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La chica desconocida

Se fijó en aquella chica un viernes unas semanas atrás, cuando cansado y saturado del trabajo decidió respirar aire puro y abrió la ventana de la oficina. Entre toda la gente que caminaba por la calle, Ella, tan sencilla, tan natural, tan…. distinta. La observó mientras recorría la calle por la acera enfrente de su oficina situada en un primer piso. Aquel día desconectó del mundo y conectó con ella.

La semana siguiente transcurrió con normalidad, incluso el viernes era normal, libre del estrés de la semana anterior. En un momento, algo dentro de su cabeza cobró vida, un recuerdo, una sensación: Ella, la chica de la anterior semana. Lo normal era no volver a verla, fue sólo ese momento. Pero ¿Y si volvía a pasar por allí de nuevo? Lo tenía que probar, tampoco perdía nada.

Intentó recordar la hora a la que se había asomado, serían sobre las 5 cuando se asomó y ahora eran las 3. Tenía 2 horas por delante, que se le hicieron eternas, aunque no se quería reconocer a si mismo el por qué. Unos minutos antes de la hora, decidió asomarse. – Por si acaso-, pensó.

Curioseaba a las personas que pasaba por allí. Miraba atentamente, no quería despistarse y no verla. La gente continuaba caminando en ambos sentidos. No sabía cuánto tiempo había pasado. Estaba apunto de cerrar la ventana cuando la vio. Ahí estaba de nuevo. Esta vez se fijó en más detalles: su melena recogida con una pinza, su cuerpo pequeño pero proporcionado, su manera de andar, su forma de vestir.

Las semanas siguientes siguió con su ritual. Con sus ganas de asomarse para poder ver a la chica desconocida. Cada vez quería saber más de ella y fantaseaba con la posibilidad de conocerla. Pero, ¿Cómo se iba a acercar? No podía bajar a la calle, decirle que llevaba varias semanas observándola, quedaría como un obseso o un psicópata. Él no era nada de eso. Nunca antes había espiado a nadie. Simplemente sabía que quería conocerla e iba a pensar cómo. Debía perfilar un buen plan para el cual necesitaría dos o tres semanas. No le importaba.

Llegó de nuevo el viernes y empezó a poner su idea en práctica. Sabía la hora a la que pasaba, que giraba en la siguiente esquina, la que tenía una barbería. Después de eso, lo desconocía. Ese día él estaría allí, para así intentar averiguar la siguiente parte del recorrido que hacía.

Conforme se acercaba la hora se puso nervioso. Era consciente que iba a estar más cerca de ella. La iba a poder ver te frente y estando a la misma altura. Debía evitar mirarla mucho aunque no sabía si lo podría conseguir.

Sacó su teléfono, para intentar disimular. Estaba parado en la esquina, de perfil, apoyado en un árbol y mirando al final de la calle, cuando la vio acercarse. Ella, venía por la calle y miraba con ternura un perro enganchado en la puerta de un comercio. Rápidamente volvió a mirar al frente. No sabía qué hacer. La chica desconocida estaba cada vez más cerca.

Giró la esquina y continuó por la misma acera.Tras alejarse unos pasos, decidió ver hasta dónde iba. Mientras caminaba tras sus pasos, la cabeza luchaba entre la locura y el sentido común.
– ¿Cómo te pones a seguir a una chica a la que llevas observando varias semanas?- decía el Sentido Común.
– No estás haciendo nada malo. Te impactó y te gustaría conocerla. – replicaba la Locura.

Una manzana más allá y en la misma calle, se paró y entró en algún lugar. Esa zona no la conocía. Desconocía lo que allí había. Siguió andando para averiguarlo. Cuando pasó por delante, vio una especie de cafetería Se notaba que era un negocio familiar, muy bien cuidado y con una buena variedad de tes y cafés, además del olor a bollería recién horneada. Le pareció un sitio acogedor. Pero, ¿Dónde estaba ella? Se le ocurrió pensar que quizás trabajaba allí y se estaría cambiando. Eso lo averiguaría la semana siguiente, ese día ya se daba por satisfecho.

La semana se le hizo eterna, y tal y como dice el dicho: El que espera desespera.

Hay otro dicho que dice: todo pasa y todo llega. Así que un nuevo viernes llegó. Ese día no iba a bajar a la calle. Acudiría directamente donde ella estaba, eso sí con un tiempo de margen para darle tiempo a cambiarse y empezar su jornada de trabajo. Se haría cliente habitual y así semana tras semana cogería confianza con ella. Valoraría si existía conexión entre ellos, ya que él no era un hombre de emociones.

Salió de su oficina y emprendió el camino tranquilamente, mientras pensaba todas las posibilidades de aquel encuentro. Unos metros antes paró. Respiró hondo. Se acomodó la ropa y se arregló un poco el pelo con las manos. Entró.

Era un lugar pequeño, pero con encanto. Tras el mostrador había una mujer mayor de aspecto amable. Ni rastro de la chica. Por unos instantes pensó en salir, pero la mezcla del olor entre café y bollería era tan bueno qué se tomaría algo ya que las circunstancias le habían llevado hasta allí. Pidió un café y se sentó en una butaca muy cómoda. Mientras esperaba a que le sirvieran ojeó el interior del local. Las pocas mesas que habían estaban ocupadas y no le extrañaba. Aquel lugar tenía encanto. En una de las mesas vio sentada a la chica. Entendió por qué no la había visto desde fuera y supo que hacer el último día de su plan.

Ese viernes llegó antes que ella y se sentó en la misma mesa en la que ella lo hizo la última semana. Miró a su alrededor. La decoración que habían utilizado: colores suaves en las paredes con fotos de parajes naturales, mesas redondas estilo parisino y en lugar de sillas, unas pequeñas y cómodas butacas; manteles de tela de varios colores y una flor natural en cada mesa que cambiaban a diario. Y una mesa oculta a la vista.

Él vio cómo la chica recorría los escasos metros que le quedaban hasta la mesa mientras iba abriendo una cremallera para sacar algo de su bolsa. Al llegar a la mesa paró de repente. Ambos se miraron y tuvo la sensación de conocerla toda la vida.

– Eh…. Hola- musitó ella con voz un poco tímida.
– Buenas tardes- contestó él con voz profunda.
– Vaya, no esperaba encontrar a nadie sentado, ya que la que suele estar ahí sentada soy yo -y sonrió con dulzura.
– Me ha aparecido un rincón muy tranquilo y he querido aprovecharlo -contestó él con otra sonrisa- pero me levanto y me cambio.
– Bueno, me sabe mal tú has llegado antes.
– Y, ¿Si te sientas conmigo? Sé que no nos conocemos, aunque algo dentro de mí me dice que sí que te conozco.
Ella se sonrojó y contestó: – Esa misma sensación he tenido yo- Y apartando la silla se sentó con él, mientras se presentaba.

Así se conocieron en La Pastelería.

La decoración que habían utilizado: colores suaves en las paredes con fotos de parajes naturales, mesas redondas estilo parisino y en lugar de sillas, unas pequeñas y cómodas butacas; manteles de tela de varios colores y una flor natural en cada mesa que cambiaban a diario. Y una mesa oculta a la vista.


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La Pastelería 2

Hacia un tiempo que había dejado de esperar, ya no creia en el amor, en las historias bonitas ni en las personas especiales. Eso sólo pasaba en el cine, en la TV y en las novelas que había dejado de ver y leer. Nunca en la vida real.

Todo eso del destino le parecía ahora una bobada, a pesar de lo que había ocurrido la semana anterior. De su encuentro del viernes con aquel chico tan… No lo iba a catalogar, por todas las decepciones que había experimentado. Incluso pasados los dias y fríamente, se planteaba si acudiría al encuentro. Desde la distancia todo lo veía y sentía diferente. Dudaba de la magia.

Por eso conforme se acercaba el viernes le daba más y más vueltas a qué iba a hacer. ¿No ir? Y no tener su viernes, ya fuese sola o acompañada en su rincón especial. Quizás aquello pasó en un universo paralelo y no lo volvería a ver, inventó para ponerse una coraza. También podía ir y ojear desde fuera si aquel chico acudía…. El podría estar en la misma situación que ella. ¡Nooo! Ella era decidida. Iría y le daría otra oportunidad a lo que tuviese que pasar. Tampoco pondría ninguna etiqueta.

Y el viernes llegó. Como cualquier otro se preparó. Eligió ropa cómoda, algo que le hiciese sentir bien, sin que pareciese que iba a una especie de cita. Y en lugar de su portátil, un libro que hacía poco le habían dejado, y que daba la casualidad que hablaba de la «magia» entre las personas. Era su comodín, por si aquel día pasaba a ser uno más.

Salió de casa un poco apurada por la hora. Así con prisa no pensaría demasiado en aquella tarde, en aquel encuentro, en aquel chico. No escucharía música por si alguna canción alteraba su estado de ánimo, que era una mezcla entre nervios huyendo del miedo, dudas de la mano de la intriga, ilusión intentando saltar barreras… Vamos un cóctel de emociones del que podía salir cualquier sentimiento.

Llegó a la puerta de la pastelería y allí no había nadie. Una sensación de alivio la inundó y respiró con fuerza soltando el aire que retenía en sus pulmones desde hacía unos segundos. Así se evitaba otro mal trago, ya que lo de aquel chico le había parecido demasiado ¿especial?
-Sin etiquetas, por favor- se dijo a sí misma. Y con el libro en la mano y pensando en el significado de la magia entró.

-¡Buenas tardes!- dijo sonriendo – Esta tarde me apetece un té verde y…
-¡Buenas tardes!- dijo una voz que salía de su rincón- ¿Pides sin mi?
-¡Oh! –  giró la cabeza hacia la voz y se quedó en silencio sin saber que decir – Al no verte en la puerta pensaba que no habías venido – añadió un poco apurada.
-Quedamos mismo sitio y hora… – sonrió él tranquilamente – y fue en aquel rincón- dijo señalando hacia la columna.

Ella sonrió discretamente y ambos pidieron antes de sentarse  en aquella mesa, que en aquella ocasión tenía un mantel a rayas rojas y blancas y como flor del día margaritas blancas.

La conversación que empezaron fue tan natural como la primera vez. La tranquilidad que le transmitía, hacia que su mente se quedase en blanco y que el pasado quedase en el olvido y el futuro no importase demasiado. Sólo importaba ese momento. Escuchaba atentamente cómo había ido su semana y la mezcla de sensaciones que había tenido conforme se acercaba el viernes. El hecho que él le contase con total naturalidad todo lo que había pensado con respecto al encuentro del viernes y que había incluido en su rutina le hizo sonreír y no sentirse tan rara y negativa. Ella empezó a detallarle su semana y también reconoció el comecocos que había tenido. Y sin dejar de sonreír le guiñó un ojo.

El tiempo pasó rápido y sin darse cuenta, entre anécdotas cotidianas, proyectos para la semana próxima, comidas, aficiones, música…  Hablaron de tantos temas, era tan fácil y agradable la conversación, que cuando escucharon de nuevo que iban a cerrar la pastelería, se rieron a carcajadas mientras se miraban.

– De nuevo ha volado el tiempo, ya me dirás cómo haces esa magia- dijo él.
– Magia, ¿crees en la magia? – dijo ella con gesto de sorpresa y sin dejar de sonreír. Aquella palabra volvía a aparecer en su vida.
– Creo en muchas cosas, pero eso lo dejo para otro día. ¿Te parece?
– Me parece…. -hizo una pequeña pausa para   darle emoción al momento- BIEN. Mismo sitio, el viernes próximo, ¿no? Y ahora ya sé que  será dentro – recordó avergonzada.
– Por esta vez te lo perdono- bromeó él.

Caminaron por la calle dirección a casa de ella como hacía una semana habían hecho. La charla continuaba; daba igual que hablasen del tiempo, de las fincas, del tráfico o de lo que surgiese, ya que aunque no estuviesen de acuerdo en algo escuchaban los motivos del otro. Llegaron a la esquina de la floristería, la de la despedida.

– Aquí estamos otra vez.- dijo ella mientras le miraba- Me alegro de haber venido al final.
– Decisión acertada, la verdad – añadió él- Quedamos en darnos los teléfonos hoy, pero he cambiado de idea. – comentó el poniendo un gesto serio.
Ella lo miró un poco desconcertada.
– ¡No es que no lo quiera! -dijo rápidamente y con sonrisa pícara- quiero que la magia se prolongue una semana más.
– Magia – repitió ella- bonita palabra.

Se despidieron con otro beso dulce en la mejilla, cerca de la comisura de los labios y emprendió, de nuevo, su marcha mientras caminaba hacia atrás y la miraba sonreír.

Por eso conforme se acercaba el viernes le daba más y más vueltas a qué iba a hacer. ¿No ir? Y no tener su viernes, ya fuese sola o acompañada en su rincón especial. Quizás aquello pasó en un universo paralelo y no lo volvería a ver, inventó para ponerse una coraza. También podía ir y ojear desde fuera si aquel chico acudía…. El podría estar en la misma situación que ella. ¡Nooo! Ella era decidida. Iría y le daría otra oportunidad a lo que tuviese que pasar. Tampoco pondría ninguna etiqueta.

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Un sueño…


– Aún le importas…. – le dijo su amiga cuando lo vio aquel día.
Llevaba un tiempo queriendo decírselo. No sabía si era consciente de esa realidad.
Él permaneció en silencio.
– Desconozco qué te pasa, qué sientes. Quizás tienes miedo y piensas que ella te ha olvidado. Por eso te cuento cómo están las cosas, por si te sirve para algo. Y si necesitas que te ayude, cuenta conmigo.
Aquel día, ella empezaba sus vacaciones. Se había propuesto hacer un viaje, ordenar en casa, ver a la gente que le importaba. Pero no ese primer día. Tocaba relax.
Se permitió el lujo de desconectar el despertador y levantarse cuando quisiese. Iría a hacer la compra y por la tarde dar una vuelta con su amiga, sin hora prevista de volver. ¡Para eso están las vacaciones!
La temperatura era buena en marzo y apetecía notar los rayos del sol. Por eso decidieron quedar a primera hora de la tarde. Lugar: el centro. Lleno de terrazas donde tomar algo y de parques donde sentarse a hablar tranquilamente, cómo el del Parterre, con aquel magnífico ficus centenario.
La tarde empezaba a caer y tenía ganas de llegar a casa, pero cada vez que lo intentaba, su amiga encontraba una excusa para evitar que se fuese. Al final lo consiguió, no sin antes parar a comprar una botella de vino, para la cena improvisada que habían organizado al día siguiente; y accediendo a que la acompañase de vuelta.
Llegaron por fin a casa. Su amiga le dijo que subía con ella y se marchaba.
Dió las 4 vueltas de la cerradura de casa y abrió la puerta.
Enseguida notó el olor a incienso que salía de la casa, una tenue luz del salón y algo de música tranquila. Un poco asustada e intrigada miró a su amiga que le dedicó una sonrisa pícara a la vez que serena. Le guiñó un ojo, le dió un fuerte abrazo y le dijo susurrando en su oído:
– Tu deseo se ha hecho realidad, te lo mereces. Disfrútalo.
Y se fue.
Cerró la puerta de casa. Dejó la mochila y la chaqueta en la entrada y se dirigió al salón, pensando en cómo y cuándo habían organizado todo. ¡Qué más daba, con una sorpresa como esa!
Asomó la cabeza por la puerta y allí lo vio sentado, un poco nervioso mirándola.
Enseguida sus ojos se desviaron al suelo. ¡No podía creer lo que allí veía! Empezaba a entender todo lo que había pasado aquella tarde.
La alfombra estaba completamente rodeada de pequeñas velas que con sus llamas alumbraban aquella habitación. En una esquina una lámpara de cristales de inspiración árabe que completaba la iluminación.
A un lado de la alfombra, almohadones. Al otro dos copas de vino.
Él se levantó en silencio y cogiéndole la mano la guió al centro de la alfombra, con mucho cuidado para que las velas no se apagasen.
Sólo se escuchaba la música, ya que ellos utilizaban otro lenguaje.
La abrazó con intensidad, la besó con pasión, la miró con ternura. Ella le respondió con la misma intensidad, la misma pasión y ternura.
Abrazados, bailaron al ritmo de la música que sonaba de fondo.
En silencio se miraron y besaron. En silencio se desvistieron.
Para amarse de nuevo, sobre aquella alfombra y bajo la tenue luz de las velas.

La alfombra estaba completamente rodeada de pequeñas velas que con sus llamas alumbraban aquella habitación. En una esquina una lámpara de cristales de inspiración árabe que completaba la iluminación.
A un lado de la alfombra, almohadones. Al otro dos copas de vino.

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Simplemente Ella


Una nube de vaho inundaba el cuarto de baño, cuando abrió la cortina después de la ducha con agua muy caliente. La necesitaba. Se puso el albornoz y una toalla en el pelo.
Se miró en el espejo empañado; así permaneció unos minutos pensando en quién era. No se veía con claridad y era así cómo se sentía. No terminaba de encontrarse.
Limpió un poco con la manga del albornoz para intentar verse mejor…. Y se encontró con sus propios ojos. Y allí en el fondo de su mirada intensa y triste volvió a ver un poco de lo que había sido: esa mujer alegre y soñadora, de espíritu joven; aquella mente inquieta y traviesa; una superviviente, una luchadora incansable.
El espejo se volvió a empañar, y volvió a limpiarlo, esta vez por completo, para que no volviese a desaparecer su imagen.
Con el albornoz y la toalla enrollada en el pelo, continuó buscando en su reflejo, mirando cada detalle de su cara: su frente un poco fruncida, sus ojos cansados, su sonrisa escondida. Y decidió que lo iba a cambiar, que la tristeza no le sentaba bien.
Se quitó el albornoz y la toalla del pelo. Ahora se miraba desnuda y despeinada. Y se sintió orgullosa de sus imperfecciones porque al fin y al cabo eran suyas. Ella era lo que veía. Sus brazos no tan fuertes como antes le ayudaban a coger peso de todos modos. Sus piernas más hinchadas la llevaban donde quería. Su piel no tan tersa la había acompañado toda su vida. Su pelo con algunas canas reflejaba todo lo vivido. Cada parte de su cuerpo merecía ser admirada por todo lo que le había dado y porque siempre había estado ahí.
Era el momento de volver a cuidarse y volver a ser ella, con su luz y su magia; con su sonrisa cautivadora, con vida en su mirada; con ilusiones nuevas y sabiendo que tarde o temprano conseguiría todo lo que quisiese. Todo lo que se propusiese.
Primero miró su físico, ya que es lo primero que vemos en los demás e incluso en nosotros mismos.
Ahora, iba a buscar en su interior la parte más personal, más íntima. La que sólo unos pocos llegan a conocer por completo, ya que no se lo mostramos a cualquiera.
Para eso no necesitaba un espejo.
Entró en su habitación y sacó un pijama del cajón. Dudó cual ponerse y se dejó llevar. No eligió el más nuevo, sino uno que tenía desde hacía unos años.
Miró a su alrededor. Recorrió todo su hogar fijándose en todos los detalles. Estaba orgullosa.
Había aprendido mucho de ella misma estando sola. Se había dado cuenta de todo lo que era capaz, que lo cotidiano lo podía hacer. Que para lo más complicado podía encontrar apoyo… o aprender a hacerlo por si misma y lo más importante, que no necesitaba a nadie para ser feliz; bueno sí, a ELLA.
Valía mucho y era consciente de ello.
Era decidida, se enfrentó a sus miedos, aprendió de sus errores, reconoció sus fallos y celebró sus victorias. Quería seguir aprendiendo y creciendo. Nada ni nadie la iba a limitar.
Tenía días llenos de actividades y compromisos. Otros de desconexión en los que podía hacer lo que le apeteciese ya que era dueña de si misma.
Sentada en el sillón y con la mirada fija en ninguna parte, pensó que volvería a tener algún día malo y que volvería a caer, pero era consciente que no se iba a rendir y que se volvería a levantar, porque había visto lo fuerte que podía ser.
Ella era capaz de reconstruirse una y otra vez.
Ella eres tú, soy yo, somos todas.

Se miró en el espejo empañado; así permaneció unos minutos pensando en quién era. No se veía con claridad y era así cómo se sentía. No terminaba de encontrarse.
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Su historia 2


Cambió su rutina, cambio las calles por las que habían andado juntos. Dejó de ir a los lugares que frecuentaban.
Cambió todo lo que puedo.
Aún así el destino le jugaba malas pasadas.
Cada vez que se recomponía a si misma y decidía que era el momento de olvidar, el destino hacía que se lo cruzase en algún lugar, por raro que resultase. Cada vez que sacaba fuerzas y decidía pasar página, algo ocurría que no le dejaba avanzar; cada vez que volvía a sonreír y a ser ella, algo la desestabilizaba; lugares, circunstancias o lo que fuese que le recordaba a él.
Era como si algo externo lo impidiese, era como si el universo entero se negase a que aquella historia de amor terminase.
¿Estarían unidos por el hilo rojo del destino? ¿O todo había sido una lección de vida?
De las veces que se veían casi nunca hablaban, cruzaban alguna palabra y poco más. O sólo se lanzaban un saludo con la mano, como si fuesen simplemente dos conocidos.
Ella ocultaba sus sentimientos, y por eso no hablaba casi con él, aunque lo que más deseaba era tener las cosas claras. Pero unos meses atrás decidió dejar de intentar hablar con alguien que no quería; quizás le costase tomar algunas decisiones, pero una vez lo hacía no había nada ni nadie que le hiciese cambiar de idea.
Nunca iba a volver a decir nada, nunca en primer lugar.
Él callaba y ella no sabía muy bien por qué. ¿Porque no sentía nada?¿Porque sentía demasiado? Quizás se escondía de sus sentimientos cómo ella.
Aquella última tarde que la casualidad los encontró, la voz con la que él se había dirigido a ella era muy dulce y con algún tipo de sentimiento a pesar que no dijeron nada personal; y cómo siempre le ocurría… el mundo dejaba de existir a su alrededor incluso en esos breves instantes.
Ella en esa ocasión se había mostrado fría; y evitó prolongar la conversación. Fue incapaz de mirarle a los ojos, por miedo a bajar su barrera… ¿Y si él pensaba que ya no le importaba a ella?¿Y si su actitud lo que hacía era alejarle?¿Por qué de todo lo que ocurría? Puede que nunca lo supiese.
De momento el destino, las circunstancias o lo que fuera que fuese, la mantenían así, con una falsa ilusión y sin tener muy claro que querían decir las señales que recibía.
Pero aquel fin de semana decidió que era el momento de salir de su estado pausado y recuperar su alegría y su ilusión por crear vivencias nuevas.
Organizó junto con su amiga un día de recuperación, programado desde primera hora y hasta la noche: lo primero el almuerzo para coger fuerzas, luego un buen paseo que eso siempre va bien; por supuesto comer en una terraza con sol y por la tarde ir a comprar algo para estrenar esa misma noche en la cena.
Además de dejar cerrado el tema del corazón: no más tristeza, no más pensamientos, sólo vivir.
-Lo último- le dijo a su amiga- es el tema del cumpleaños. Está tan cerca…
-¿Qué quieres hacer?- preguntó su amiga.
-Pues no lo tengo claro, una parte de mí quiere hacerlo; la otra dice que ni se me ocurra.
-Bueno, aún tienes tiempo. Piénsalo de aquí a que llegue y ya decides- dijo mientras la abrazaba para mostrarle su apoyo.
-Sí, eso haré.
Y el día continuó.
Dejaron de hablar de ello y se rieron recordando anécdotas, mirando fotos y planeando otros días. Lo único que las ideas suelen ser traicioneras: es relajarte, bajar la guardia y los pensamientos cobran vida propia.
Se despidieron no sin antes hacer la reserva para la cena y poner una hora para estar listas. Se volvieron a abrazar y cada una emprendió el camino hacia su casa.
Y el pensamiento volvió, mientras iba por la calle  hacia su coche ignorando todo a su alrededor.
-¿Le felicito o no lo hago?- y deshojaba la margarita mentalmente.
-Sí, porque me sentiré mal si no lo hago -razonaba.
-No, porque no voy a poder decir sólo Felicidades- justificaba.
Y entre tanto si o no, llegó a su casa.
Mientras habría la puerta del garaje para guardar el coche, tomó la decisión: no lo iba a hacer. No habían motivos suficientes para hacerlo y era su último pensamiento.
Paró el motor y se dispuso a bajar las bolsas que llevaba en el maletero.
Cogió su chaqueta para buscar las llaves y algo le cayó al suelo: un protector de labios que llevaba en el bolso. Cuando se agachó a cogerlo vio algo más en el suelo.
Fijó la vista y…. ¿Cómo era posible?
El colgante de un llavero estaba ahí. Justo el que él le regaló con las llaves de su casa. Ese que no sabía dónde estaba, y que unos meses atrás se había roto. Y apareció de repente.
¿Era otra señal del destino?
Al final le felicitaría…..

Pero aquel fin de semana decidió que era el momento de salir de su estado pausado y recuperar su alegría y su ilusión por crear vivencias nuevas.
Organizó junto con su amiga un día de recuperación, programado desde primera hora y hasta la noche: lo primero el almuerzo para coger fuerzas, luego un buen paseo que eso siempre va bien; por supuesto comer en una terraza con sol y por la tarde ir a comprar algo para estrenar esa misma noche en la cena.
Además de dejar cerrado el tema del corazón: no más tristeza, no más pensamientos, sólo vivir.
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La vida te da sorpresas


Las hojas secas y cobrizas caían de los árboles con el viento, señal inequívoca de que el otoño había llegado.
Cómo si de lluvia se tratase, empezó a dar vueltas sobre sí misma con los brazos extendidos. No le importaba que la mirasen, ni que pensasen que estaba loca; simplemente era feliz.
Giraba con los ojos cerrados y una sonrisa plácida, y se centraba en escuchar el ruido de las hojas bajo sus pies.
Algo hizo que los abriera, un murmullo; cuando lo hizo vio un grupo de niños pequeños que la miraban con los ojos muy brillantes; se notaba que querían hacer lo mismo que ella. Los niños tuvieron que continuar su caminata; muchos de ellos con la cabeza girada mirándola, y ella prosiguió con su peculiar baile disfrutando la vida.
Respiraba hondo, tratando de percibir el mínimo aroma y sonido que le brindase la naturaleza y notando como el sol calentaba su rostro.
Decidió finalizar sus giros y buscar cualquier otra cosa para vivir ese momento. Y al mirar enfrente vio a un chico sentado sobre el césped que la observaba.
-¿Te importa dar alguna que otra vuelta y te hago una foto? Es muy especial lo que transmites, es felicidad. Y como fotógrafo aficionado, es difícil captar algunas sensaciones. Contigo las he visto.
– Jajaja -, rio y volvió a girar.
Cinco o seis vueltas después paró de nuevo; estaba un poco mareada y se apoyó sobre sus piernas.
– ¿Así está bien?- preguntó al chico.
– Si, perfecto. Y muchas gracias, ya que hoy en día resulta difícil que alguien se deje fotografiar por un extraño. Por cierto me llamo Hugo
– Y yo, Rouse! Encantada- dijo con una inmensa sonrisa.
Se sentó en el césped cerca del chico.
– Así que fotógrafo aficionado…. Y ¿Qué más?
– Pues… Tengo un trabajo aburrido en un despacho, así que a la mínima que puedo salgo a disfrutar de la luz del día, o de la lluvia, o del viento. ¿Y tú?
– Estaba un poco cansada y he decidido cogerme un año libre. Quiero pensar muy bien lo que necesito y busco estar bien; no cómo estaba antes, desde luego.
– Interesante.
– Por cierto, ¿Me enseñas las fotos que me has hecho?
– No faltaba más, aunque se nota que soy aficionado..
– ¡Oye! – dijo Rouse incorporándose y poniéndose de rodillas – Me encantan ¿Y si damos un paseo por la zona y me haces alguna más?
– Es una gran idea, cuenta con ello.
Comenzaron a andar por la zona, un gran parque natural que recorría la ciudad de parte a parte. Se pararon en una zona de juegos infantiles, dónde volvió a ser una niña al balancearse en un columpio, mientras su pelo suelto ondeaba salvaje. Luego en la torre de cuerdas, donde se puso cabeza abajo con sus piernas enganchadas en la parte de arriba; también abrazando a un árbol y no podía faltar andar por encima de los charcos.
Una vez hubieron terminado, pararon en una terraza a tomar algo;y a ver todas las fotos que él había sacado.
Estaba maravillada del resultado. Todas le gustaban por algo; en unas salía sonriente, en otras con los ojos cerrados, despeinada y lo más importante, feliz.
– ¡Quiero más fotos! – exclamó entusiasmada. – Aunque por supuesto otro día. La sesión improvisada de hoy me ha encantado.
– Me parece estupendo, así me sirve para perfeccionarme, y quién sabe quizás algún día sea un fotógrafo famoso. Además que tú sabes transmitir muy bien.
– Podríamos quedar una vez al mes para nuestras sesiones, y en otras ocasiones para preparar lo que queramos hacer: tipos de deporte, sesión con animales, o incluso preparando comida. Seguro que será muy divertido.
– Me parece bien. Encantado Rouse.
– Encantada Hugo.
A partir de ese día, sus quedadas para hablar, sus sesiones de fotos, meriendas, risas y demás se repitieron semana tras semana, todos los meses durante muchos años.
Habían forjado una bonita y pura amistad.
¿Quién dice que un hombre y una mujer no puedan ser sólo amigos?

Comenzaron a andar por la zona, un gran parque natural que recorría la ciudad de parte a parte. Se pararon en una zona de juegos infantiles, dónde volvió a ser una niña al balancearse en un columpio, mientras su pelo suelto ondeaba salvaje. Luego en la torre de cuerdas, donde se puso cabeza abajo con sus piernas enganchadas en la parte de arriba; también abrazando a un árbol y no podía faltar andar por encima de los charcos.

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La canción, su canción


La melodía de aquella canción hacía que unas lágrimas recorrieran su rostro y era algo que no podía evitar. Con lo que siempre le había gustado, con lo bonita que era y ahora era incapaz de escucharla.
Sólo cuando fortuitamente la ponían en la radio, o algún músico callejero la interpretaba, hacía tripas corazón ya que no le quedaba otra.
Aquella canción le recordaba a él; al día en que aquella conversación, ella se la dio a conocer, y él después de escucharla, dijo que aquella letra significaba mucho y que decía muchas verdades; también al día que rompiendo su miedo y vergüenza se grabó bailando una parte de la que era su canción y le envió el vídeo….y a todo lo vivido.
¿Por qué tuvo que acabar aquello tan maravilloso?¿Por qué no conseguía olvidar y dejar de sentir? Había tantos por qué….
Y cada día luchaba contra sus sentimientos.
Una llamada de su amiga la sacó de ese momento dulce y amargo a la vez y la devolvió a la realidad.
-Hola, ¿qué haces? – se oyó al otro lado del teléfono.
-Voy de camino a casa – contestó con la voz aún emocionada.
– Vaya voz llevas, cuéntame qué pasa.
– Nada tranquila, he oído la canción y ya sabes lo que me pasa. Y sí, ya sé que tengo que olvidar, pero eres consciente que cada vez que lo intento algo ocurre y no lo consigo…
– Vale, te perdono con una condición -dijo su amiga al otro lado- vente ahora mismo a la playa y tómate algo conmigo. Y no valen excusas…. Ahora te mando la ubicación.
– Si te pones así – y sonrió un poco – Tardo una media hora.
– Te quiero bonita.
– I love you.
Colgó y continuó el camino a casa.
– A tomar algo ahora, con las pocas ganas que tengo.- pensaba- Lo he prometido y no le puedo fallar, siempre me ha apoyado y ayudado.
Y con sus divagaciones llegó a casa.
Subió y cogió algo de abrigo y las llaves del coche. Bajó al garaje y puso el coche en marcha, preparó en el móvil la ubicación y puso rumbo a ver a su amiga.
A las 6 de la tarde no había mucho tráfico; así que llegaría bien y podrían hablar hasta que quisiesen. Salvo del tema sentimental, ese estaba prohibido hoy.
Cuando llegaba al lugar donde habían quedado mandó un audio diciendo que en 5 minutos llegaba.
Aquella zona de la playa la conocía a la perfección, había pasado ratos allí con él; y esa pasarela de madera… Uf! Cómo olvidar aquella noche de verano, sentados en la arena mirando las estrellas y el mar. Él la abrazaba y podía oír como latía su corazón…
La tristeza se volvió a apoderar de ella aunque no quisiese.
– Tengo que ser fuerte, yo puedo- se repetía una y otra vez mientras cruzaba el paseo para dirigirse a la orilla.
Empezó a andar evitando pensar en los recuerdos y buscando a su amiga. Miraba por la orilla y no la veía. Y se preguntaba donde estaría. Su teléfono vibró y leyó un mensaje: «Llego enseguida, estoy cogiendo algo del coche. Espérame ahí».
– ¡Qué remedio!- pensó.- Espero que no tarde, no quiero pensar demasiado.
Y se sentó a mirar como las olas rompían en la orilla de la playa, mientras respiraba tranquilamente.
No había mucha gente paseando, un grupo sentados unos metros más allá que conversaban animadamente, alguna pareja paseando y los que hacían algo de deporte.
El sol iba bajando y su sombra alargada casi tocaba el agua.
Las maderas de la pasarela sonaban con unos pasos que se acercaban, ya había llegado su amiga; algo más escuchó y se quedó completamente quieta y en silencio; oía la melodía de aquella canción, qué se iba acercando cómo los pasos.
Cerró los ojos y las lágrimas comenzaron a brotar de ellos.
Su amiga se sentó tras ella y la abrazó. Seguía con los ojos cerrados y notó un olor que conocía a la perfección…. Y un abrazo distinto…. Y una voz que en su oído cantaba la letra de la canción.
Su corazón empezó a latir, y más lágrimas inundaron sus ojos.
Era él.
Se levantó y se arrodilló delante de ella que abrió los ojos para encontrarse con los suyos, que la miraban de esa manera que sólo él sabía. Muy dulcemente le quitó las lágrimas de los ojos y le besó la frente.
Le cogió las manos y mirándola a los ojos, recitó aquella frase de la canción…
– Quiero que camines el resto del viaje de la vida conmigo- dijo a continuación- nunca más me voy a separar de tí. Sé que lo has pasado mal por mí culpa, y sé que puede que no quieras volver a intentarlo aún, o que te haya perdido para siempre. Tenía claro que lo iba a intentar de todos modos, porque sé que por tí todo vale la pena.
Ella temblaba, y lo miraba. Su cabeza le repetía lo mal que aún lo estaba pasando. Pero su corazón gritaba con toda la fuerza que podía…. Y sus ojos también hablaban y muy claro.
Él con ternura acarició su rostro desde la sien hasta la barbilla, para luego recorrer sus labios con un dedo. Se acercó muy despacio, tanto que cada uno notaba la respiración del otro pero sin llegar a tocarla. Esperó la respuesta de ella, que no se hizo esperar y rozó sus labios. Se besaron mientras unían sus manos, para luego fundirse en un abrazo de esos en los que las almas se tocan.
Y se prometieron caminar juntos lo que les quedaba de vida.

Y con sus divagaciones llegó a casa.
Subió y cogió algo de abrigo y las llaves del coche. Bajó al garaje y puso el coche en marcha, preparó en el móvil la ubicación y puso rumbo a ver a su amiga.
A las 6 de la tarde no había mucho tráfico; así que llegaría bien y podrían hablar hasta que quisiesen. Salvo del tema sentimental, ese estaba prohibido hoy.

Conjunto El Rincón de Rouse Instagram.

Fotografía Akikio.chan Instagram


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Una cena especial


Cuando de repente miró el reloj y vio que eran las 7 de la tarde, se echó las manos a la cabeza; no sabía si le iba a dar tiempo a preparar todo lo que quería.
Rápidamente apagó el flexo del estudio y se dirigió a la cocina a encender el horno. Tenía media hora hasta que estuviese la cena preparada.
Fue al baño y mientras abría el agua para que el agua se calentase, conectó su teléfono al altavoz para poner una de sus listas de reproducción favoritas para la ducha; una que tenía un poco de todo, desde canciones bailables y muy actuales, a canciones más sentimentales y emotivas.
Entró en la bañera y echó la cortina.
Se colocó debajo de la ducha y empezó a notar como el agua caliente recorría su cuerpo. Cerró los ojos un instante mientras comenzaba a sonar una de esas canciones que tanto le hacían sentir. Siendo consciente del poco tiempo que le quedaba, y sabiendo que no se podía entrenetener, cogió aire y empezó a lavarse el pelo. Lo hizo dos veces, como de costumbre y luego se aplicó el acondicionador. Mientras este hacia efecto, eligió la espuma corporal que compró en Rituals y se enjabonó el cuerpo; el tacto de la espuma era increíblemente suave y pensó que hizo muy bien cuando decidió comprarla. Unos minutos después eliminaba todas las cremas y jabones de su cuerpo con el agua caliente que volvía a caer sobre ella.
Al salir lo primero que comprobó fue la hora; iba bien. Enrolló una toalla al pelo y enumeró lo que le faltaba por hacer; la próxima vez lo anotaría en una lista, pensó…
Abrió una puerta del mueble del lavabo y sacó la crema hidratante, que aplicó por todo el cuerpo. Se puso su bata con bordados chinos y se dirigió al salón.
Lo tenía todo preparado: los platos, las copas, las velas, el mantel y las servilletas, Sólo faltaba montarlo, dejar una luz tenue que acompañase las velas y poner la música ambiente….
Pipipi, pipipi, pipipi sonaba la alarma en la cocina. La cena ya estaba preparada y tenía que sacarla del horno.
Volvió al baño sin perder de vista el reloj y se empezó a secar el pelo, ya le quedaba menos… Al acabar se puso la crema facial y se pintó un poco, lo justo cómo solía hacer: resaltando más los ojos y poco los labios. Únicamente le faltaba la ropa.
Aquella noche se puso el vestido más sexy que tenía, con el que mejor se sentía, aquel que desde hacía un tiempo no se había permitido ponerse, el de las ocasiones especiales. Escogió un precioso conjunto de ropa interior, con encajes y liguero y unas medias de esas que solemos ver en las películas, los tacones, unos pendientes largos y unas gotas de perfume.
Se miró al espejo y le gustó mucho lo que vio. Se veía a ella misma, lo que siempre había sido y había olvidado. Volvía a sonreír y era feliz.
Volvió a mirar la hora y eran casi las 21:30, casi no le quedaba tiempo.
Fue a la cocina y  sirvió en una fuente el plato principal. Sacó los entrantes a
la mesa del salón y encendió las velas. Puso la música y pensó en bailar, aunque decidió dejarlo para luego. Sacó la botella de vino blanco de la nevera y junto con el resto de la cena lo colocó en la mesa.
El móvil sonó.
Eran ya las 21:30.
Le había dado tiempo a todo, una vez más había conseguido lo que quería.
Fue al espejo y por última vez vez se miró. Se repasó el pelo, se recolocó el vestido y respiró hondo. Desprendía una luz especial, una energía arrolladora y mucha seguridad.
Volvió al salón y miró el resultado final. Estaba todo perfecto: mesa, decoración, ambiente, comida…  Ella
Se sentía orgullosa de aquello tan magnífico que había preparado para la persona qué más la había apoyado en todo, para la persona que, aunque en ocasiones no hubiese sido consciente, más la había amado; para esa que incluso en esos días más tristes había estado acompañándola, para la más crítica y la más permisiva a la vez, la que mejor la conocía; para aquella persona a la que nadie nunca podría reemplazar porque era única e irrepetible.
Para ELLA.

Aquella noche se puso el vestido más sexy que tenía, con el que mejor se sentía, aquel que desde hacía un tiempo no se había permitido ponerse, el de las ocasiones especiales. Escogió un precioso conjunto de ropa interior, con encajes y liguero y unas medias de esas que solemos ver en las películas, los tacones, unos pendientes largos y unas gotas de perfume.

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La Pastelería

Cada miércoles y viernes acudía allí. A su rincón secreto, a su zona de paz, de inspiración y evasión.
Era una pastelería pequeña, donde casi todo el mundo iba de paso. Tenía apenas seis mesas, y una de ellas estaba medio oculta tras una columna y una planta colgante.
Aquella pastelería la descubrió una tarde dando un paseo, un día de esos en los que necesitaba pensar en todo y nada a la vez. Entró por casualidad y pudo encontrar un sitio muy agradable y donde los dueños ofrecían un trato muy familiar. Le gustaba la decoración que habían utilizado: colores suaves en las paredes con fotos de parajes naturales, mesas redondas estilo parisino y en lugar de sillas, unas pequeñas y cómodas butacas; manteles de tela de varios colores y una flor natural en cada mesa que cambiaban a diario. Y desde ese mismo momento decidio ir allí a refugiarse.
Tenían una amplia variedad de cafés y tes, así que podía variar todo lo que necesitase; además de bollería casera y otras piezas saladas.
Y lo que más le gustaba su mesa favorita, la oculta a la vista.
Esa semana había sido dura y deseaba que llegase el viernes para poder pasar allí la tarde, sin prisa por tener que madrugar al día siguiente. Aprovecharía al máximo su tiempo libre.
Llegó a casa y se cambió de ropa. Se quitó la ropa formal de trabajo, los pantalones de corte recto, la camisa blanca abotonada y los zapatos de salón. Escogió unos vaqueros y unas zapatillas casual; una camiseta básica y una chaqueta de punto por si refrescaba por la tarde. Se sujetó el pelo con una pinza y metió el portátil que tenía cargando en su bolso. Guardó también algo de dinero y la documentación.
Puso el móvil en el bolsillo trasero del vaquero y repasó mentalmente para no dejarse nada.
Salió de casa evitando dar un portazo fuerte, bajó por la escalera y emprendió el rumbo a la pastelería.
Aunque a veces se ponía cascos para ir por la calle, prefería escuchar los sonidos de la calle: los niños jugando, los árboles moviendo sus ramas, los pájaros con sus cantos, e incluso el tráfico. Todo ello le hacía sentirse parte del mundo, aunque sólo fuese una pequeña parte de él.
Llegó a la pastelería y entró. Saludó muy sonriente a los dueños y pensando en que iba a tomar, se dirigió a su mesa.
Mientras recorría los escasos metros que le quedaban, iba abriendo la cremallera para sacar el portátil y al llegar a la mesa paró de repente.
Y allí estaba él.
No le conocía de nada, nunca le había visto; pero al mirarle a los ojos tuvo la sensación de conocerle toda la vida.
– Eh…. Hola- musitó ella con voz un poco tímida.
– Buenas tardes- contestó el con voz profunda.
– Vaya, no esperaba encontrar a nadie sentado, ya que la que suele estar ahí sentada soy yo -y sonrió con dulzura.
– Me ha aparecido un rincón muy tranquilo y he querido aprovecharlo -contestó él con otra sonrisa- pero me levanto y me cambio.
– Bueno, me sabe mal tú has llegado antes.
– Y, ¿Si te sientas conmigo? Sé que no nos conocemos, aunque algo dentro de mí me dice que sí que te conozco.
Ella se sonrojó y contestó: – Esa misma sensación he tenido yo- Y apartando la silla se sentó con él, mientras se presentaba.
Una sensación que no sabía muy bien como explicar, iba creciendo en su interior mientras lo escuchaba hablar, mientras miraba a esos ojos tranquilos, mientras su cabeza no dejaba de pensar.
Acabaron el primer café y pasaron a un segundo; estaban tan a gusto juntos que ninguno tenía intención de marcharse. Vieron que podían hablar de cualquier cosa, desde viajes, experiencias, sueños, futuro y que tenían muchos puntos en común.
¿ Cómo es posible que no se hubiesen conocido antes? Porque todo ocurre en el momento preciso y exacto, y ese momento les había llegado.
– Vamos a cerrar en breve, -escucharon los dos. Se miraron a los ojos y sonrieron.
– No me he enterado de la hora – comentó él.
– Ni yo tampoco – añadió ella con una sonrisa traviesa.
Se levantaron y se dirigieron a la calle. Empezaron a andar sin destino, y a pesar de que era hora punta, se sentían como si sólo estuviesen ellos en la calle. No existía nada más.
– Estoy tan agusto contigo, nunca antes me había pasado nada igual. Si no te importa te acompaño  un poco hacia tu casa que empieza a ser tarde. La tarde ha sido maravillosa, y si te apetece tanto cómo a mí, me gustaría repetir.
– Claro, -respondió ella- me encantaría repetir. Mismo sitio el viernes próximo?
Vamos hacia esa calle que está muy cerca de mi casa y allí nos despedimos. También he estado muy bien contigo.
Se dirigieron hacia la calle, y en la esquina donde había una floristería pararon.
– Bueno, este es el fin por hoy.
– Si, por hoy; y gracias por acompañarme este trozo.
– La verdad es que no quisiera que acabase la tarde y ya estoy deseando que llegue la semana próxima. Había pensado en darnos el teléfono, luego he decidido que es mejor que no; confío en que el viernes próximo aparecerás y si ese día es como hoy, y siempre y cuando tú quieras, nos damos los teléfonos para poder hablar todos y cada uno de los días.
– Me gusta tú idea, y creo que la semana se me va a hacer muy larga – dijo ella mientras sonreía y arrugaba la nariz.
Él se acercó a su cara, y le dio un beso muy dulce en la mejilla derecha, muy pegado a la comisura de sus labios. Suspiró y empezó a caminar hacia atrás sin dejar de mirarla mientras ella sonreía como una niña.

Llegó a casa y se cambió de ropa. Se quitó la ropa formal de trabajo, los pantalones de corte recto, la camisa blanca abotonada y los zapatos de salón. Escogió unos vaqueros y unas zapatillas casual; una camiseta básica y una chaqueta de punto por si refrescaba por la tarde. Se sujetó el pelo con una pinza y metió el portátil que tenía cargando en su bolso. Guardó también algo de dinero y la documentación.
Puso el móvil en el bolsillo trasero del vaquero y repasó mentalmente para no dejarse nada.