estaba él.
No le conocía de nada, nunca le había visto; pero al mirarle a los ojos tuvo la sensación de conocerle toda la vida.
– Eh…. Hola- musitó ella con voz un poco tímida.
– Buenas tardes- contestó el con voz profunda.
– Vaya, no esperaba encontrar a nadie sentado, ya que la que suele estar ahí sentada soy yo -y sonrió con dulzura.
– Me ha aparecido un rincón muy tranquilo y he querido aprovecharlo -contestó él con otra sonrisa- pero me levanto y me cambio.
– Bueno, me sabe mal tú has llegado antes.
– Y, ¿Si te sientas conmigo? Sé que no nos conocemos, aunque algo dentro de mí me dice que sí que te conozco.
Ella se sonrojó y contestó: – Esa misma sensación he tenido yo- Y apartando la silla se sentó con él, mientras se presentaba.
Una sensación que no sabía muy bien como explicar, iba creciendo en su interior mientras lo escuchaba hablar, mientras miraba a esos ojos tranquilos, mientras su cabeza no dejaba de pensar.
Acabaron el primer café y pasaron a un segundo; estaban tan a gusto juntos que ninguno tenía intención de marcharse. Vieron que podían hablar de cualquier cosa, desde viajes, experiencias, sueños, futuro y que tenían muchos puntos en común.
¿ Cómo es posible que no se hubiesen conocido antes? Porque todo ocurre en el momento preciso y exacto, y ese momento les había llegado.
– Vamos a cerrar en breve, -escucharon los dos. Se miraron a los ojos y sonrieron.
– No me he enterado de la hora – comentó él.
– Ni yo tampoco – añadió ella con una sonrisa traviesa.
Se levantaron y se dirigieron a la calle. Empezaron a andar sin destino, y a pesar de que era hora punta, se sentían como si sólo estuviesen ellos en la calle. No existía nada más.
– Estoy tan agusto contigo, nunca antes me había pasado nada igual. Si no te importa te acompaño  un poco hacia tu casa que empieza a ser tarde. La tarde ha sido maravillosa, y si te apetece tanto cómo a mí, me gustaría repetir.
– Claro, -respondió ella- me encantaría repetir. Mismo sitio el viernes próximo?
Vamos hacia esa calle que está muy cerca de mi casa y allí nos despedimos. También he estado muy bien contigo.
Se dirigieron hacia la calle, y en la esquina donde había una floristería pararon.
– Bueno, este es el fin por hoy.
– Si, por hoy; y gracias por acompañarme este trozo.
– La verdad es que no quisiera que acabase la tarde y ya estoy deseando que llegue la semana próxima. Había pensado en darnos el teléfono, luego he decidido que es mejor que no; confío en que el viernes próximo aparecerás y si ese día es como hoy, y siempre y cuando tú quieras, nos damos los teléfonos para poder hablar todos y cada uno de los días.
– Me gusta tú idea, y creo que la semana se me va a hacer muy larga – dijo ella mientras sonreía y arrugaba la nariz.
Él se acercó a su cara, y le dio un beso muy dulce en la mejilla derecha, muy pegado a la comisura de sus labios. Suspiró y empezó a caminar hacia atrás sin dejar de mirarla mientras ella sonreía como una niña.

Llegó a casa y se cambió de ropa. Se quitó la ropa formal de trabajo, los pantalones de corte recto, la camisa blanca abotonada y los zapatos de salón. Escogió unos vaqueros y unas zapatillas casual; una camiseta básica y una chaqueta de punto por si refrescaba por la tarde. Se sujetó el pelo con una pinza y metió el portátil que tenía cargando en su bolso. Guardó también algo de dinero y la documentación.
Puso el móvil en el bolsillo trasero del vaquero y repasó mentalmente para no dejarse nada.
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Mis inicios

Esta locura empieza con una anécdota que escribí tras una llamada de mi padre. Aunque en otras ocasiones había hecho mis pinitos con microrrelatos y relatos más largos, nunca me había planteado la posibilidad de ir más allá y dejar que alguien lo leyese. Y en esa ocasión lo hice.
La respuesta fue clara y parece que no se me da mal lo de soñar y transmitir.

Gracias a todos los que han creído en mi desde el minuto cero y no han dejado de apoyarme en mis proyectos por muy descabellados que fuesen.

Gracias a mis primeras lectoras: Amparo M., Celeste M., Ester A., M Ángeles N., M Ángeles O.

A Gregorio Muelas «La biblioteca de Gregorovius» y a Bego Vidal @DeLibreraaTuitera por las correcciones, críticas e ideas que me han dado.

«Segunda Regla de la Buena Suerte»

«Muchos son los que quieren tener Buena Suerte, pero pocos los que deciden ir a por ella.»