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Un sueño…


– Aún le importas…. – le dijo su amiga cuando lo vio aquel día.
Llevaba un tiempo queriendo decírselo. No sabía si era consciente de esa realidad.
Él permaneció en silencio.
– Desconozco qué te pasa, qué sientes. Quizás tienes miedo y piensas que ella te ha olvidado. Por eso te cuento cómo están las cosas, por si te sirve para algo. Y si necesitas que te ayude, cuenta conmigo.
Aquel día, ella empezaba sus vacaciones. Se había propuesto hacer un viaje, ordenar en casa, ver a la gente que le importaba. Pero no ese primer día. Tocaba relax.
Se permitió el lujo de desconectar el despertador y levantarse cuando quisiese. Iría a hacer la compra y por la tarde dar una vuelta con su amiga, sin hora prevista de volver. ¡Para eso están las vacaciones!
La temperatura era buena en marzo y apetecía notar los rayos del sol. Por eso decidieron quedar a primera hora de la tarde. Lugar: el centro. Lleno de terrazas donde tomar algo y de parques donde sentarse a hablar tranquilamente, cómo el del Parterre, con aquel magnífico ficus centenario.
La tarde empezaba a caer y tenía ganas de llegar a casa, pero cada vez que lo intentaba, su amiga encontraba una excusa para evitar que se fuese. Al final lo consiguió, no sin antes parar a comprar una botella de vino, para la cena improvisada que habían organizado al día siguiente; y accediendo a que la acompañase de vuelta.
Llegaron por fin a casa. Su amiga le dijo que subía con ella y se marchaba.
Dió las 4 vueltas de la cerradura de casa y abrió la puerta.
Enseguida notó el olor a incienso que salía de la casa, una tenue luz del salón y algo de música tranquila. Un poco asustada e intrigada miró a su amiga que le dedicó una sonrisa pícara a la vez que serena. Le guiñó un ojo, le dió un fuerte abrazo y le dijo susurrando en su oído:
– Tu deseo se ha hecho realidad, te lo mereces. Disfrútalo.
Y se fue.
Cerró la puerta de casa. Dejó la mochila y la chaqueta en la entrada y se dirigió al salón, pensando en cómo y cuándo habían organizado todo. ¡Qué más daba, con una sorpresa como esa!
Asomó la cabeza por la puerta y allí lo vio sentado, un poco nervioso mirándola.
Enseguida sus ojos se desviaron al suelo. ¡No podía creer lo que allí veía! Empezaba a entender todo lo que había pasado aquella tarde.
La alfombra estaba completamente rodeada de pequeñas velas que con sus llamas alumbraban aquella habitación. En una esquina una lámpara de cristales de inspiración árabe que completaba la iluminación.
A un lado de la alfombra, almohadones. Al otro dos copas de vino.
Él se levantó en silencio y cogiéndole la mano la guió al centro de la alfombra, con mucho cuidado para que las velas no se apagasen.
Sólo se escuchaba la música, ya que ellos utilizaban otro lenguaje.
La abrazó con intensidad, la besó con pasión, la miró con ternura. Ella le respondió con la misma intensidad, la misma pasión y ternura.
Abrazados, bailaron al ritmo de la música que sonaba de fondo.
En silencio se miraron y besaron. En silencio se desvistieron.
Para amarse de nuevo, sobre aquella alfombra y bajo la tenue luz de las velas.

La alfombra estaba completamente rodeada de pequeñas velas que con sus llamas alumbraban aquella habitación. En una esquina una lámpara de cristales de inspiración árabe que completaba la iluminación.
A un lado de la alfombra, almohadones. Al otro dos copas de vino.

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La primera vez

Dedicado a todos los que me han pedido un relato menos romántico.

Estaba nerviosa, había pensado tantas veces como sería, que ahora que el momento había llegado tenía todo tipo de dudas; y eso que no era su primera vez.
Pero si lo era con él.
Había tenido otras primeras experiencias, aunque esta le ponía especialmente nerviosa. Y no era miedo porque no resultase cómo esperaba, si no por su estado emocional.
¿Qué tenía ese chico para hacerla sentir así?
Recordaba los primeros besos y cómo sus sentimientos y el deseo habían ido cambiando durante ese tiempo.
También recordaba esa primera vez, que rozó la piel de su vientre y cómo la acariciaba con miedo de que ella no fuese real. Y cómo las caricias se fueron haciendo más y más intensas. Y el deseo de sentir piel con piel la consumía.
Hasta ahora siempre se habían visto en espacios abiertos o por la calle, con lo que se habían visto limitados a la hora de expresar su pasión.
Esa mañana habían quedado en su casa para estar más tranquilos y dejarse llevar por todo lo que sentían. Y los dos eran conscientes de lo que iba a suponer. Por eso estaba nerviosa.
Arregló un poco la casa y se preparó para su cita: la ducha, el gel de olor sensual, la crema, el perfume.
La lencería, un pantalón, una camisa…
Y su actitud.
Sonó el timbre de la calle.
Era él.
Oyó el ascensor y abrió la puerta.
No pudo ni decir buenos días.
Se acercó y comenzó a besarla despacio pero con decisión. La iba guiando hacia atrás mientras sus manos la sujetaban por la cintura.
Ella cerró la puerta de la calle como pudo, ya que no dejaban de besarse.
Llegaron a una de la paredes del pasillo donde la espalda de ella quedó pegada. Él cogió sus manos por las muñecas y las elevó todo lo que pudo. Una de sus manos, bajó recorriendo el brazo de ella, la cara, el cuello. Paró en los botones de su camisa que empezó a desabrochar con mucho cuidado. Y dejó sus manos libres para poder hacerlo mejor.
Ella lo cogió de la mano y entre beso y beso y miradas ardientes llenas de deseo lo llevó hasta su habitación.
Una luz tenue la alumbraba. La suficiente para poder mirarse a los ojos. La suficiente para admirarse desnudos.
Él continúo desabrochando los botones de su camisa, mientras ella lo descamisaba y acariciaba su espalda muy suavemente con las yemas de sus dedos.
La camisa quedó abierta y la dejó caer al suelo;  mientras, él se quitaba su jersey. Luego fueron los pantalones de ambos. Él se sentó en la cama a mirarla a ella. Su expresión lo decía todo. ¿Cómo era posible que fuera tan bonita?
Ella se empezó a quitar la ropa interior mientras él quitaba la suya. Se acercó andando muy despacio hacia la cama y se sentó a su lado.
Él acarició muy despacio su brazo y comenzó a besar su cuello bajando dulcemente hacia el pecho. Ella se reclinó en la cama y lo acercó a él a su lado, facilitando que con sus manos recorriese todas y cada una de las partes de su cuerpo.
Volvió a mirarla, a acariciar su rostro y a besarla mientras se abrazaban.
Ella giró sobre sí misma y quedó encima de él.
El cuerpo le ardía, el corazón lo tenía descontrolado… Poco a poco se fue acercando más a él… Hasta que se convirtieron en uno.
El silencio fue roto por respiraciones fuertes y sonidos llenos de pasión.
Ella apoyaba sus manos en el pecho de él, mientras movía su cadera suavemente. Él se incorporó y una vez sentado la abrazó para sentir su piel y su calor, e intentar estar más unido a ella si era posible. Luego fue ella la que quedó tumbada y con la espalda arqueada de tanto placer, mientras unían sus manos. Se movían rápido, luego lento, primero uno, luego los dos. Con caricias, con besos; con deseo y con amor.
Podían perder la noción del tiempo y así lo hicieron hasta que el cansancio hizo que se durmieran abrazados después de su primera vez.

Él cogió sus manos por las muñecas y las elevó todo lo que pudo. Una de sus manos, bajó recorriendo el brazo de ella, la cara, el cuello. Paró en los botones de su camisa que empezó a desabrochar con mucho cuidado. Y dejó sus manos libres para poder hacerlo mejor.
Ella lo cogió de la mano y entre beso y beso y miradas ardientes llenas de deseo lo llevó hasta su habitación.