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La Pastelería 2

Hacia un tiempo que había dejado de esperar, ya no creia en el amor, en las historias bonitas ni en las personas especiales. Eso sólo pasaba en el cine, en la TV y en las novelas que había dejado de ver y leer. Nunca en la vida real.

Todo eso del destino le parecía ahora una bobada, a pesar de lo que había ocurrido la semana anterior. De su encuentro del viernes con aquel chico tan… No lo iba a catalogar, por todas las decepciones que había experimentado. Incluso pasados los dias y fríamente, se planteaba si acudiría al encuentro. Desde la distancia todo lo veía y sentía diferente. Dudaba de la magia.

Por eso conforme se acercaba el viernes le daba más y más vueltas a qué iba a hacer. ¿No ir? Y no tener su viernes, ya fuese sola o acompañada en su rincón especial. Quizás aquello pasó en un universo paralelo y no lo volvería a ver, inventó para ponerse una coraza. También podía ir y ojear desde fuera si aquel chico acudía…. El podría estar en la misma situación que ella. ¡Nooo! Ella era decidida. Iría y le daría otra oportunidad a lo que tuviese que pasar. Tampoco pondría ninguna etiqueta.

Y el viernes llegó. Como cualquier otro se preparó. Eligió ropa cómoda, algo que le hiciese sentir bien, sin que pareciese que iba a una especie de cita. Y en lugar de su portátil, un libro que hacía poco le habían dejado, y que daba la casualidad que hablaba de la «magia» entre las personas. Era su comodín, por si aquel día pasaba a ser uno más.

Salió de casa un poco apurada por la hora. Así con prisa no pensaría demasiado en aquella tarde, en aquel encuentro, en aquel chico. No escucharía música por si alguna canción alteraba su estado de ánimo, que era una mezcla entre nervios huyendo del miedo, dudas de la mano de la intriga, ilusión intentando saltar barreras… Vamos un cóctel de emociones del que podía salir cualquier sentimiento.

Llegó a la puerta de la pastelería y allí no había nadie. Una sensación de alivio la inundó y respiró con fuerza soltando el aire que retenía en sus pulmones desde hacía unos segundos. Así se evitaba otro mal trago, ya que lo de aquel chico le había parecido demasiado ¿especial?
-Sin etiquetas, por favor- se dijo a sí misma. Y con el libro en la mano y pensando en el significado de la magia entró.

-¡Buenas tardes!- dijo sonriendo – Esta tarde me apetece un té verde y…
-¡Buenas tardes!- dijo una voz que salía de su rincón- ¿Pides sin mi?
-¡Oh! –  giró la cabeza hacia la voz y se quedó en silencio sin saber que decir – Al no verte en la puerta pensaba que no habías venido – añadió un poco apurada.
-Quedamos mismo sitio y hora… – sonrió él tranquilamente – y fue en aquel rincón- dijo señalando hacia la columna.

Ella sonrió discretamente y ambos pidieron antes de sentarse  en aquella mesa, que en aquella ocasión tenía un mantel a rayas rojas y blancas y como flor del día margaritas blancas.

La conversación que empezaron fue tan natural como la primera vez. La tranquilidad que le transmitía, hacia que su mente se quedase en blanco y que el pasado quedase en el olvido y el futuro no importase demasiado. Sólo importaba ese momento. Escuchaba atentamente cómo había ido su semana y la mezcla de sensaciones que había tenido conforme se acercaba el viernes. El hecho que él le contase con total naturalidad todo lo que había pensado con respecto al encuentro del viernes y que había incluido en su rutina le hizo sonreír y no sentirse tan rara y negativa. Ella empezó a detallarle su semana y también reconoció el comecocos que había tenido. Y sin dejar de sonreír le guiñó un ojo.

El tiempo pasó rápido y sin darse cuenta, entre anécdotas cotidianas, proyectos para la semana próxima, comidas, aficiones, música…  Hablaron de tantos temas, era tan fácil y agradable la conversación, que cuando escucharon de nuevo que iban a cerrar la pastelería, se rieron a carcajadas mientras se miraban.

– De nuevo ha volado el tiempo, ya me dirás cómo haces esa magia- dijo él.
– Magia, ¿crees en la magia? – dijo ella con gesto de sorpresa y sin dejar de sonreír. Aquella palabra volvía a aparecer en su vida.
– Creo en muchas cosas, pero eso lo dejo para otro día. ¿Te parece?
– Me parece…. -hizo una pequeña pausa para   darle emoción al momento- BIEN. Mismo sitio, el viernes próximo, ¿no? Y ahora ya sé que  será dentro – recordó avergonzada.
– Por esta vez te lo perdono- bromeó él.

Caminaron por la calle dirección a casa de ella como hacía una semana habían hecho. La charla continuaba; daba igual que hablasen del tiempo, de las fincas, del tráfico o de lo que surgiese, ya que aunque no estuviesen de acuerdo en algo escuchaban los motivos del otro. Llegaron a la esquina de la floristería, la de la despedida.

– Aquí estamos otra vez.- dijo ella mientras le miraba- Me alegro de haber venido al final.
– Decisión acertada, la verdad – añadió él- Quedamos en darnos los teléfonos hoy, pero he cambiado de idea. – comentó el poniendo un gesto serio.
Ella lo miró un poco desconcertada.
– ¡No es que no lo quiera! -dijo rápidamente y con sonrisa pícara- quiero que la magia se prolongue una semana más.
– Magia – repitió ella- bonita palabra.

Se despidieron con otro beso dulce en la mejilla, cerca de la comisura de los labios y emprendió, de nuevo, su marcha mientras caminaba hacia atrás y la miraba sonreír.

Por eso conforme se acercaba el viernes le daba más y más vueltas a qué iba a hacer. ¿No ir? Y no tener su viernes, ya fuese sola o acompañada en su rincón especial. Quizás aquello pasó en un universo paralelo y no lo volvería a ver, inventó para ponerse una coraza. También podía ir y ojear desde fuera si aquel chico acudía…. El podría estar en la misma situación que ella. ¡Nooo! Ella era decidida. Iría y le daría otra oportunidad a lo que tuviese que pasar. Tampoco pondría ninguna etiqueta.

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Caos


Mi cabeza no paraba.
Pensamientos caóticos me inundaban en cualquier momento: cuando el silencio era más que evidente, al bajar el ritmo de mis actividades, en mis sueños. Ideas que se repetían una y otra vez, pasando de una a la otra. Para silenciar una, surgía la otra.

Era lógica pero irracional, en la que hablaba la parte más inconsciente de mi cerebro, esa que me negaba a ver. Esa que a gritos pedía ser escuchada antes de volverla a callar. Porque me hacía ver, entender todo lo que ocurría desde otro punto de vista; aunque quizás eso tampoco fuese real.

No quería escuchar a mi cabeza, porque decía lo contrario a lo que sentía y algo dentro me decía que las sensaciones eran las correctas y no lo que fabricaba mi mente.

– Todo está bien, todo está bien, todo está bien- pensaba una y otra vez.
Y al momento todos mis fantasmas, mis miedos, mi dolor volvían a aparecer.

– No lo entiendo, no entiendo la actitud. Ese sí pero no. La falta de claridad para algunas respuestas y la actitud cuando hablamos. Aunque claro, con aquello que pasó… ¿Cómo pude permitir que aquello me afectase, nos afectase?¿Cómo no me di cuenta? Claro, vivía inmersa en lo que no debía. Tenía resentimientos que me ocasionaban un lastre emocional. Tenía cicatrices no curadas. Intenté algo que no podía ser y que pertubaba mi presente. Busqué un imposible y eso me hizo no ser libre, vivir medio atrapada en el pasado.

Pongo música, pero no soporto escuchar nada. Mis pensamientos son más fuertes y hacen que sólo quiera silencio para seguir pendiente de ellos. Son los que me dominan en ese momento.

– Encima con todos los cambios que quería -mis pensamientos vuelven a ser autónomos- más lío, poco tiempo, estrés, cansancio y desgana. Pensando en el futuro y sin vivir el presente. Pero aún así, ¿Por qué no lo dijo?
– Bueno tranquila, no lo pienses que todo está bien…
– Y si está bien ¿Por qué me siento así? ¿Por qué se repite en mi cabeza una y otra vez? Ya está, es la experiencia dolorosa que sufrí, que me marcó más de lo que era consciente y que ahora viene a cobrar la factura. Todo por no haberme plantado, todo por intentar entender a los demás, todo por no tomar distancia cuando debía…
– ¡Qué injusto todo!
– De esta aprendo, aunque eso ya lo dije hace un tiempo y he vuelto a verme en una situación que no me gusta.

Respiro rápido e intento ralentizar el ritmo para intentar permanecer tranquila. Aunque puedo notar como los pensamientos van de una parte a otra de mi cabeza una y otra vez, cómo si de una competición se tratase, viendo cuál da más vueltas y más rápido.

– Sólo quiero estar tranquila  y vivir en paz… He intentado todo, y aún así no lo consigo. Quizás es que no quiero que sea así y soy yo la que pone trabas y busca excusas… Pero… He dicho, he hecho, he movido… Y nada. Quizás si… Bueno ya has hecho todo lo que estaba en tu mano, para bien o para mal. Ahora toca que el tiempo lo ponga todo en su lugar, así que tranquila. Todo lo que tenga que pasar ocurrirá en el momento preciso, ni antes ni después – intento dar tranquilidad a mis ideas- No te desesperes y mantén la calma
– Pero… ¿Por qué…?¿Y si…? Silencio- me digo – No lo pienses más que no sirve de nada. Pero… – las preguntas quieren volver a mandar- ¡Shhhhhh! Silencio, cambia el pensamiento. Estás aquí y ahora; es lo que te tiene que importar. Lo demás no te sirve para nada, hay circunstancias que no dependen de tí. Y lo que sí depende es controlar tus ideas y eso lo puede hacer.
-¡De acuerdo! Crearé nuevas ideas, nuevas ilusiones. Volveré a pintar mi mundo de colores. Soñaré, viviré y disfrutaré. Sé que puedo y así lo haré.

Me duele la cabeza, me cuesta respirar un poco, estoy cansada de tanto pensar.
Las ideas han desaparecido por fin. Soy capaz de volver a escuchar música, de ver la TV, incluso de leer.

He guardado en el rincón más recóndito de mi mente todo lo que no me permite estar bien, confiando en que tardará en salir.

Pongo música, pero no soporto escuchar nada. Mis pensamientos son más fuertes y hacen que sólo quiera silencio para seguir pendiente de ellos. Son los que me dominan en ese momento.