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La chica desconocida

Se fijó en aquella chica un viernes unas semanas atrás, cuando cansado y saturado del trabajo decidió respirar aire puro y abrió la ventana de la oficina. Entre toda la gente que caminaba por la calle, Ella, tan sencilla, tan natural, tan…. distinta. La observó mientras recorría la calle por la acera enfrente de su oficina situada en un primer piso. Aquel día desconectó del mundo y conectó con ella.

La semana siguiente transcurrió con normalidad, incluso el viernes era normal, libre del estrés de la semana anterior. En un momento, algo dentro de su cabeza cobró vida, un recuerdo, una sensación: Ella, la chica de la anterior semana. Lo normal era no volver a verla, fue sólo ese momento. Pero ¿Y si volvía a pasar por allí de nuevo? Lo tenía que probar, tampoco perdía nada.

Intentó recordar la hora a la que se había asomado, serían sobre las 5 cuando se asomó y ahora eran las 3. Tenía 2 horas por delante, que se le hicieron eternas, aunque no se quería reconocer a si mismo el por qué. Unos minutos antes de la hora, decidió asomarse. – Por si acaso-, pensó.

Curioseaba a las personas que pasaba por allí. Miraba atentamente, no quería despistarse y no verla. La gente continuaba caminando en ambos sentidos. No sabía cuánto tiempo había pasado. Estaba apunto de cerrar la ventana cuando la vio. Ahí estaba de nuevo. Esta vez se fijó en más detalles: su melena recogida con una pinza, su cuerpo pequeño pero proporcionado, su manera de andar, su forma de vestir.

Las semanas siguientes siguió con su ritual. Con sus ganas de asomarse para poder ver a la chica desconocida. Cada vez quería saber más de ella y fantaseaba con la posibilidad de conocerla. Pero, ¿Cómo se iba a acercar? No podía bajar a la calle, decirle que llevaba varias semanas observándola, quedaría como un obseso o un psicópata. Él no era nada de eso. Nunca antes había espiado a nadie. Simplemente sabía que quería conocerla e iba a pensar cómo. Debía perfilar un buen plan para el cual necesitaría dos o tres semanas. No le importaba.

Llegó de nuevo el viernes y empezó a poner su idea en práctica. Sabía la hora a la que pasaba, que giraba en la siguiente esquina, la que tenía una barbería. Después de eso, lo desconocía. Ese día él estaría allí, para así intentar averiguar la siguiente parte del recorrido que hacía.

Conforme se acercaba la hora se puso nervioso. Era consciente que iba a estar más cerca de ella. La iba a poder ver te frente y estando a la misma altura. Debía evitar mirarla mucho aunque no sabía si lo podría conseguir.

Sacó su teléfono, para intentar disimular. Estaba parado en la esquina, de perfil, apoyado en un árbol y mirando al final de la calle, cuando la vio acercarse. Ella, venía por la calle y miraba con ternura un perro enganchado en la puerta de un comercio. Rápidamente volvió a mirar al frente. No sabía qué hacer. La chica desconocida estaba cada vez más cerca.

Giró la esquina y continuó por la misma acera.Tras alejarse unos pasos, decidió ver hasta dónde iba. Mientras caminaba tras sus pasos, la cabeza luchaba entre la locura y el sentido común.
– ¿Cómo te pones a seguir a una chica a la que llevas observando varias semanas?- decía el Sentido Común.
– No estás haciendo nada malo. Te impactó y te gustaría conocerla. – replicaba la Locura.

Una manzana más allá y en la misma calle, se paró y entró en algún lugar. Esa zona no la conocía. Desconocía lo que allí había. Siguió andando para averiguarlo. Cuando pasó por delante, vio una especie de cafetería Se notaba que era un negocio familiar, muy bien cuidado y con una buena variedad de tes y cafés, además del olor a bollería recién horneada. Le pareció un sitio acogedor. Pero, ¿Dónde estaba ella? Se le ocurrió pensar que quizás trabajaba allí y se estaría cambiando. Eso lo averiguaría la semana siguiente, ese día ya se daba por satisfecho.

La semana se le hizo eterna, y tal y como dice el dicho: El que espera desespera.

Hay otro dicho que dice: todo pasa y todo llega. Así que un nuevo viernes llegó. Ese día no iba a bajar a la calle. Acudiría directamente donde ella estaba, eso sí con un tiempo de margen para darle tiempo a cambiarse y empezar su jornada de trabajo. Se haría cliente habitual y así semana tras semana cogería confianza con ella. Valoraría si existía conexión entre ellos, ya que él no era un hombre de emociones.

Salió de su oficina y emprendió el camino tranquilamente, mientras pensaba todas las posibilidades de aquel encuentro. Unos metros antes paró. Respiró hondo. Se acomodó la ropa y se arregló un poco el pelo con las manos. Entró.

Era un lugar pequeño, pero con encanto. Tras el mostrador había una mujer mayor de aspecto amable. Ni rastro de la chica. Por unos instantes pensó en salir, pero la mezcla del olor entre café y bollería era tan bueno qué se tomaría algo ya que las circunstancias le habían llevado hasta allí. Pidió un café y se sentó en una butaca muy cómoda. Mientras esperaba a que le sirvieran ojeó el interior del local. Las pocas mesas que habían estaban ocupadas y no le extrañaba. Aquel lugar tenía encanto. En una de las mesas vio sentada a la chica. Entendió por qué no la había visto desde fuera y supo que hacer el último día de su plan.

Ese viernes llegó antes que ella y se sentó en la misma mesa en la que ella lo hizo la última semana. Miró a su alrededor. La decoración que habían utilizado: colores suaves en las paredes con fotos de parajes naturales, mesas redondas estilo parisino y en lugar de sillas, unas pequeñas y cómodas butacas; manteles de tela de varios colores y una flor natural en cada mesa que cambiaban a diario. Y una mesa oculta a la vista.

Él vio cómo la chica recorría los escasos metros que le quedaban hasta la mesa mientras iba abriendo una cremallera para sacar algo de su bolsa. Al llegar a la mesa paró de repente. Ambos se miraron y tuvo la sensación de conocerla toda la vida.

– Eh…. Hola- musitó ella con voz un poco tímida.
– Buenas tardes- contestó él con voz profunda.
– Vaya, no esperaba encontrar a nadie sentado, ya que la que suele estar ahí sentada soy yo -y sonrió con dulzura.
– Me ha aparecido un rincón muy tranquilo y he querido aprovecharlo -contestó él con otra sonrisa- pero me levanto y me cambio.
– Bueno, me sabe mal tú has llegado antes.
– Y, ¿Si te sientas conmigo? Sé que no nos conocemos, aunque algo dentro de mí me dice que sí que te conozco.
Ella se sonrojó y contestó: – Esa misma sensación he tenido yo- Y apartando la silla se sentó con él, mientras se presentaba.

Así se conocieron en La Pastelería.

La decoración que habían utilizado: colores suaves en las paredes con fotos de parajes naturales, mesas redondas estilo parisino y en lugar de sillas, unas pequeñas y cómodas butacas; manteles de tela de varios colores y una flor natural en cada mesa que cambiaban a diario. Y una mesa oculta a la vista.


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La Pastelería 2

Hacia un tiempo que había dejado de esperar, ya no creia en el amor, en las historias bonitas ni en las personas especiales. Eso sólo pasaba en el cine, en la TV y en las novelas que había dejado de ver y leer. Nunca en la vida real.

Todo eso del destino le parecía ahora una bobada, a pesar de lo que había ocurrido la semana anterior. De su encuentro del viernes con aquel chico tan… No lo iba a catalogar, por todas las decepciones que había experimentado. Incluso pasados los dias y fríamente, se planteaba si acudiría al encuentro. Desde la distancia todo lo veía y sentía diferente. Dudaba de la magia.

Por eso conforme se acercaba el viernes le daba más y más vueltas a qué iba a hacer. ¿No ir? Y no tener su viernes, ya fuese sola o acompañada en su rincón especial. Quizás aquello pasó en un universo paralelo y no lo volvería a ver, inventó para ponerse una coraza. También podía ir y ojear desde fuera si aquel chico acudía…. El podría estar en la misma situación que ella. ¡Nooo! Ella era decidida. Iría y le daría otra oportunidad a lo que tuviese que pasar. Tampoco pondría ninguna etiqueta.

Y el viernes llegó. Como cualquier otro se preparó. Eligió ropa cómoda, algo que le hiciese sentir bien, sin que pareciese que iba a una especie de cita. Y en lugar de su portátil, un libro que hacía poco le habían dejado, y que daba la casualidad que hablaba de la «magia» entre las personas. Era su comodín, por si aquel día pasaba a ser uno más.

Salió de casa un poco apurada por la hora. Así con prisa no pensaría demasiado en aquella tarde, en aquel encuentro, en aquel chico. No escucharía música por si alguna canción alteraba su estado de ánimo, que era una mezcla entre nervios huyendo del miedo, dudas de la mano de la intriga, ilusión intentando saltar barreras… Vamos un cóctel de emociones del que podía salir cualquier sentimiento.

Llegó a la puerta de la pastelería y allí no había nadie. Una sensación de alivio la inundó y respiró con fuerza soltando el aire que retenía en sus pulmones desde hacía unos segundos. Así se evitaba otro mal trago, ya que lo de aquel chico le había parecido demasiado ¿especial?
-Sin etiquetas, por favor- se dijo a sí misma. Y con el libro en la mano y pensando en el significado de la magia entró.

-¡Buenas tardes!- dijo sonriendo – Esta tarde me apetece un té verde y…
-¡Buenas tardes!- dijo una voz que salía de su rincón- ¿Pides sin mi?
-¡Oh! –  giró la cabeza hacia la voz y se quedó en silencio sin saber que decir – Al no verte en la puerta pensaba que no habías venido – añadió un poco apurada.
-Quedamos mismo sitio y hora… – sonrió él tranquilamente – y fue en aquel rincón- dijo señalando hacia la columna.

Ella sonrió discretamente y ambos pidieron antes de sentarse  en aquella mesa, que en aquella ocasión tenía un mantel a rayas rojas y blancas y como flor del día margaritas blancas.

La conversación que empezaron fue tan natural como la primera vez. La tranquilidad que le transmitía, hacia que su mente se quedase en blanco y que el pasado quedase en el olvido y el futuro no importase demasiado. Sólo importaba ese momento. Escuchaba atentamente cómo había ido su semana y la mezcla de sensaciones que había tenido conforme se acercaba el viernes. El hecho que él le contase con total naturalidad todo lo que había pensado con respecto al encuentro del viernes y que había incluido en su rutina le hizo sonreír y no sentirse tan rara y negativa. Ella empezó a detallarle su semana y también reconoció el comecocos que había tenido. Y sin dejar de sonreír le guiñó un ojo.

El tiempo pasó rápido y sin darse cuenta, entre anécdotas cotidianas, proyectos para la semana próxima, comidas, aficiones, música…  Hablaron de tantos temas, era tan fácil y agradable la conversación, que cuando escucharon de nuevo que iban a cerrar la pastelería, se rieron a carcajadas mientras se miraban.

– De nuevo ha volado el tiempo, ya me dirás cómo haces esa magia- dijo él.
– Magia, ¿crees en la magia? – dijo ella con gesto de sorpresa y sin dejar de sonreír. Aquella palabra volvía a aparecer en su vida.
– Creo en muchas cosas, pero eso lo dejo para otro día. ¿Te parece?
– Me parece…. -hizo una pequeña pausa para   darle emoción al momento- BIEN. Mismo sitio, el viernes próximo, ¿no? Y ahora ya sé que  será dentro – recordó avergonzada.
– Por esta vez te lo perdono- bromeó él.

Caminaron por la calle dirección a casa de ella como hacía una semana habían hecho. La charla continuaba; daba igual que hablasen del tiempo, de las fincas, del tráfico o de lo que surgiese, ya que aunque no estuviesen de acuerdo en algo escuchaban los motivos del otro. Llegaron a la esquina de la floristería, la de la despedida.

– Aquí estamos otra vez.- dijo ella mientras le miraba- Me alegro de haber venido al final.
– Decisión acertada, la verdad – añadió él- Quedamos en darnos los teléfonos hoy, pero he cambiado de idea. – comentó el poniendo un gesto serio.
Ella lo miró un poco desconcertada.
– ¡No es que no lo quiera! -dijo rápidamente y con sonrisa pícara- quiero que la magia se prolongue una semana más.
– Magia – repitió ella- bonita palabra.

Se despidieron con otro beso dulce en la mejilla, cerca de la comisura de los labios y emprendió, de nuevo, su marcha mientras caminaba hacia atrás y la miraba sonreír.

Por eso conforme se acercaba el viernes le daba más y más vueltas a qué iba a hacer. ¿No ir? Y no tener su viernes, ya fuese sola o acompañada en su rincón especial. Quizás aquello pasó en un universo paralelo y no lo volvería a ver, inventó para ponerse una coraza. También podía ir y ojear desde fuera si aquel chico acudía…. El podría estar en la misma situación que ella. ¡Nooo! Ella era decidida. Iría y le daría otra oportunidad a lo que tuviese que pasar. Tampoco pondría ninguna etiqueta.

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El Talisman


Un regalo.
Ella siempre había creído en las historias bonitas, en la conexión de las personas, en que todo sucede por algo y en el preciso momento que tiene que ocurrir.
También creia en todos los tipos de amor: en el propio, el de familia, amistad, a la vida… y pareja.

Tenía casi todos.
Vivía su vida sin uno de ellos. Sin pareja. Era lo que le tocaba experimentar, era una lección, un proceso, una etapa; y aunque disfrutaba de cada uno de los amores que tenía, aunque estaba bien, algunas veces echaba en falta ese alguien con quien compartir momentos y experiencias, un refugio, un «pecado»… Había veces que su cuerpo y su alma le pedían un beso, un abrazo, una caricia o una mirada. Deseaba sentir algo distinto.

Un lunes, alguien especial en quien ella confiaba mucho, una de esas personas que tienen «magia», le entregó un pequeño envoltorio. Con mucha ilusión por el detalle, y sacando a su niña interior lo abrió: dentro encontró un pequeño talismán. Su forma era cuadrada y en uno de sus lados tenía un cordel de rafia para poder sujetarlo al cuello y un trébol de cuatro hojas plateado. El colgante era transparente, de resina y en su interior se podía ver una llave, una hoja de una planta y una pequeña gema.
– Toma -le dijo- es para ti.
– Me gusta mucho -contestó ella.
– Te explico. Es del amor incondicional por eso lleva la llave para abrir caminos y el trébol para la suerte. Lo que acompaña a la lleve son amatista y brezo rosa.
Y le explicó lo que debía saber acerca del talismán.

Aquel día se lo puso, al día siguiente también, pero al tercero se lo quitó. No sabía el porque, se sentía incómoda. Así que lo dejó a la vista al lado de su joyero. Ahí lo veía todos los días, ahí se quedaba todos los días. Algunos estaba tentada de cogerlo. Al final no lo hacía. Pasaron las semanas, algún mes, y un día sin más decidió cogerlo, aunque no se lo puso. Lo guardó en un bolsillo de su chaqueta, sin verlo, sólo sabiendo que lo llevaba encima. Algunas veces metía la mano para buscarlo y saber que allí seguía, otras en cambio, no le hacía caso.

Un cambio.
Ella estaba en medio de un periodo de transición entre lo que había sido y en quién se iba a convertir. Todo lo que le había pasado le había hecho darse cuenta de tantas cosas… unas buenas, otras no. También de quiénes eran los que de verdad querían estar en su vida de una manera u otra, ya que en los momentos difíciles es cuando conocemos a las personas.

Había llegado el momento de hacer cambios importantes y tomar decisiones difíciles y dolorosas. Ella era la que más se necesitaba en ese momento. Se iba a dar prioridad.
Debía pelear por lo todo aquello que se le había negado, debía demostrarse que había superado sus miedos y que no se iba a rendir.
Y debía cerrar historias.

Con un nudo en el estómago y el corazón encogido, decidió guardar en una caja todo lo que a él le recordaba. La escondería en el fondo del altillo que menos utilizaba, aquel que abría una vez al año; el tiempo suficiente para aprender a vivir de nuevo y para recordar sin dolor, ya que sabía que nunca le iba a olvidar. Lo hizo rápido sin fijarse en lo que iba guardando y así evitar la tristeza que le causaba.

Acercó un taburete al armario, abrió las puertas superiores y sacó algunas cajas que había. Puso la de él en el fondo y delante volvió a colocar las que había. Así sería difícil acceder y evitaría la tentación. Cerró las puertas, bajó y dejó el taburete en la esquina. Miró el armario cerrado y respiró hondo. Historia cerrada.

Todo se une: talismán y cambio.
Llegó un nuevo día y con él una nueva sensación. Se preparó para su día: almuerzo, bolso y todo lo que iba a necesitar. Se vistió y terminó de arreglar. Ya estaba lista. Se puso un poco de su perfume y por último el colgante, aunque esta vez no iba en el bolsillo de su chaqueta. Se colocó su talismán en el cuello.

Las casualidades de la vida hicieron que aquel mismo día se lo encontrará. Estaba tranquila por el paso que había dado de olvidar y perdonar. Conversaron un rato en la calle y se despidieron con un abrazo.
Ella respiró contenida.
Él la miró y le dijo:
– Podríamos tomar algo un día ya que empieza el buen tiempo.
– Estaría bien – contestó muy serena a pesar de sentirse un poco nerviosa.
Él empezó a andar para irse y ella se quedó quieta mirando. Antes de girar la esquina, se volvió. Los dos se miraron y elevaron sus manos. Sendas sonrisas melancólicas aparecieron en sus labios.

Ella tocó el talismán.
Quizás era ese su momento y fuese un volver a empezar… O el último adiós.
De momento no lo sabía, tampoco lo iba a pensar más. El tiempo lo diría.
Al día siguiente el colgante volvió a su cuello. No sabía si lo podría llevar todos los días. Sólo sabía que el buen tiempo estaba por llegar.

Con mucha ilusión por el detalle, y sacando a su niña interior lo abrió: dentro encontró un pequeño talismán. Su forma era cuadrada y en uno de sus lados tenía un cordel de rafia para poder sujetarlo al cuello y un trébol de cuatro hojas plateado. El colgante era transparente, de resina y en su interior se podía ver una llave, una hoja de una planta y una pequeña gema.

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La segunda primera vez


Siempre se ha dicho que la primera vez es bonita, qué es un momento único en la vida; y es cierto, aunque también falta la experiencia, falta el conocerte y conocer a la otra persona. Y eso en lo referente a las relaciones es muy importante.
¿Te imaginas cómo podría ser una segunda primera vez? Con el aprendizaje vivido, con las experiencias, conociéndote a ti mismo y a la otra persona… Algo muy especial sin duda.

La historia entre ellos terminó. Y cada uno siguió con su día a día sin el otro. Y es que la vida no se para por nada ni por nadie.
Y lo mismo que no se detiene, nunca sabes cómo te va a sorprender.
Y, ¿Qué hizo el destino?
Los volvió a reunir.
Se encontraron por casualidad en aquel comercio.
La sorpresa y la alegría de ambos era visible ya que no sabían nada el uno del otro desde hacía un tiempo. Y el centro de un pasillo les pareció el mejor lugar para ponerse al día. Hasta que se dieron cuenta que no dejaban pasar a nadie.
Entre risas y bromas se dirigieron a pagar sus compras.
-¡Que alegría verte! -Dijo ella.
-Te doy toda la razón. -añadió él- Podríamos tomar algo un día y así me cuentas más.
-¡Claro!- ella pensó unos instantes- ¿Y si lo hacemos ahora? Voy cargada, así me ayudas con todo lo que he comprado. Improvisemos.
-Te vuelvo a dar la razón- rió él dándole un amistoso apretón de manos.
Se dirigieron a su casa y por el camino bromearon, rieron y se fueron poniendo al día. Al llegar y abrir la puerta junto a él sus pensamientos cobraron vida propia y recordó todos los momentos bonitos que habían compartido.
-¡Que lástima que aquello acabase!- pensó para ella misma – Nos complementábamos tan bien.
Tras guardar la compra se sentaron en el sofá a continuar la charla… Ella le miraba a él; él a ella y se dedicaban sonrisas.
Ella se sentía nerviosa, aunque aparentaba mucha calma. Pero tenerlo ahí tan cerca era algo que le pertubaba y bastante, ya que fue alguien muy especial.
-Me tendré que ir…. -Dijo él levantándose.
-Por supuesto, que no se te haga tarde -añadió ella.
Y lo acompañó a la entrada mientras notaba cómo su corazóno se aceleraba y los suspiros escondidos la devoraban.
– Gracias por la ayuda -le dijo mientras le daba un beso en la mejilla.
– No hace falta que me las des -dijo él mientras le devolvía el beso.
Se apartaron y ella le dio un abrazo rodeando su cuello; él la abrazó también. Pasaron los segundos y ninguno de los dos soltaba al otro.
Ella cerraba los ojos e intentaba controlar su pulso. Notaba el olor de él, notaba la respiración en su cuello…
Notó otro beso en la mejilla.
Otro beso más suave cerca de sus labios.
Él bajó sus manos sujetando la cintura de ella por detrás y acercándola más.
Ella respiró hondo y giró su cara, quedando las comisuras una al lado de la otra. Y así permanecieron en silencio durante un tiempo.
Rozaron sus labios y se empezaron a besar.
Las manos de él se deslizaron por debajo del jersey, acariciando muy suavemente su espalda. Las de ella buscaron la piel de él y lo abrazó con más fuerza.
Pararon un instante y se miraron a los ojos con la mezcla justa entre dulzura y deseo. Cogidos de la mano se dirigieron a la estancia más cercana, el salón y se pusieron de nuevo al lado del sofá.
Entre miradas cómplices y besos, ella se quitó su jersey e hizo los mismo con la camisa de él. Él recorrió con sus dedos índice y corazón el borde interno del pantalón de ella, parando en el botón, que con un gesto rápido desabrochó. Y mientras lo bajaba iba colmando de besos su vientre; ella se sujetó el pelo con las manos mientras tiraba la cabeza hacia atrás.
Él terminó de desvestirla.
Era el turno de ella.
Muy suavemente fue quitando las prendas de ropa que le quedaban; sin apartar sus ojos de los suyos ni un solo momento, dedicándole en algunas ocasiones esa mirada traviesa que sabía que le encantaba.
Desnudos se sentaron en el sillón mientras continuaban con los besos y empezaban las caricias. Él sabía muy bien cómo acariciarla, ella sabía muy bien como besarle, se conocían a la perfección y los dos querían que aquella fuese su segunda primera vez.
Muy dulcemente se inclinó sobre ella para quedarse los dos recostados sobre el sofá y así poder recorrer todo su cuerpo con sus manos ansiosas de su sedosa piel; y notar sus cálidos labios en distintas partes de su cuerpo.
Las caricias ya no eran suficiente, ambos deseaban volver a unirse al otro. Ella se tumbó y él se fue colocando muy despacio encima de ella. Poco a poco se fue acercando mientras notaban cómo la piel reaccionaba al contacto de la piel. Cómo al juntar sus vientres, sus pechos, se hipersensibilizaban y cientos de pequeños escalofríos les inundaban.
Se abrazaron con ternura.
Se volvieron a mirar a los ojos, sabiendo que tenía que hacer cada uno y se unieron. Acompasaron sus respiraciones, sus movimientos; se besaron, se abrazaron, entrelazaron sus manos intentando que aquel momento fuera eterno…
Colmados de pasión se quedaron abrazados y en silencio. No les hacía falta decir nada.
Era maravilloso volver a sentir todas esas emociones, era algo único.
Y es que la piel no miente.

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Un sueño…


– Aún le importas…. – le dijo su amiga cuando lo vio aquel día.
Llevaba un tiempo queriendo decírselo. No sabía si era consciente de esa realidad.
Él permaneció en silencio.
– Desconozco qué te pasa, qué sientes. Quizás tienes miedo y piensas que ella te ha olvidado. Por eso te cuento cómo están las cosas, por si te sirve para algo. Y si necesitas que te ayude, cuenta conmigo.
Aquel día, ella empezaba sus vacaciones. Se había propuesto hacer un viaje, ordenar en casa, ver a la gente que le importaba. Pero no ese primer día. Tocaba relax.
Se permitió el lujo de desconectar el despertador y levantarse cuando quisiese. Iría a hacer la compra y por la tarde dar una vuelta con su amiga, sin hora prevista de volver. ¡Para eso están las vacaciones!
La temperatura era buena en marzo y apetecía notar los rayos del sol. Por eso decidieron quedar a primera hora de la tarde. Lugar: el centro. Lleno de terrazas donde tomar algo y de parques donde sentarse a hablar tranquilamente, cómo el del Parterre, con aquel magnífico ficus centenario.
La tarde empezaba a caer y tenía ganas de llegar a casa, pero cada vez que lo intentaba, su amiga encontraba una excusa para evitar que se fuese. Al final lo consiguió, no sin antes parar a comprar una botella de vino, para la cena improvisada que habían organizado al día siguiente; y accediendo a que la acompañase de vuelta.
Llegaron por fin a casa. Su amiga le dijo que subía con ella y se marchaba.
Dió las 4 vueltas de la cerradura de casa y abrió la puerta.
Enseguida notó el olor a incienso que salía de la casa, una tenue luz del salón y algo de música tranquila. Un poco asustada e intrigada miró a su amiga que le dedicó una sonrisa pícara a la vez que serena. Le guiñó un ojo, le dió un fuerte abrazo y le dijo susurrando en su oído:
– Tu deseo se ha hecho realidad, te lo mereces. Disfrútalo.
Y se fue.
Cerró la puerta de casa. Dejó la mochila y la chaqueta en la entrada y se dirigió al salón, pensando en cómo y cuándo habían organizado todo. ¡Qué más daba, con una sorpresa como esa!
Asomó la cabeza por la puerta y allí lo vio sentado, un poco nervioso mirándola.
Enseguida sus ojos se desviaron al suelo. ¡No podía creer lo que allí veía! Empezaba a entender todo lo que había pasado aquella tarde.
La alfombra estaba completamente rodeada de pequeñas velas que con sus llamas alumbraban aquella habitación. En una esquina una lámpara de cristales de inspiración árabe que completaba la iluminación.
A un lado de la alfombra, almohadones. Al otro dos copas de vino.
Él se levantó en silencio y cogiéndole la mano la guió al centro de la alfombra, con mucho cuidado para que las velas no se apagasen.
Sólo se escuchaba la música, ya que ellos utilizaban otro lenguaje.
La abrazó con intensidad, la besó con pasión, la miró con ternura. Ella le respondió con la misma intensidad, la misma pasión y ternura.
Abrazados, bailaron al ritmo de la música que sonaba de fondo.
En silencio se miraron y besaron. En silencio se desvistieron.
Para amarse de nuevo, sobre aquella alfombra y bajo la tenue luz de las velas.

La alfombra estaba completamente rodeada de pequeñas velas que con sus llamas alumbraban aquella habitación. En una esquina una lámpara de cristales de inspiración árabe que completaba la iluminación.
A un lado de la alfombra, almohadones. Al otro dos copas de vino.

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Su historia 2


Cambió su rutina, cambio las calles por las que habían andado juntos. Dejó de ir a los lugares que frecuentaban.
Cambió todo lo que puedo.
Aún así el destino le jugaba malas pasadas.
Cada vez que se recomponía a si misma y decidía que era el momento de olvidar, el destino hacía que se lo cruzase en algún lugar, por raro que resultase. Cada vez que sacaba fuerzas y decidía pasar página, algo ocurría que no le dejaba avanzar; cada vez que volvía a sonreír y a ser ella, algo la desestabilizaba; lugares, circunstancias o lo que fuese que le recordaba a él.
Era como si algo externo lo impidiese, era como si el universo entero se negase a que aquella historia de amor terminase.
¿Estarían unidos por el hilo rojo del destino? ¿O todo había sido una lección de vida?
De las veces que se veían casi nunca hablaban, cruzaban alguna palabra y poco más. O sólo se lanzaban un saludo con la mano, como si fuesen simplemente dos conocidos.
Ella ocultaba sus sentimientos, y por eso no hablaba casi con él, aunque lo que más deseaba era tener las cosas claras. Pero unos meses atrás decidió dejar de intentar hablar con alguien que no quería; quizás le costase tomar algunas decisiones, pero una vez lo hacía no había nada ni nadie que le hiciese cambiar de idea.
Nunca iba a volver a decir nada, nunca en primer lugar.
Él callaba y ella no sabía muy bien por qué. ¿Porque no sentía nada?¿Porque sentía demasiado? Quizás se escondía de sus sentimientos cómo ella.
Aquella última tarde que la casualidad los encontró, la voz con la que él se había dirigido a ella era muy dulce y con algún tipo de sentimiento a pesar que no dijeron nada personal; y cómo siempre le ocurría… el mundo dejaba de existir a su alrededor incluso en esos breves instantes.
Ella en esa ocasión se había mostrado fría; y evitó prolongar la conversación. Fue incapaz de mirarle a los ojos, por miedo a bajar su barrera… ¿Y si él pensaba que ya no le importaba a ella?¿Y si su actitud lo que hacía era alejarle?¿Por qué de todo lo que ocurría? Puede que nunca lo supiese.
De momento el destino, las circunstancias o lo que fuera que fuese, la mantenían así, con una falsa ilusión y sin tener muy claro que querían decir las señales que recibía.
Pero aquel fin de semana decidió que era el momento de salir de su estado pausado y recuperar su alegría y su ilusión por crear vivencias nuevas.
Organizó junto con su amiga un día de recuperación, programado desde primera hora y hasta la noche: lo primero el almuerzo para coger fuerzas, luego un buen paseo que eso siempre va bien; por supuesto comer en una terraza con sol y por la tarde ir a comprar algo para estrenar esa misma noche en la cena.
Además de dejar cerrado el tema del corazón: no más tristeza, no más pensamientos, sólo vivir.
-Lo último- le dijo a su amiga- es el tema del cumpleaños. Está tan cerca…
-¿Qué quieres hacer?- preguntó su amiga.
-Pues no lo tengo claro, una parte de mí quiere hacerlo; la otra dice que ni se me ocurra.
-Bueno, aún tienes tiempo. Piénsalo de aquí a que llegue y ya decides- dijo mientras la abrazaba para mostrarle su apoyo.
-Sí, eso haré.
Y el día continuó.
Dejaron de hablar de ello y se rieron recordando anécdotas, mirando fotos y planeando otros días. Lo único que las ideas suelen ser traicioneras: es relajarte, bajar la guardia y los pensamientos cobran vida propia.
Se despidieron no sin antes hacer la reserva para la cena y poner una hora para estar listas. Se volvieron a abrazar y cada una emprendió el camino hacia su casa.
Y el pensamiento volvió, mientras iba por la calle  hacia su coche ignorando todo a su alrededor.
-¿Le felicito o no lo hago?- y deshojaba la margarita mentalmente.
-Sí, porque me sentiré mal si no lo hago -razonaba.
-No, porque no voy a poder decir sólo Felicidades- justificaba.
Y entre tanto si o no, llegó a su casa.
Mientras habría la puerta del garaje para guardar el coche, tomó la decisión: no lo iba a hacer. No habían motivos suficientes para hacerlo y era su último pensamiento.
Paró el motor y se dispuso a bajar las bolsas que llevaba en el maletero.
Cogió su chaqueta para buscar las llaves y algo le cayó al suelo: un protector de labios que llevaba en el bolso. Cuando se agachó a cogerlo vio algo más en el suelo.
Fijó la vista y…. ¿Cómo era posible?
El colgante de un llavero estaba ahí. Justo el que él le regaló con las llaves de su casa. Ese que no sabía dónde estaba, y que unos meses atrás se había roto. Y apareció de repente.
¿Era otra señal del destino?
Al final le felicitaría…..

Pero aquel fin de semana decidió que era el momento de salir de su estado pausado y recuperar su alegría y su ilusión por crear vivencias nuevas.
Organizó junto con su amiga un día de recuperación, programado desde primera hora y hasta la noche: lo primero el almuerzo para coger fuerzas, luego un buen paseo que eso siempre va bien; por supuesto comer en una terraza con sol y por la tarde ir a comprar algo para estrenar esa misma noche en la cena.
Además de dejar cerrado el tema del corazón: no más tristeza, no más pensamientos, sólo vivir.
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La vida te da sorpresas


Las hojas secas y cobrizas caían de los árboles con el viento, señal inequívoca de que el otoño había llegado.
Cómo si de lluvia se tratase, empezó a dar vueltas sobre sí misma con los brazos extendidos. No le importaba que la mirasen, ni que pensasen que estaba loca; simplemente era feliz.
Giraba con los ojos cerrados y una sonrisa plácida, y se centraba en escuchar el ruido de las hojas bajo sus pies.
Algo hizo que los abriera, un murmullo; cuando lo hizo vio un grupo de niños pequeños que la miraban con los ojos muy brillantes; se notaba que querían hacer lo mismo que ella. Los niños tuvieron que continuar su caminata; muchos de ellos con la cabeza girada mirándola, y ella prosiguió con su peculiar baile disfrutando la vida.
Respiraba hondo, tratando de percibir el mínimo aroma y sonido que le brindase la naturaleza y notando como el sol calentaba su rostro.
Decidió finalizar sus giros y buscar cualquier otra cosa para vivir ese momento. Y al mirar enfrente vio a un chico sentado sobre el césped que la observaba.
-¿Te importa dar alguna que otra vuelta y te hago una foto? Es muy especial lo que transmites, es felicidad. Y como fotógrafo aficionado, es difícil captar algunas sensaciones. Contigo las he visto.
– Jajaja -, rio y volvió a girar.
Cinco o seis vueltas después paró de nuevo; estaba un poco mareada y se apoyó sobre sus piernas.
– ¿Así está bien?- preguntó al chico.
– Si, perfecto. Y muchas gracias, ya que hoy en día resulta difícil que alguien se deje fotografiar por un extraño. Por cierto me llamo Hugo
– Y yo, Rouse! Encantada- dijo con una inmensa sonrisa.
Se sentó en el césped cerca del chico.
– Así que fotógrafo aficionado…. Y ¿Qué más?
– Pues… Tengo un trabajo aburrido en un despacho, así que a la mínima que puedo salgo a disfrutar de la luz del día, o de la lluvia, o del viento. ¿Y tú?
– Estaba un poco cansada y he decidido cogerme un año libre. Quiero pensar muy bien lo que necesito y busco estar bien; no cómo estaba antes, desde luego.
– Interesante.
– Por cierto, ¿Me enseñas las fotos que me has hecho?
– No faltaba más, aunque se nota que soy aficionado..
– ¡Oye! – dijo Rouse incorporándose y poniéndose de rodillas – Me encantan ¿Y si damos un paseo por la zona y me haces alguna más?
– Es una gran idea, cuenta con ello.
Comenzaron a andar por la zona, un gran parque natural que recorría la ciudad de parte a parte. Se pararon en una zona de juegos infantiles, dónde volvió a ser una niña al balancearse en un columpio, mientras su pelo suelto ondeaba salvaje. Luego en la torre de cuerdas, donde se puso cabeza abajo con sus piernas enganchadas en la parte de arriba; también abrazando a un árbol y no podía faltar andar por encima de los charcos.
Una vez hubieron terminado, pararon en una terraza a tomar algo;y a ver todas las fotos que él había sacado.
Estaba maravillada del resultado. Todas le gustaban por algo; en unas salía sonriente, en otras con los ojos cerrados, despeinada y lo más importante, feliz.
– ¡Quiero más fotos! – exclamó entusiasmada. – Aunque por supuesto otro día. La sesión improvisada de hoy me ha encantado.
– Me parece estupendo, así me sirve para perfeccionarme, y quién sabe quizás algún día sea un fotógrafo famoso. Además que tú sabes transmitir muy bien.
– Podríamos quedar una vez al mes para nuestras sesiones, y en otras ocasiones para preparar lo que queramos hacer: tipos de deporte, sesión con animales, o incluso preparando comida. Seguro que será muy divertido.
– Me parece bien. Encantado Rouse.
– Encantada Hugo.
A partir de ese día, sus quedadas para hablar, sus sesiones de fotos, meriendas, risas y demás se repitieron semana tras semana, todos los meses durante muchos años.
Habían forjado una bonita y pura amistad.
¿Quién dice que un hombre y una mujer no puedan ser sólo amigos?

Comenzaron a andar por la zona, un gran parque natural que recorría la ciudad de parte a parte. Se pararon en una zona de juegos infantiles, dónde volvió a ser una niña al balancearse en un columpio, mientras su pelo suelto ondeaba salvaje. Luego en la torre de cuerdas, donde se puso cabeza abajo con sus piernas enganchadas en la parte de arriba; también abrazando a un árbol y no podía faltar andar por encima de los charcos.

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La canción, su canción


La melodía de aquella canción hacía que unas lágrimas recorrieran su rostro y era algo que no podía evitar. Con lo que siempre le había gustado, con lo bonita que era y ahora era incapaz de escucharla.
Sólo cuando fortuitamente la ponían en la radio, o algún músico callejero la interpretaba, hacía tripas corazón ya que no le quedaba otra.
Aquella canción le recordaba a él; al día en que aquella conversación, ella se la dio a conocer, y él después de escucharla, dijo que aquella letra significaba mucho y que decía muchas verdades; también al día que rompiendo su miedo y vergüenza se grabó bailando una parte de la que era su canción y le envió el vídeo….y a todo lo vivido.
¿Por qué tuvo que acabar aquello tan maravilloso?¿Por qué no conseguía olvidar y dejar de sentir? Había tantos por qué….
Y cada día luchaba contra sus sentimientos.
Una llamada de su amiga la sacó de ese momento dulce y amargo a la vez y la devolvió a la realidad.
-Hola, ¿qué haces? – se oyó al otro lado del teléfono.
-Voy de camino a casa – contestó con la voz aún emocionada.
– Vaya voz llevas, cuéntame qué pasa.
– Nada tranquila, he oído la canción y ya sabes lo que me pasa. Y sí, ya sé que tengo que olvidar, pero eres consciente que cada vez que lo intento algo ocurre y no lo consigo…
– Vale, te perdono con una condición -dijo su amiga al otro lado- vente ahora mismo a la playa y tómate algo conmigo. Y no valen excusas…. Ahora te mando la ubicación.
– Si te pones así – y sonrió un poco – Tardo una media hora.
– Te quiero bonita.
– I love you.
Colgó y continuó el camino a casa.
– A tomar algo ahora, con las pocas ganas que tengo.- pensaba- Lo he prometido y no le puedo fallar, siempre me ha apoyado y ayudado.
Y con sus divagaciones llegó a casa.
Subió y cogió algo de abrigo y las llaves del coche. Bajó al garaje y puso el coche en marcha, preparó en el móvil la ubicación y puso rumbo a ver a su amiga.
A las 6 de la tarde no había mucho tráfico; así que llegaría bien y podrían hablar hasta que quisiesen. Salvo del tema sentimental, ese estaba prohibido hoy.
Cuando llegaba al lugar donde habían quedado mandó un audio diciendo que en 5 minutos llegaba.
Aquella zona de la playa la conocía a la perfección, había pasado ratos allí con él; y esa pasarela de madera… Uf! Cómo olvidar aquella noche de verano, sentados en la arena mirando las estrellas y el mar. Él la abrazaba y podía oír como latía su corazón…
La tristeza se volvió a apoderar de ella aunque no quisiese.
– Tengo que ser fuerte, yo puedo- se repetía una y otra vez mientras cruzaba el paseo para dirigirse a la orilla.
Empezó a andar evitando pensar en los recuerdos y buscando a su amiga. Miraba por la orilla y no la veía. Y se preguntaba donde estaría. Su teléfono vibró y leyó un mensaje: «Llego enseguida, estoy cogiendo algo del coche. Espérame ahí».
– ¡Qué remedio!- pensó.- Espero que no tarde, no quiero pensar demasiado.
Y se sentó a mirar como las olas rompían en la orilla de la playa, mientras respiraba tranquilamente.
No había mucha gente paseando, un grupo sentados unos metros más allá que conversaban animadamente, alguna pareja paseando y los que hacían algo de deporte.
El sol iba bajando y su sombra alargada casi tocaba el agua.
Las maderas de la pasarela sonaban con unos pasos que se acercaban, ya había llegado su amiga; algo más escuchó y se quedó completamente quieta y en silencio; oía la melodía de aquella canción, qué se iba acercando cómo los pasos.
Cerró los ojos y las lágrimas comenzaron a brotar de ellos.
Su amiga se sentó tras ella y la abrazó. Seguía con los ojos cerrados y notó un olor que conocía a la perfección…. Y un abrazo distinto…. Y una voz que en su oído cantaba la letra de la canción.
Su corazón empezó a latir, y más lágrimas inundaron sus ojos.
Era él.
Se levantó y se arrodilló delante de ella que abrió los ojos para encontrarse con los suyos, que la miraban de esa manera que sólo él sabía. Muy dulcemente le quitó las lágrimas de los ojos y le besó la frente.
Le cogió las manos y mirándola a los ojos, recitó aquella frase de la canción…
– Quiero que camines el resto del viaje de la vida conmigo- dijo a continuación- nunca más me voy a separar de tí. Sé que lo has pasado mal por mí culpa, y sé que puede que no quieras volver a intentarlo aún, o que te haya perdido para siempre. Tenía claro que lo iba a intentar de todos modos, porque sé que por tí todo vale la pena.
Ella temblaba, y lo miraba. Su cabeza le repetía lo mal que aún lo estaba pasando. Pero su corazón gritaba con toda la fuerza que podía…. Y sus ojos también hablaban y muy claro.
Él con ternura acarició su rostro desde la sien hasta la barbilla, para luego recorrer sus labios con un dedo. Se acercó muy despacio, tanto que cada uno notaba la respiración del otro pero sin llegar a tocarla. Esperó la respuesta de ella, que no se hizo esperar y rozó sus labios. Se besaron mientras unían sus manos, para luego fundirse en un abrazo de esos en los que las almas se tocan.
Y se prometieron caminar juntos lo que les quedaba de vida.

Y con sus divagaciones llegó a casa.
Subió y cogió algo de abrigo y las llaves del coche. Bajó al garaje y puso el coche en marcha, preparó en el móvil la ubicación y puso rumbo a ver a su amiga.
A las 6 de la tarde no había mucho tráfico; así que llegaría bien y podrían hablar hasta que quisiesen. Salvo del tema sentimental, ese estaba prohibido hoy.

Conjunto El Rincón de Rouse Instagram.

Fotografía Akikio.chan Instagram


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Un día lluvioso


Aquel día lluvioso aunque no frío, salió del trabajo antes de lo previsto. Había terminado todo lo atrasado y pidió permiso para irse.
Nadie la esperaba en casa y no tenía nada previsto para hacer, pero el cansancio acumulado hizo que quisiese irse antes y así fue. Se organizó el bolso y se puso la chaqueta vaquera para evitar así que la lluvia la mojase mucho. Iba concentrada en lo que quería acabar aquella misma tarde y abriendo el paraguas.
Llegó a la calle dónde la gente andaba rápido por la tormenta, se refugió bajo su paraguas y comenzó el camino de vuelta.
Apenas había dado dos pasos, se encontró con alguien que le cortaba el paso y no conseguía avanzar. Malhumorada, iba a protestar, cuando de repente oyó una voz muy conocida:
-Buenas tardes!
Y notó como su corazón comenzaba a latir muy rápido y todo su cuerpo temblaba.
Respiró hondo e intentó mantener la calma.
– Buenas tardes-; respondió.
-¿Cómo estás? Hace mucho que no te veía.
Pensó en responder con un comentario sarcástico; pero se contuvo y su respuesta fue más tranquila.
– Todos andamos demasiado liados últimamente.
– ¿Estás bien? Preguntó él.
– Si, bueno supongo….
La gente pasaba rápido alrededor de ellos y el ruido que provocaba el tráfico era ensordecedor.
– ¿Nos tomamos algo y nos ponemos al día?
Ella dudo en rechazar la invitación, pero tampoco tenía nada que perder.
– Vale, ¿Dónde vamos?
-¿ Recuerdas esa cafetería al lado del Parque?
Cómo no lo la iba a recordar….
– Claro, me parece bien.
Y dirigieron sus pasos hacia su destino.
La lluvia había parado un poco, así que cerraron los paraguas.
Por el camino empezaron a hablar con la misma naturalidad y confianza de antes; cómo si no hubiese pasado el tiempo. Llegaron a la Cafetería y se sentaron para seguir con la charla.
Ella contenida, evitaba sonreír demasiado y evitaba mirarle a los ojos, ya que pensaba que si él la miraba mucho tiempo, vería que todavía tenía sentimientos. Hablaba tranquila y serena aunque no sabía muy bien como, ya que su cabeza no paraba de recordale sensaciones vividas; pero él tenía sus sentimientos claros, eso es lo que dijo un día.
Disfruta este momento, se repetía una y otra vez.
Sonó un teléfono y él tuvo que contestar; se levantó y salió. Ella aprovechó para mirar rápidamente sus mensajes y para pensar que necesitaba relajarse ya; que era momento de despedirse.
Se levantó de la silla y pagó el café con leche y el té que se habían tomado y se dirigió a la puerta.
Él la miró sorprendido y ella le respondió con una sonrisa tierna y con un gesto de adiós con la mano.
– Estás ocupado -murmuró- otro día repetimos si el destino lo quiere así. Me debes la invitación.
Y comenzó a caminar hacia su casa.
Andaba por la calle como si estuviese flotando, antes de sentir que le entraría la melancolía. Pensó en girarse a mirar por última vez; no lo hizo.
Llevaba un par de minutos andando cuando oyó tras de ella:
– Me permites que te acompañe? No queda mucha gente en la calle.
– No hace falta, sabes que suelo ir sola.
– Bueno, pero hoy puedes ir acompañada.
– Jajaja, si eso sí.
Y continuaron el camino hablando de todo un poco.
¿Qué pensaría él? Pensaba ella, pero automáticamente frenaba sus pensamientos.
Por fin llegaron al portal y le entró la tristeza; se despedían por segunda vez en la misma tarde y no lo llevaba bien. Una vez si, pero dos eran demasiado. Intentó disimular las ganas de llorar y respirando todo lo despacio que podía.
Se movió el viento y parte de su pelo se le fue a la cara y en segundos notó los dedos de él, apartándolos de su cara con suavidad.
Y un escalofrío recorrió su espalda.
Se sonrojó un poco y con otra suave sonrisa le dio las gracias:
– Tendré que subir, se está volviendo frío. Me he alegrado de verte y poder hablar.
Por dentro pensaba lo mucho que lo echaba de menos, y que no lo iba a decir, ya que se había prometido a si misma que nunca más.
– He estado muy agusto- contestó él.
Se acercó y le dio un abrazo para así volver a notar su olor y su calor aunque fuese de esa manera.
– Gracias, susurró cuando él le devolvió el abrazo.
Él se retiró un poco y la miró a los ojos, ella le devolvió la mirada y aguantó la respiración sin que se notase. Y volvió a notar el escalofrío por el cuerpo.
Él miró sus labios y poco a poco se acercó.
Notaba cómo latía su corazón con tanta fuerza que pensaba que se le iba a salir del pecho.
Cerró lo ojos y se acercó un poco más a él.
Notó un suave roce, seguido de otro y otro.
Y cómo sus brazos la sujetaban con ternura
Y se fundieron en un beso.

Ella contenida, evitaba sonreír demasiado y evitaba mirarle a los ojos, ya que pensaba que si él la miraba mucho tiempo, vería que todavía tenía sentimientos. Hablaba tranquila y serena aunque no sabía muy bien como, ya que su cabeza no paraba de recordale sensaciones vividas;
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Mis inicios

Esta locura empieza con una anécdota que escribí tras una llamada de mi padre. Aunque en otras ocasiones había hecho mis pinitos con microrrelatos y relatos más largos, nunca me había planteado la posibilidad de ir más allá y dejar que alguien lo leyese. Y en esa ocasión lo hice.
La respuesta fue clara y parece que no se me da mal lo de soñar y transmitir.

Gracias a todos los que han creído en mi desde el minuto cero y no han dejado de apoyarme en mis proyectos por muy descabellados que fuesen.

Gracias a mis primeras lectoras: Amparo M., Celeste M., Ester A., M Ángeles N., M Ángeles O.

A Gregorio Muelas «La biblioteca de Gregorovius» y a Bego Vidal @DeLibreraaTuitera por las correcciones, críticas e ideas que me han dado.

«Segunda Regla de la Buena Suerte»

«Muchos son los que quieren tener Buena Suerte, pero pocos los que deciden ir a por ella.»