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El Examen


Llevaba mucho tiempo preparando aquel examen. Era el más importante al que se iba a enfrentar.

Había buscado artículos, leído libros y repasado la teoría tantas veces, que conocía cada punto, cada coma. Preguntó a gente con experiencia. Investigó a fondo. Sus apuntes tenían anotaciones laterales. Tenía marcadas las palabras clave; incluso algún Post-It le indicaba los puntos más relevantes, aquellos que iban a salir seguro. Utilizaba un cronómetro para mejorar el tiempo de respuesta. Aprovechaba cualquier momento para repasar mentalmente: un paseo, en el trabajo, en la ducha. Incluso su smartphone era reflejo de lo mucho que había estudiado.

Por fin llegó el día. Estaba preparada para que aquella prueba saliera bien. Todo programado, todo organizado; hasta el más pequeño detalle lo tenía pensado.

O eso creía.

Aquel día nada salió como había supuesto. El examen tenía una única pregunta. ¿Es usted feliz? Demuéstrelo.

No supo cómo hacerlo. Dedicó tanto tiempo a buscar qué era la felicidad, que no disfrutó de los pequeños detalles del día a día. Se esforzó pensando motivos y razones y no era capaz de vivir sin más. Se olvidó de soñar. Ahí es cuando se dió cuenta que no había aprendido lo más importante. La vida no entiende de teorías. No basta con saber cómo ser feliz si no lo pones en práctica.

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Te Perdono

Eran las 19:03 cuando salí del ascensor y accedí al rellano de mi planta, tres minutos más tarde de la hora marcada. Abrí la puerta de casa y entré.

Allí encontré silencio. No era un silencio incómodo, era uno liberador; muy esperado. Aún así estaba nerviosa. Me asomé al comedor. Allí estaba todo tal y cómo lo había dejado preparado; porque aquel era un día importante, era el día Cero. Me senté en la mesa, muy tranquila y serena y empecé a hablar:

– Te perdono, – rompí el hielo- te perdono por todo… Por no haber sido tu prioridad, por haberme descuidado en tantas ocasiones. Por no cuidarme cómo merezco. Por no escucharme y no hacerme caso cuando sí me escuchabas.

– Te perdono por ignorar mis sentimientos, por hacerme llorar más que reír en los últimos meses. También por las noches de insomnio y los quebraderos de cabeza. Te perdono por olvidarte de mí y de lo que sabías que necesitaba.

– Te perdono por no quererme. – Cogí aire.

– Sé que has pasado una época difícil y dura, en la que no podías pensar con claridad. En la que no eras consciente del daño que me estabas provocando. Todo era más importante que yo. Te centrabas en cualquier cosa que surgiese ya que así te evadías del problema. No eras capaz de ver la realidad. – afirmé con seguridad.

– Ahora es momento de cambio, ha pasado un tiempo prudencial. Debes volver a luchar, de velar por mí, cuidarme, apoyarme, verme crecer… Todo lo que no has hecho este tiempo. Tienes que dejar a un lado las excusas y demostrar que de verdad me quieres.

Mis ojos miraron fijamente los ojos que tenía delante, sabiendo a la perfección lo que sentían. Amor, respeto, aceptación, perdón… Allí delante de mí, había un espejo con mi reflejo.

Mis ojos miraron fijamente los ojos que tenía delante, sabiendo a la perfección lo que sentían. Amor, respeto, aceptación, perdón… Allí delante de mí, había un espejo con mi reflejo.

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Tras la ventana indiscreta

Asomada a la ventana del salón de su casa vio como el coche de la Policía Nacional abandonaba la calle en sentido contrario.
Unas horas antes, el ruido de las sirenas, le habían llevado al mirador que daba a aquella calle estrecha y poco transitada, dónde lo más normal era el silencio. En un primer momento, corrió ligeramente la cortina para que nadie viese que se había asomado. Era muy discreta con todo lo que a su vida y circunstancias se refería. Poco a poco se fue relajándo y abrió las cortinas hasta la mitad y subió la persiana para tener mejor visibilidad. Su lado morboso era más fuerte que el precavido. Se apoyó en el borde de la ventana abierta y observó todo lo que pasaba desde el tercer piso.

El edificio que tenía enfrente era más antiguo que el suyo. Los pisos eran más pequeños, o eso se había imaginado siempre, y en el vivía gente de edad avanzada o inmigrantes de distintas nacionalidades. Ciudadanos con menos recursos. Por ello los alquileres eran más asequibles que en otros de la misma calle, a pesar de estar situando a un par de kilómetros del centro de la ciudad.

Lo primero que pensó era que algunos de los inmigrantes se habrían peleado. Era algo que había vivido en alguna ocasión, aunque en las otras, no había tenido que acudir la Policía. Provocaban un pequeño escándalo con las riñas y se hacía de nuevo el silencio. Luego se planteó que quizás alguien se había quedado encerrado y habían acudido allí al rescate. Con la frente un poco fruncida y la mano apoyada sobre su boca, descartó esa opción también, cuando la segunda patrulla entró en la calle y ¡ en sentido contrario! ¿Qué habría ocurrido allí? La intriga iba aumentando conforme pasaba el tiempo y sus elucubraciones cada vez eran más interesantes.

Algo llamó su atención. En un par de alturas más arriba a la suya se produjo un movimiento extraño. Se abrieron varias ventanas a la vez y un par de agentes vestidos de calle salieron al balcón. Sabía que eran policías por la placa que llevaban colgada al cuello. Ahora ya tenía claro en qué piso estaban, y sólo le faltaba conocer el tipo de incidente que estaban investigando. Cogió una hoja en blanco, su pluma de tinta rosa y comenzó una lista:
2 patrullas
4 uniformes
2 secreta

1 atestados?

Rápidamente y con los ojos muy abiertos miró como el furgón giraba la esquina de la calle. La situación era cada vez más desconcertante.

En aquel folio apuntó sus teorías, y las tachaba conforme las descartaba; eso sí, justificación incluida. Se había metido completamente en el papel de investigadora, y cada detalle era digno de ser pensado y estudiado. Quería saber si era capaz de descubrir lo que había ocurrido, con las pistas que iba observando. Un suceso como aquel que estaba contemplando saldría en prensa seguro, así que podría verificar sus teorías. Esta curiosa afición la tenía desde que descubrió las series de investigación, los programas de delitos reales y de su interés por la novela negra, además de haber leído artículos sobre diversos asesinatos importantes en los últimos tiempos.

En la finca de enfrente seguía el trasiego: los policías entrando cargados con materiales y saliendo con pruebas que iban obteniendo; los vecinos de los balcones colindantes también entraban y salían, suponía que vigilando los movimientos por el interior del edificio y también por el exterior. Y ella desde enfrente no perdía detalle de nada. Se sentía como la/el protagonista de la famosa película «La ventana indiscreta», aunque las circunstancias eran bien distintas.

Otro coche irrumpió en la calle. El agente, cuya misión era mantenerla cerrada, le dio el alto. La ventanilla del lado del conductor se bajó y un brazo mostró algo que no se podía distinguir bien, aunque parecía una placa. El agente se apartó y permitió que el vehículo avanzase por la calle hasta el lugar donde estaban estacionados los otros coches. Las dos puertas delanteras se abrieron y  dos policías sin uniformar bajaron del coche. Uno de ellos fue a la parte trasera y abrió la puerta. Del interior salió una mujer que con un pañuelo se iba secando los ojos, algo que intuía más que veía desde su casa. Ambos hombres la acompañaron hasta el portal donde los perdió de vista.

El reloj seguía sin detenerse, y en cambio hacia un rato que no se veía ni oía nada. En alguna ocasión, veía que los policías entraban y salían al balcón. Pero ni rastro de la mujer, ni de nada más. Pasaría más de una hora, cuando comenzó de nuevo el trasiego y empezaron a salir del portal: los agentes de nuevo con la mujer. Un hombre con traje y documentos en las manos y tras él dos hombres más que portaban una camilla con una funda de plástico negro.
-¡ Un muerto! Ya sé cuál ha sido el suceso – pensó para si- ahora falta saber quién es la mujer- y lo anotó todo en su hoja.

Tras esa comitiva, aparecieron los agentes uniformados. Uno de ellos llevaba una bolsa de pruebas transparente en la mano y entre todos custodiaban a alguien que se  escondía bajo una chaqueta negra de punto.
Sin perder de vista los movimientos de quién estuviese debajo de aquella prenda, sacó el móvil e hizo una foto de la bolsa de evidencias, para verla más tarde y poder ampliarla.

Asomada a la calle vio cómo fueron entrando a los correspondientes coches y como poco a poco las ventanas de las fincas se iban cerrando, incluida la suya. La tranquilidad y el silencio volvían a aquella calle.

Empezaba otra fase, la de la deducción. Revisó sus anotaciones, también sus recuerdos y sensaciones que aún estaban frescos, las fotos que había sacado… Tras un breve espacio de tiempo anotó lo que creía que había pasado: había sido un crimen pasional. La víctima un hombre por el tamaño del cadáver cuando lo sacaron, la mujer que lloraba era la pareja sentimental del asesinado; había sido cometido por una mujer algo que había deducido por la forma de andar y por el tamaño de quien se ocultaba. Lo había envenenado, dato que había pensado al ver en la foto varios frascos de pastillas dentro de aquella bolsa. Lo único que desconocía era el motivo exacto. Se enteraría por las noticias.

Al día siguiente la noticia estaba en primera página de los diarios y con lugar destacado en las noticias de la TV. Tal y como había escrito, la víctima era un hombre casado y la asesina una mujer. Lo curioso era que la presunta asesina era una vecina de ambos y que el crimen lo había cometido por celos. Estaba enamorada de la mujer y pensaba que sin él marido podría conseguir acercarse a ella.

Al leer el suceso se dio cuenta que se le daba bien lo de la deducción. Pensó en lo interesante que le había resultado y que la experiencia le había abierto nuevos horizontes. Y se preguntó cuándo podría repetir.
Y nació la Detective Rouse…

Asomada a la ventana del salón de su casa vio como el coche de la Policía Nacional abandonaba la calle en sentido contrario.
Unas horas antes, el ruido de las sirenas, le habían llevado al mirador que daba a aquella calle estrecha y poco transitada, dónde lo más normal era el silencio. En un primer momento, corrió ligeramente la cortina para que nadie viese que se había asomado.

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Y la noche llega

-¡No quiero irme a dormir, me da miedo!
Es lo que he pensado durante muchas noches. Con el silencio absoluto, con oscuridad y los ojos cerrados es difícil mantener la cordura, los fantasmas cobran vida propia y tanto los miedos como las dudas se convierten en monstruos que acechan en mi habitación. No hay nadie que diga que es sólo un sueño, no hay luz para las pesadillas, no hay beso en la frente. Quizás la solución sea que el hombre del saco me lleve.

-¡No quiero irme a dormir, me da miedo!
Leyendo esta frase pensaríamos en un niño pequeño, que cree que con la luz apagada y el silencio los monstruos aparecerán. Cualquier ruido, cualquier sombra parecerá lo que no es y su pequeña e inocente cabeza creará las historias más extrañas y aterradoras que se puedan imaginar. Les decimos que no deben tener miedo ya que los monstruos no existen, es todo su imaginación. Miramos debajo de sus camas y les ponemos una pequeña luz para que vele por ellos y sus sueños. Les damos un beso en la frente y les aseguramos que allí estaremos si nos necesitan.

Y ahora, a estas alturas de la vida ¿Dónde quedó el sueño placentero?¿El descanso reparador?¿Y los sueños? Se perdieron en algún momento hace un tiempo y aprovecho cuando duermo para salir a buscarlos, aunque me está resultando bastante difícil conseguirlo.

Hay noches en los que las emociones me invaden y me despierto con una euforia temporal. Otras tantas me siento perdida y deambulo por pueblos que no conozco y por calles que me obligan a seguir un sentido que no puedo alterar. También están aquellas en las que no consigo recordar y debe ser porque es lo mejor que puede pasar.

-Y ¿Qué puedo hacer?- Me preguntó constantemente. Por el día es fácil distraer la mente y buscar cualquier cosa que haga que me evada de todo lo que no quiero pensar. Pero la noche es tan larga… Y no hay nadie. Bueno, me tengo a mí.

Sólo necesito un poquito más, sólo necesito perder el miedo a cerrar los ojos, dejar de tener miedo a los monstruos, no perderme en laberintos de calles, no necesitar luz porque tengo la mía propia.

Necesito saber cómo vencer a la noche.
Al acostarme, al apagar las luces y empezar a ser consciente del silencio, cuando los monstruos empiezan a salir y me rodean, cierro mis ojos e intento cambiar los pensamientos… Pero estos han cogido fuerza y con sus garras y dientes afilados se resisten a ser vencidos.

Quizás si les cambio el color y les limo las garras y los dientes serán menos terroríficos. También puedo lavarles el pelo y ponerles suavizante y algo les cambiará. Y si les doy algo de comer, puede que les quite las ganas de devorame. ¡Ah! También puedo enseñarles trucos y premiarles cuando lo consigan, así estarán domesticados… ¡Esa es la solución! Al cerrar los ojos me convertiré en esteticién, dentista, peluquera, cocinera y veterinaria para que poco a poco se vayan transformando… Y por si alguno se resiste, seré una aventurera como Lara Croft en Tomb Raider capaz de todo y más.
Así los sueños volverán, porque aunque los monstruos existan los habré controlado y dejaré de pensar eso de:

-¡No quiero irme a dormir, me da miedo!

Hay noches en los que las emociones me invaden y me despierto con una euforia temporal. Otras tantas me siento perdida y deambulo por pueblos que no conozco y por calles que me obligan a seguir un sentido que no puedo alterar. También están aquellas en las que no consigo recordar y debe ser porque es lo mejor que puede pasar.

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Caos


Mi cabeza no paraba.
Pensamientos caóticos me inundaban en cualquier momento: cuando el silencio era más que evidente, al bajar el ritmo de mis actividades, en mis sueños. Ideas que se repetían una y otra vez, pasando de una a la otra. Para silenciar una, surgía la otra.

Era lógica pero irracional, en la que hablaba la parte más inconsciente de mi cerebro, esa que me negaba a ver. Esa que a gritos pedía ser escuchada antes de volverla a callar. Porque me hacía ver, entender todo lo que ocurría desde otro punto de vista; aunque quizás eso tampoco fuese real.

No quería escuchar a mi cabeza, porque decía lo contrario a lo que sentía y algo dentro me decía que las sensaciones eran las correctas y no lo que fabricaba mi mente.

– Todo está bien, todo está bien, todo está bien- pensaba una y otra vez.
Y al momento todos mis fantasmas, mis miedos, mi dolor volvían a aparecer.

– No lo entiendo, no entiendo la actitud. Ese sí pero no. La falta de claridad para algunas respuestas y la actitud cuando hablamos. Aunque claro, con aquello que pasó… ¿Cómo pude permitir que aquello me afectase, nos afectase?¿Cómo no me di cuenta? Claro, vivía inmersa en lo que no debía. Tenía resentimientos que me ocasionaban un lastre emocional. Tenía cicatrices no curadas. Intenté algo que no podía ser y que pertubaba mi presente. Busqué un imposible y eso me hizo no ser libre, vivir medio atrapada en el pasado.

Pongo música, pero no soporto escuchar nada. Mis pensamientos son más fuertes y hacen que sólo quiera silencio para seguir pendiente de ellos. Son los que me dominan en ese momento.

– Encima con todos los cambios que quería -mis pensamientos vuelven a ser autónomos- más lío, poco tiempo, estrés, cansancio y desgana. Pensando en el futuro y sin vivir el presente. Pero aún así, ¿Por qué no lo dijo?
– Bueno tranquila, no lo pienses que todo está bien…
– Y si está bien ¿Por qué me siento así? ¿Por qué se repite en mi cabeza una y otra vez? Ya está, es la experiencia dolorosa que sufrí, que me marcó más de lo que era consciente y que ahora viene a cobrar la factura. Todo por no haberme plantado, todo por intentar entender a los demás, todo por no tomar distancia cuando debía…
– ¡Qué injusto todo!
– De esta aprendo, aunque eso ya lo dije hace un tiempo y he vuelto a verme en una situación que no me gusta.

Respiro rápido e intento ralentizar el ritmo para intentar permanecer tranquila. Aunque puedo notar como los pensamientos van de una parte a otra de mi cabeza una y otra vez, cómo si de una competición se tratase, viendo cuál da más vueltas y más rápido.

– Sólo quiero estar tranquila  y vivir en paz… He intentado todo, y aún así no lo consigo. Quizás es que no quiero que sea así y soy yo la que pone trabas y busca excusas… Pero… He dicho, he hecho, he movido… Y nada. Quizás si… Bueno ya has hecho todo lo que estaba en tu mano, para bien o para mal. Ahora toca que el tiempo lo ponga todo en su lugar, así que tranquila. Todo lo que tenga que pasar ocurrirá en el momento preciso, ni antes ni después – intento dar tranquilidad a mis ideas- No te desesperes y mantén la calma
– Pero… ¿Por qué…?¿Y si…? Silencio- me digo – No lo pienses más que no sirve de nada. Pero… – las preguntas quieren volver a mandar- ¡Shhhhhh! Silencio, cambia el pensamiento. Estás aquí y ahora; es lo que te tiene que importar. Lo demás no te sirve para nada, hay circunstancias que no dependen de tí. Y lo que sí depende es controlar tus ideas y eso lo puede hacer.
-¡De acuerdo! Crearé nuevas ideas, nuevas ilusiones. Volveré a pintar mi mundo de colores. Soñaré, viviré y disfrutaré. Sé que puedo y así lo haré.

Me duele la cabeza, me cuesta respirar un poco, estoy cansada de tanto pensar.
Las ideas han desaparecido por fin. Soy capaz de volver a escuchar música, de ver la TV, incluso de leer.

He guardado en el rincón más recóndito de mi mente todo lo que no me permite estar bien, confiando en que tardará en salir.

Pongo música, pero no soporto escuchar nada. Mis pensamientos son más fuertes y hacen que sólo quiera silencio para seguir pendiente de ellos. Son los que me dominan en ese momento.
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La sala


¿Cuántas veces te has preguntado si todo lo que pasa tiene un sentido, aunque en ocasiones no sepas cual?
¿Cuántas veces las circunstancias te llevan por el mismo camino, incluso cuando haces todo lo posible por cambiarlo?
A ella, últimamente le pasaba mucho. Desde evitar una calle y verlo por la que iba andando, hasta encontrárselo en horas absurdas, lo que le pasó con el llavero que él le regaló…. Y la última, estar asignada a terminar un trabajo ¡en la misma sala en la que se besaron por primera vez!
Podía recordar ese día con todo lujo de detalles. Él le pidió que le acompañase a clasificar unos documentos a aquella sala. Iba a ser un rato corto, apenas unos minutos, así que no encendieron todas las luces.
La química, la tensión entre ellos era más que evidente y más en aquella situación. Él, se acercó un poco a ella que se irguió nerviosa. Él se acercó más, ella le miró a los ojos. Y se besaron.
No fue un beso de película, fue más bien corto. Con más deseo que sentimiento. Más un juego que una realidad.  Fue parte del inicio.
Y ella, hoy, al entrar allí lo volvió a  revivir.
Encendió todas las luces, y se sentó en la amplia mesa de reuniones que había en el centro. A su espalda los archivos y enfrente la desnuda pared; aunque su mente recordaba la imagen de ellos dos en medio de la estancia. Era como una estatua transparente que no paraba de girar. Era un beso inmóvil. Era su recuerdo.
Miró todas las sillas vacías y respiró hondo. Se tenía que concentrar sí o sí para intentar acabar pronto e ir lo menos posible a aquel lugar.
Sacó las hojas que tenía que revisar, también sus apuntes con parte de los datos que había que añadir o cambiar; folios en blanco por si hacían falta, su bolígrafo, un corrector y un marcador; el móvil para tenerlo a mano y visible…Y comenzó su labor, no sin antes fijarse en la hora que era.
Las 10:00.
– ¡A por ello! Pensó para si misma.
No había ni pasado una hora cuando alguien llamó a la puerta. Se sobresaltó un poco porque no esperaba a nadie, pero rápidamente contestó.
– Adelante- dijo levantando un poco la voz.
La puerta se abrió y una cabeza asomó. Era su compañera.
– Hola, ¿Cómo vas? He pensado que quizás te apetecía tomar un café. Sé que te ayuda a estar concentrada – y le guiñó un ojo.
– Te lo agradezco mucho – le dijo con una amplia sonrisa – que bien me conoces.
– ¿Todo lo demás? – preguntó sin saber los recuerdos que ella tenía allí.
– Si, todo bien, en un rato estoy en el despacho contigo.
La puerta se cerró de nuevo y retomó su trabajo. Y volvió a consultar su reloj.
Las 11:00.
Pasó otra hora, o puede que dos ya que había perdido la noción del tiempo entre el trabajo y sus recuerdos.
Aunque no sabía la hora exacta recordaba que aquel primer encuentro fue por la mañana, antes de comer y después de almorzar. Se quedó mirando la pared y allí volvieron a aparecer las figuras girando mientras se besaban…..
Se obligó a continuar, y es que conforme avanzaba el tiempo le costaba cada vez más no pensar, no recordar. Se acercaba la hora y su cabeza solo sabía que revivir una y otra vez aquel momento. Quizás si lo deseaba con toda su fuerza ocurriría. Porque en lo más profundo de su ser deseaba repetir el momento por segunda vez. Ansiaba que se abriese la puerta y que él apareciese allí para abrazarla, besarla y quedarse, está vez, para siempre.
Cerró los ojos y recordó su calor, recordó su olor, su voz, sus manos, su piel, su sonrisa. Volvió a soñar con las figuras transparentes que giraban unidas en un beso, volvió a recordar todas las sensaciones tan intensas que parecían reales y que no lo eran.
Presente y futuro, escribió en un pequeño papel que guardo en la funda de su móvil.
Y se puso a guardar en silencio todas las cosas que había sacado: sus apuntes con parte de los datos que había que añadir o cambiar; folios en blanco por si hacían falta, su bolígrafo, un corrector y un marcador. El móvil en la mano para tenerlo visible.
Y miró la hora por última vez.
Las 13:19.
La puerta se abrió.
Era ella saliendo de la sala triste pero cada vez más fuerte; afectada pero superviviente, sin dejar de soñar pero viviendo la realidad, recomponiendo sus pedazos ella sola.
Dibujó una melancólica sonrisa con sus labios y cerró la puerta.

Presente y futuro, escribió en un pequeño papel que guardo en la funda de su móvil.
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Simplemente Ella


Una nube de vaho inundaba el cuarto de baño, cuando abrió la cortina después de la ducha con agua muy caliente. La necesitaba. Se puso el albornoz y una toalla en el pelo.
Se miró en el espejo empañado; así permaneció unos minutos pensando en quién era. No se veía con claridad y era así cómo se sentía. No terminaba de encontrarse.
Limpió un poco con la manga del albornoz para intentar verse mejor…. Y se encontró con sus propios ojos. Y allí en el fondo de su mirada intensa y triste volvió a ver un poco de lo que había sido: esa mujer alegre y soñadora, de espíritu joven; aquella mente inquieta y traviesa; una superviviente, una luchadora incansable.
El espejo se volvió a empañar, y volvió a limpiarlo, esta vez por completo, para que no volviese a desaparecer su imagen.
Con el albornoz y la toalla enrollada en el pelo, continuó buscando en su reflejo, mirando cada detalle de su cara: su frente un poco fruncida, sus ojos cansados, su sonrisa escondida. Y decidió que lo iba a cambiar, que la tristeza no le sentaba bien.
Se quitó el albornoz y la toalla del pelo. Ahora se miraba desnuda y despeinada. Y se sintió orgullosa de sus imperfecciones porque al fin y al cabo eran suyas. Ella era lo que veía. Sus brazos no tan fuertes como antes le ayudaban a coger peso de todos modos. Sus piernas más hinchadas la llevaban donde quería. Su piel no tan tersa la había acompañado toda su vida. Su pelo con algunas canas reflejaba todo lo vivido. Cada parte de su cuerpo merecía ser admirada por todo lo que le había dado y porque siempre había estado ahí.
Era el momento de volver a cuidarse y volver a ser ella, con su luz y su magia; con su sonrisa cautivadora, con vida en su mirada; con ilusiones nuevas y sabiendo que tarde o temprano conseguiría todo lo que quisiese. Todo lo que se propusiese.
Primero miró su físico, ya que es lo primero que vemos en los demás e incluso en nosotros mismos.
Ahora, iba a buscar en su interior la parte más personal, más íntima. La que sólo unos pocos llegan a conocer por completo, ya que no se lo mostramos a cualquiera.
Para eso no necesitaba un espejo.
Entró en su habitación y sacó un pijama del cajón. Dudó cual ponerse y se dejó llevar. No eligió el más nuevo, sino uno que tenía desde hacía unos años.
Miró a su alrededor. Recorrió todo su hogar fijándose en todos los detalles. Estaba orgullosa.
Había aprendido mucho de ella misma estando sola. Se había dado cuenta de todo lo que era capaz, que lo cotidiano lo podía hacer. Que para lo más complicado podía encontrar apoyo… o aprender a hacerlo por si misma y lo más importante, que no necesitaba a nadie para ser feliz; bueno sí, a ELLA.
Valía mucho y era consciente de ello.
Era decidida, se enfrentó a sus miedos, aprendió de sus errores, reconoció sus fallos y celebró sus victorias. Quería seguir aprendiendo y creciendo. Nada ni nadie la iba a limitar.
Tenía días llenos de actividades y compromisos. Otros de desconexión en los que podía hacer lo que le apeteciese ya que era dueña de si misma.
Sentada en el sillón y con la mirada fija en ninguna parte, pensó que volvería a tener algún día malo y que volvería a caer, pero era consciente que no se iba a rendir y que se volvería a levantar, porque había visto lo fuerte que podía ser.
Ella era capaz de reconstruirse una y otra vez.
Ella eres tú, soy yo, somos todas.

Se miró en el espejo empañado; así permaneció unos minutos pensando en quién era. No se veía con claridad y era así cómo se sentía. No terminaba de encontrarse.
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Un día para olvidar

Se levantó y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Tenía una sensación rara que no sabía describir,: frío, calor, dolor de estómago, ¿Todo a la vez?
Pensó en volver a meterse en la cama, pero justo ese día no podía. Tenía la agenda completa entre trabajo, médicos y demás. Respiró hondo y pensó que el día de hoy tenía que pasar.
Se preparó el desayuno, su café con leche era vital para despejarse. Y se dio una ducha rápida antes de vestirse y empezar el estresante día: pantalón azul, jersey beige de cachemira y botín marrón; su maletín para el ordenador y los documentos que necesitaba.
Salió al rellano de su casa y se dirigió al ascensor; llamó varias veces antes de darse cuenta que estaba estropeado.
– ¡Menuda forma de empezar el día!- dijo en voz alta aunque nadie la escuchaba. – menos mal que vivo en un tercero.
Así que bajó las escaleras a pie.
Salió a la calle y antes de girar la esquina se tropezó y se torció un poco el tobillo.
– En la cama me tendría que haber quedado como había pensado. – volvió a decir en voz alta.
Y continuó su camino.
Llegó a la gran avenida, donde el tráfico estaba imposible para variar. Esperó el semáforo para cruzar, mientras ojeaba la dirección a la que tenía que ir.
Empezó a cruzar y un conductor despistado estuvo a punto de arrollarla, aunque consiguió frenar a tiempo. El corazón lo tenía a mil y era incapaz de decir nada.
Continuó andando muy nerviosa y pensando en la cantidad de horas que quedaban todavía, y que el día no era el mejor.
Tras un paseo, llegó a su destino sin más percances, y ya más relajada decidió tomarse otro café, la ayudaría a estar más centrada, lo iba a necesitar.
Entró en una pequeña pastelería, de la que salía un olor muy dulce y agradable. Allí se sentó un rato para organizarse bien.
Pidió el café y una pieza de bollería, como resistirse a ese aroma que había notado… Y sacó su portátil para repasar unos datos de última hora
-¡No puede ser! ¿Esto también? – hoy era el día de hablar en alto.
Y es que el portátil no tenía batería a pesar de haberlo tenido cargando toda la noche. Tocaba atrasar el trabajo, pero ella no se iba a rendir. Nunca lo hacía.
Con todo ya preparado se marchó a su primera gestión del día, que resolvió con total normalidad; incluso con resultado positivo, ya que todo había ido mejor de lo que había pensado.
– Ya está, ha sido solo coincidencias de esta mañana.- Pensó en esta ocasión.
Con todas las complicaciones que había tenido, la mañana había pasado volando y aunque era pronto decidió ir a comer. Recordó que allí cerca había un restaurante con menú donde se comía muy bien, que además le pillaba de camino para lo que tenía que hacer por la tarde.
Entró y buscó una mesa pequeña al lado de la pared, así tenía cerca enchufe por si lo necesitaba de nuevo.
Ojeó la carta, aunque enseguida supo que iba a tomar. Pidió los platos y mientras preparaban la comida, repasaba los documentos del médico.
La puerta se oyó y entraron varias personas, que se fueran repartiendo por el restaurante. Con curiosidad levanto la vista y miró a su alrededor.
Y allí lo vio.
Iba acompañado de una chica con la que conversaba; así que no se dio cuenta de que ella estaba allí sentada.
Inmediatamente se le aceleró el corazón, y notó cómo le faltaba un poco la respiración.
– Tranquila- pensaba una y otra vez.
Le trajeron el primer plato, aunque se le había quitado el apetito e hizo un esfuerzo para comer. Su cabeza no estaba con ella, estaba en la mesa de la otra punta del restaurante. De vez en cuando muy disimuladamente, se giraba para mirar cómo continuaban conversando.
Llegó el postre y con él una sensación incómoda. Miró de reojo y vio cómo se cogían las manos. Una lágrima resbaló por su mejilla y sus manos empezaron a temblar. Pero no podía dejar de mirar, aunque notase cómo se rompía por dentro. Entonces el le apartó el pelo a la chica de la cara y empezó a acercarse a ella..
La alarma del reloj la despertó.
Gracias a Dios todo había sido un mal sueño, aunque su pulso estaba acelerado, y las lágrimas caían de sus ojos.

Se preparó el desayuno, su café con leche era vital para despejarse. Y se dio una ducha rápida antes de vestirse, y empezar el estresante día: pantalón azul, jersey beige de cachemira, y botín marrón; su maletín para el ordenador y los documentos que necesitaba.
Salió al rellano de su casa y se dirigió al ascensor; llamó varias veces antes de darse cuenta que estaba estropeado.
– ¡Menuda forma de empezar el día!- dijo en voz alta aunque nadie la escuchaba. – menos mal que vivo en un tercero.

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Una llamada de teléfono


Había pasado mucho tiempo desde la última vez que hablaron, y cada uno de los días había pensado en él: como estaría, como le iría, si habría rehecho su vida… Aunque esto último le causaba intranquilidad.
También se preguntaba, evidentemente, si él la echaría un poco de menos y si pensaría en ella algún día. Quizás ya sólo era un recuerdo bonito.
«¡No! Eso es completamente imposible. No puedo pasar de haber sido la historia más bonita de su vida, a ser solamente un recuerdo.
Simplemente huye de sus sentimientos, porque le hacen sentir vulnerable y no se lo puede permitir» escribía en su libreta de pensamientos.
«Es incapaz de verme o de hablar conmigo, porque le entra la debilidad. Ahora no es nuestro momento. Pero él lo sabe también como lo sé yo, aunque no se lo quiera reconocer ni siquiera a sí mismo.» Añadía otro día.
Y es que seguía sin entender, por que habían dejado hasta de hablar.
Cada vez que sonaba su teléfono, miraba nerviosa deseando ver su nombre; por eso cuando aquel día lo vio en la pantalla tuvo que parpadear y volver a fijarse para ver que no se había equivocado. Dejó que sonase varias veces antes de contestar con las manos temblorosas, y preguntando quién era, cómo si no le hubiese dado tiempo a mirarlo y así de paso disimular un poco su voz alterada.
– ¿Diga? – y pensó en lo protocolario y absurdo que resultaba.
-¡Buenas! ¿Que tal?- escuchó al otro lado.
Estaba tensa, había tantas cosas que quería saber y preguntar, que las palabras no le salían.
-¡Ostras!- fue lo primero que pudo decir.
Al otro lado del teléfono se oían carcajadas.
– Si te pillo en mal momento…. dime cuándo te apetecería hablar- bromeaba él.
– No, que va. Disculpa, ha sido la sorpresa. Estaba leyendo un poco…. ¿En qué te puedo ayudar?¿ Necesitas algo? – dijo rápidamente ella.
– ¿Tanto te extraña la llamada qué me preguntas eso? Jajaja. Simplemente quería saber cómo estabas.
– Bien – dijo un poco más tranquila- con proyectos nuevos, alguna escapada y esas cosas. ¿ Y tú?- Esa pregunta le daba un poco de respeto pero necesitaba hacerla. Debía hacerla.
– También bien, liado como siempre; pero bueno hay cosas que nunca cambian, y eso lo sabes tú también ¿Verdad?
Su mente se quedó en blanco, sin saber cómo responder. Ya que pensaba en sus sentimientos que no habían cambiado y nunca lo harían.
Y el silencio fue roto por una pregunta:
– ¿Nos tomamos algo un día y me cuentas lo de tus proyectos?
Cogió lo primero que tenía a mano y empezó a abanicarse, por el calor que notó en ese momento; intentaba centrarse y así poder dar una respuesta sin que se notase su nerviosismo.
– Podemos buscar un hueco que nos acople a los dos, ¿Te parece?- le contestó.
– ¿Cómo lo tienes el sábado?¿O es un poco precipitado?- sugirió él.
Tardó en contestar de nuevo, haciendo cómo que consultaba la agenda. Aunque sabía de sobra que no tenía nada para ese día.
-Sin problema, si es a partir de las 5.
-Por supuesto, ¿en la cafetería de siempre?
-Sí, en la se siempre. Nos vemos y….. Cuídate. -se despidió ella.
-Un beso- añadió él.
Aún no había colgado y ya estaba pensando en cómo se iba a vestir, si se iba a comprar aquella blusa que había visto; si iba a ir a la peluquería… Quería estar perfecta.
Faltaban 3 días todavía, y no paraba de dar vueltas. Tenía que desconectar y hacer vida normal o por lo menos intentarlo.
En menos de lo que pensaba llegó el sábado.
Abrió el armario y miró la ropa que tenía: probó con una blusa color frambuesa y un chino azul, luego con un jersey de pico y otro pantalón….se recogió el pelo, lo soltó. Sacó los tacones… Hizo varias pruebas y no se veía con ninguna y se decidió por ser ella misma.
Escogió unos vaqueros y un suéter azul de escote bardot, sin tacones, sin pintar con un poco de perfume y con el pelo suelto. Ningún tipo de joya, más que lo que habitualmente llevaba. Ella era así, y era perfecta. No necesitaba impresionar a nadie. Y quien la quisiese lo haría por ser lo que era.
Con puntualidad inglesa llegó a la cita. Había ido dando un paseo para sentirse más relajada. Él también fue puntual.
Se dieron un saludo discreto, cómo si los acabasen de presentar y entraron para buscar asiento. Pidieron sendos cafés y la conversación empezó.
Bastaron 5 minutos y 15 vueltas a la cuchara para que los dos se relajaran y hablaran con total naturalidad. Y lo hicieran del presente; también del pasado y por supuesto del futuro.
– Y dime – dijo él – ¿Has conocido mucha gente nueva?
– La verdad que sí, y también me he reencontrado con antiguas amistades. Cosas del destino, supongo.
– Y ¿Alguien especial? – Insistió él- A mí me ha resultado imposible.
Ella creyó percibir preocupación en su voz. Pero podían ser imaginaciones.
– Bueno, sí. Un chico muy inteligente, alocado y divertido con los amigos, pero muy formal en el trabajo. Tiene varias carreras y su propia empresa. Se ha preocupado por mí durante mucho tiempo y ha sido un gran apoyo en muchos aspectos.
Él la escuchaba atentamente y aunque parecía que no le afectaba en absoluto, ella tenía una sensación de que estaba incómodo y tenso.
– Me alegro por tí y porque hayas encontrado la felicidad en un hombre tan completo- dijo mientras evitaba su mirada.
– Gracias -dijo ella haciendo un pequeño silencio- si es muy completo- cogió mucho aire y dijo- Pero no eres tú.
Y fijó su mirada en él; e inmediatamente él se la devolvió. Permanecieron así unos segundos, hablando con la mirada y con las sonrisas, hasta que él cogió su mano.
– Yo….- Intentó decir.
Ella le interrumpió.
– Lo tengo muy claro, siempre lo he tenido. Si tú también lo tienes, empecemos de cero. Será lo mejor.
Él asentía mientras la miraba con los ojos brillantes.
-Tienes razón. Empecemos de cero.
Y así lo hicieron.
Ese día, se despidieron con un nuevo primer beso, cargado de nuevos sentimientos,nuevas caricias, nuevos sueños…
Fue el día 0.

Hizo varias pruebas y no se veía con ninguna y se decidió por ser ella misma.
Escogió unos vaqueros y un suéter azul de escote bardot, sin tacones, sin pintar con un poco de perfume y con el pelo suelto. Ningún tipo de joya, más que lo que habitualmente llevaba. Ella era así, y era perfecta. No necesitaba impresionar a nadie. Y quien la quisiese lo haría por ser lo que era.
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Su historia


-¿Cuándo nos conocimos? – Le pregunto a él mientras  se escondía entre sus brazos.
-No sé realmente cuándo me conociste tú a mí; si tengo claro el día que yo te conocí a tí. Iba buscando información para un proyecto y allí estabas tú. Me pareciste muy dulce y con una luz especial y me encantó tu sonrisa cuando saliste de aquel despacho.
-¡Ah! Fue aquel día. Recuerdo que venías acompañado, pero el resto está todo cómo en una nube. La verdad que porque me dices que eras tú…
Tiempo atrás los presentaron. Pero no se habían vuelto a ver.Quizás coincidieron por la calle, o se cruzaron en una escalera. O cuando uno entraba por una puerta, el otro salía por otra. O quizás nada de eso ocurriese.
Pero el destino los unió.
Él era un chico agradable y gracioso, alguien con quien poder hablar de todo; aparentemente tranquilo, aunque cuando se ponía nervioso sus manos lo delataban. Era muy hablador y había tenido que ser muy fuerte en la vida.
Ella era paz, sueños e ilusión. Era valiente y decidida, cabezota, con las ideas muy claras. También era intensa a la hora de amar, quizás por eso había sufrido tanto.
Empezaron a tener que verse frecuentemente.
Hubieron bailes, bromas, risas y lo principal: conexión entre ellos.
Luego llegaron las miradas cómplices, el beso especial en la mejilla en las despedidas, la forma tan sutil y delicada de sujetar su cintura para dejarla pasar…. Y se enamoró.
¿Quién le iba a decir a ella, que se iba a volver a enamorar? Y además de esa manera, cuando se había repetido una y otra vez que no iba a volver a amar.
Solamente que ese no era amor a primera vista. Era ese que llega cuando menos lo esperas. Era el amor de cuando pierdes el miedo y vives. No era el primero, y aún así era el más bonito. Porque en él había encontrado todo lo que siempre había buscado en un compañero: dulzura y pasión dependiendo del momento, comprensión, dedicación, escucha… Y esa expresión de sus ojos cuando la miraba. Con él podía ser mujer, amiga, amante o incluso niña.
Era un amor que se forjó día a día con pequeños detalles, con eternas charlas, con excusas para verse, con infinidad de besos.
Era un amor que había conseguido derribar muros y saltar barreras que ambos habían construido.
Era un amor con tantas sensaciones, con tantos sentimientos que cada caricia parecía nueva, cada beso le hacía estremecer, su olor le hacía soñar y su voz le daba tranquilidad.
Era una historia de amor con días intensos en los que la pasión y el deseo los desbordaba; donde el mundo desaparecía entre sus manos entrelazadas. Y era días de paz dónde soñar con un futuro juntos, con paseos al atardecer recorriendo la ciudad cogidos de la mano y luchando unidos.
Era perfectamente imperfecto, tanto que no podía ser real.
No hubieron peleas, ni desencuentros, ni nada malo. Únicamente un adiós desconcertante.
Los miedos de él y la seguridad de ella. Los miedos de ella y la seguridad de él.
El día a día, los problemas añadidos, las circunstancias…… O simplemente tenía que ser así.
Y la historia terminó.
Se vieron alguna que otra vez durante los siguientes meses, y el amor que sentía ella no desaparecía. Seguía notando la conexión,  seguía viendo en sus ojos algo, seguía percibiendo nerviosismo en sus manos cuando hablaban. ¿Era producto de sus ilusiones y deseos o era real?
Un viaje, un cambio de trabajo y la vida, los distanció más. Pero ella no conseguía olvidar, ni dejar de sentir, ni de soñar. Algo tenía que hacer.
Y decidió borrar todo el rastro y empezar de cero.
El destino los unió una vez, si estaban hechos para compartir la vida, el mismo destino los volvería a reunir.

Era una historia de amor con días intensos en los que la pasión y el deseo los desbordaba; donde el mundo desaparecía entre sus manos entrelazadas. Y era días de paz dónde soñar con un futuro juntos, con paseos al atardecer recorriendo la ciudad cogidos de la mano y luchando unidos.