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La chica desconocida

Se fijó en aquella chica un viernes unas semanas atrás, cuando cansado y saturado del trabajo decidió respirar aire puro y abrió la ventana de la oficina. Entre toda la gente que caminaba por la calle, Ella, tan sencilla, tan natural, tan…. distinta. La observó mientras recorría la calle por la acera enfrente de su oficina situada en un primer piso. Aquel día desconectó del mundo y conectó con ella.

La semana siguiente transcurrió con normalidad, incluso el viernes era normal, libre del estrés de la semana anterior. En un momento, algo dentro de su cabeza cobró vida, un recuerdo, una sensación: Ella, la chica de la anterior semana. Lo normal era no volver a verla, fue sólo ese momento. Pero ¿Y si volvía a pasar por allí de nuevo? Lo tenía que probar, tampoco perdía nada.

Intentó recordar la hora a la que se había asomado, serían sobre las 5 cuando se asomó y ahora eran las 3. Tenía 2 horas por delante, que se le hicieron eternas, aunque no se quería reconocer a si mismo el por qué. Unos minutos antes de la hora, decidió asomarse. – Por si acaso-, pensó.

Curioseaba a las personas que pasaba por allí. Miraba atentamente, no quería despistarse y no verla. La gente continuaba caminando en ambos sentidos. No sabía cuánto tiempo había pasado. Estaba apunto de cerrar la ventana cuando la vio. Ahí estaba de nuevo. Esta vez se fijó en más detalles: su melena recogida con una pinza, su cuerpo pequeño pero proporcionado, su manera de andar, su forma de vestir.

Las semanas siguientes siguió con su ritual. Con sus ganas de asomarse para poder ver a la chica desconocida. Cada vez quería saber más de ella y fantaseaba con la posibilidad de conocerla. Pero, ¿Cómo se iba a acercar? No podía bajar a la calle, decirle que llevaba varias semanas observándola, quedaría como un obseso o un psicópata. Él no era nada de eso. Nunca antes había espiado a nadie. Simplemente sabía que quería conocerla e iba a pensar cómo. Debía perfilar un buen plan para el cual necesitaría dos o tres semanas. No le importaba.

Llegó de nuevo el viernes y empezó a poner su idea en práctica. Sabía la hora a la que pasaba, que giraba en la siguiente esquina, la que tenía una barbería. Después de eso, lo desconocía. Ese día él estaría allí, para así intentar averiguar la siguiente parte del recorrido que hacía.

Conforme se acercaba la hora se puso nervioso. Era consciente que iba a estar más cerca de ella. La iba a poder ver te frente y estando a la misma altura. Debía evitar mirarla mucho aunque no sabía si lo podría conseguir.

Sacó su teléfono, para intentar disimular. Estaba parado en la esquina, de perfil, apoyado en un árbol y mirando al final de la calle, cuando la vio acercarse. Ella, venía por la calle y miraba con ternura un perro enganchado en la puerta de un comercio. Rápidamente volvió a mirar al frente. No sabía qué hacer. La chica desconocida estaba cada vez más cerca.

Giró la esquina y continuó por la misma acera.Tras alejarse unos pasos, decidió ver hasta dónde iba. Mientras caminaba tras sus pasos, la cabeza luchaba entre la locura y el sentido común.
– ¿Cómo te pones a seguir a una chica a la que llevas observando varias semanas?- decía el Sentido Común.
– No estás haciendo nada malo. Te impactó y te gustaría conocerla. – replicaba la Locura.

Una manzana más allá y en la misma calle, se paró y entró en algún lugar. Esa zona no la conocía. Desconocía lo que allí había. Siguió andando para averiguarlo. Cuando pasó por delante, vio una especie de cafetería Se notaba que era un negocio familiar, muy bien cuidado y con una buena variedad de tes y cafés, además del olor a bollería recién horneada. Le pareció un sitio acogedor. Pero, ¿Dónde estaba ella? Se le ocurrió pensar que quizás trabajaba allí y se estaría cambiando. Eso lo averiguaría la semana siguiente, ese día ya se daba por satisfecho.

La semana se le hizo eterna, y tal y como dice el dicho: El que espera desespera.

Hay otro dicho que dice: todo pasa y todo llega. Así que un nuevo viernes llegó. Ese día no iba a bajar a la calle. Acudiría directamente donde ella estaba, eso sí con un tiempo de margen para darle tiempo a cambiarse y empezar su jornada de trabajo. Se haría cliente habitual y así semana tras semana cogería confianza con ella. Valoraría si existía conexión entre ellos, ya que él no era un hombre de emociones.

Salió de su oficina y emprendió el camino tranquilamente, mientras pensaba todas las posibilidades de aquel encuentro. Unos metros antes paró. Respiró hondo. Se acomodó la ropa y se arregló un poco el pelo con las manos. Entró.

Era un lugar pequeño, pero con encanto. Tras el mostrador había una mujer mayor de aspecto amable. Ni rastro de la chica. Por unos instantes pensó en salir, pero la mezcla del olor entre café y bollería era tan bueno qué se tomaría algo ya que las circunstancias le habían llevado hasta allí. Pidió un café y se sentó en una butaca muy cómoda. Mientras esperaba a que le sirvieran ojeó el interior del local. Las pocas mesas que habían estaban ocupadas y no le extrañaba. Aquel lugar tenía encanto. En una de las mesas vio sentada a la chica. Entendió por qué no la había visto desde fuera y supo que hacer el último día de su plan.

Ese viernes llegó antes que ella y se sentó en la misma mesa en la que ella lo hizo la última semana. Miró a su alrededor. La decoración que habían utilizado: colores suaves en las paredes con fotos de parajes naturales, mesas redondas estilo parisino y en lugar de sillas, unas pequeñas y cómodas butacas; manteles de tela de varios colores y una flor natural en cada mesa que cambiaban a diario. Y una mesa oculta a la vista.

Él vio cómo la chica recorría los escasos metros que le quedaban hasta la mesa mientras iba abriendo una cremallera para sacar algo de su bolsa. Al llegar a la mesa paró de repente. Ambos se miraron y tuvo la sensación de conocerla toda la vida.

– Eh…. Hola- musitó ella con voz un poco tímida.
– Buenas tardes- contestó él con voz profunda.
– Vaya, no esperaba encontrar a nadie sentado, ya que la que suele estar ahí sentada soy yo -y sonrió con dulzura.
– Me ha aparecido un rincón muy tranquilo y he querido aprovecharlo -contestó él con otra sonrisa- pero me levanto y me cambio.
– Bueno, me sabe mal tú has llegado antes.
– Y, ¿Si te sientas conmigo? Sé que no nos conocemos, aunque algo dentro de mí me dice que sí que te conozco.
Ella se sonrojó y contestó: – Esa misma sensación he tenido yo- Y apartando la silla se sentó con él, mientras se presentaba.

Así se conocieron en La Pastelería.

La decoración que habían utilizado: colores suaves en las paredes con fotos de parajes naturales, mesas redondas estilo parisino y en lugar de sillas, unas pequeñas y cómodas butacas; manteles de tela de varios colores y una flor natural en cada mesa que cambiaban a diario. Y una mesa oculta a la vista.


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La Pastelería 2

Hacia un tiempo que había dejado de esperar, ya no creia en el amor, en las historias bonitas ni en las personas especiales. Eso sólo pasaba en el cine, en la TV y en las novelas que había dejado de ver y leer. Nunca en la vida real.

Todo eso del destino le parecía ahora una bobada, a pesar de lo que había ocurrido la semana anterior. De su encuentro del viernes con aquel chico tan… No lo iba a catalogar, por todas las decepciones que había experimentado. Incluso pasados los dias y fríamente, se planteaba si acudiría al encuentro. Desde la distancia todo lo veía y sentía diferente. Dudaba de la magia.

Por eso conforme se acercaba el viernes le daba más y más vueltas a qué iba a hacer. ¿No ir? Y no tener su viernes, ya fuese sola o acompañada en su rincón especial. Quizás aquello pasó en un universo paralelo y no lo volvería a ver, inventó para ponerse una coraza. También podía ir y ojear desde fuera si aquel chico acudía…. El podría estar en la misma situación que ella. ¡Nooo! Ella era decidida. Iría y le daría otra oportunidad a lo que tuviese que pasar. Tampoco pondría ninguna etiqueta.

Y el viernes llegó. Como cualquier otro se preparó. Eligió ropa cómoda, algo que le hiciese sentir bien, sin que pareciese que iba a una especie de cita. Y en lugar de su portátil, un libro que hacía poco le habían dejado, y que daba la casualidad que hablaba de la «magia» entre las personas. Era su comodín, por si aquel día pasaba a ser uno más.

Salió de casa un poco apurada por la hora. Así con prisa no pensaría demasiado en aquella tarde, en aquel encuentro, en aquel chico. No escucharía música por si alguna canción alteraba su estado de ánimo, que era una mezcla entre nervios huyendo del miedo, dudas de la mano de la intriga, ilusión intentando saltar barreras… Vamos un cóctel de emociones del que podía salir cualquier sentimiento.

Llegó a la puerta de la pastelería y allí no había nadie. Una sensación de alivio la inundó y respiró con fuerza soltando el aire que retenía en sus pulmones desde hacía unos segundos. Así se evitaba otro mal trago, ya que lo de aquel chico le había parecido demasiado ¿especial?
-Sin etiquetas, por favor- se dijo a sí misma. Y con el libro en la mano y pensando en el significado de la magia entró.

-¡Buenas tardes!- dijo sonriendo – Esta tarde me apetece un té verde y…
-¡Buenas tardes!- dijo una voz que salía de su rincón- ¿Pides sin mi?
-¡Oh! –  giró la cabeza hacia la voz y se quedó en silencio sin saber que decir – Al no verte en la puerta pensaba que no habías venido – añadió un poco apurada.
-Quedamos mismo sitio y hora… – sonrió él tranquilamente – y fue en aquel rincón- dijo señalando hacia la columna.

Ella sonrió discretamente y ambos pidieron antes de sentarse  en aquella mesa, que en aquella ocasión tenía un mantel a rayas rojas y blancas y como flor del día margaritas blancas.

La conversación que empezaron fue tan natural como la primera vez. La tranquilidad que le transmitía, hacia que su mente se quedase en blanco y que el pasado quedase en el olvido y el futuro no importase demasiado. Sólo importaba ese momento. Escuchaba atentamente cómo había ido su semana y la mezcla de sensaciones que había tenido conforme se acercaba el viernes. El hecho que él le contase con total naturalidad todo lo que había pensado con respecto al encuentro del viernes y que había incluido en su rutina le hizo sonreír y no sentirse tan rara y negativa. Ella empezó a detallarle su semana y también reconoció el comecocos que había tenido. Y sin dejar de sonreír le guiñó un ojo.

El tiempo pasó rápido y sin darse cuenta, entre anécdotas cotidianas, proyectos para la semana próxima, comidas, aficiones, música…  Hablaron de tantos temas, era tan fácil y agradable la conversación, que cuando escucharon de nuevo que iban a cerrar la pastelería, se rieron a carcajadas mientras se miraban.

– De nuevo ha volado el tiempo, ya me dirás cómo haces esa magia- dijo él.
– Magia, ¿crees en la magia? – dijo ella con gesto de sorpresa y sin dejar de sonreír. Aquella palabra volvía a aparecer en su vida.
– Creo en muchas cosas, pero eso lo dejo para otro día. ¿Te parece?
– Me parece…. -hizo una pequeña pausa para   darle emoción al momento- BIEN. Mismo sitio, el viernes próximo, ¿no? Y ahora ya sé que  será dentro – recordó avergonzada.
– Por esta vez te lo perdono- bromeó él.

Caminaron por la calle dirección a casa de ella como hacía una semana habían hecho. La charla continuaba; daba igual que hablasen del tiempo, de las fincas, del tráfico o de lo que surgiese, ya que aunque no estuviesen de acuerdo en algo escuchaban los motivos del otro. Llegaron a la esquina de la floristería, la de la despedida.

– Aquí estamos otra vez.- dijo ella mientras le miraba- Me alegro de haber venido al final.
– Decisión acertada, la verdad – añadió él- Quedamos en darnos los teléfonos hoy, pero he cambiado de idea. – comentó el poniendo un gesto serio.
Ella lo miró un poco desconcertada.
– ¡No es que no lo quiera! -dijo rápidamente y con sonrisa pícara- quiero que la magia se prolongue una semana más.
– Magia – repitió ella- bonita palabra.

Se despidieron con otro beso dulce en la mejilla, cerca de la comisura de los labios y emprendió, de nuevo, su marcha mientras caminaba hacia atrás y la miraba sonreír.

Por eso conforme se acercaba el viernes le daba más y más vueltas a qué iba a hacer. ¿No ir? Y no tener su viernes, ya fuese sola o acompañada en su rincón especial. Quizás aquello pasó en un universo paralelo y no lo volvería a ver, inventó para ponerse una coraza. También podía ir y ojear desde fuera si aquel chico acudía…. El podría estar en la misma situación que ella. ¡Nooo! Ella era decidida. Iría y le daría otra oportunidad a lo que tuviese que pasar. Tampoco pondría ninguna etiqueta.

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Caos


Mi cabeza no paraba.
Pensamientos caóticos me inundaban en cualquier momento: cuando el silencio era más que evidente, al bajar el ritmo de mis actividades, en mis sueños. Ideas que se repetían una y otra vez, pasando de una a la otra. Para silenciar una, surgía la otra.

Era lógica pero irracional, en la que hablaba la parte más inconsciente de mi cerebro, esa que me negaba a ver. Esa que a gritos pedía ser escuchada antes de volverla a callar. Porque me hacía ver, entender todo lo que ocurría desde otro punto de vista; aunque quizás eso tampoco fuese real.

No quería escuchar a mi cabeza, porque decía lo contrario a lo que sentía y algo dentro me decía que las sensaciones eran las correctas y no lo que fabricaba mi mente.

– Todo está bien, todo está bien, todo está bien- pensaba una y otra vez.
Y al momento todos mis fantasmas, mis miedos, mi dolor volvían a aparecer.

– No lo entiendo, no entiendo la actitud. Ese sí pero no. La falta de claridad para algunas respuestas y la actitud cuando hablamos. Aunque claro, con aquello que pasó… ¿Cómo pude permitir que aquello me afectase, nos afectase?¿Cómo no me di cuenta? Claro, vivía inmersa en lo que no debía. Tenía resentimientos que me ocasionaban un lastre emocional. Tenía cicatrices no curadas. Intenté algo que no podía ser y que pertubaba mi presente. Busqué un imposible y eso me hizo no ser libre, vivir medio atrapada en el pasado.

Pongo música, pero no soporto escuchar nada. Mis pensamientos son más fuertes y hacen que sólo quiera silencio para seguir pendiente de ellos. Son los que me dominan en ese momento.

– Encima con todos los cambios que quería -mis pensamientos vuelven a ser autónomos- más lío, poco tiempo, estrés, cansancio y desgana. Pensando en el futuro y sin vivir el presente. Pero aún así, ¿Por qué no lo dijo?
– Bueno tranquila, no lo pienses que todo está bien…
– Y si está bien ¿Por qué me siento así? ¿Por qué se repite en mi cabeza una y otra vez? Ya está, es la experiencia dolorosa que sufrí, que me marcó más de lo que era consciente y que ahora viene a cobrar la factura. Todo por no haberme plantado, todo por intentar entender a los demás, todo por no tomar distancia cuando debía…
– ¡Qué injusto todo!
– De esta aprendo, aunque eso ya lo dije hace un tiempo y he vuelto a verme en una situación que no me gusta.

Respiro rápido e intento ralentizar el ritmo para intentar permanecer tranquila. Aunque puedo notar como los pensamientos van de una parte a otra de mi cabeza una y otra vez, cómo si de una competición se tratase, viendo cuál da más vueltas y más rápido.

– Sólo quiero estar tranquila  y vivir en paz… He intentado todo, y aún así no lo consigo. Quizás es que no quiero que sea así y soy yo la que pone trabas y busca excusas… Pero… He dicho, he hecho, he movido… Y nada. Quizás si… Bueno ya has hecho todo lo que estaba en tu mano, para bien o para mal. Ahora toca que el tiempo lo ponga todo en su lugar, así que tranquila. Todo lo que tenga que pasar ocurrirá en el momento preciso, ni antes ni después – intento dar tranquilidad a mis ideas- No te desesperes y mantén la calma
– Pero… ¿Por qué…?¿Y si…? Silencio- me digo – No lo pienses más que no sirve de nada. Pero… – las preguntas quieren volver a mandar- ¡Shhhhhh! Silencio, cambia el pensamiento. Estás aquí y ahora; es lo que te tiene que importar. Lo demás no te sirve para nada, hay circunstancias que no dependen de tí. Y lo que sí depende es controlar tus ideas y eso lo puede hacer.
-¡De acuerdo! Crearé nuevas ideas, nuevas ilusiones. Volveré a pintar mi mundo de colores. Soñaré, viviré y disfrutaré. Sé que puedo y así lo haré.

Me duele la cabeza, me cuesta respirar un poco, estoy cansada de tanto pensar.
Las ideas han desaparecido por fin. Soy capaz de volver a escuchar música, de ver la TV, incluso de leer.

He guardado en el rincón más recóndito de mi mente todo lo que no me permite estar bien, confiando en que tardará en salir.

Pongo música, pero no soporto escuchar nada. Mis pensamientos son más fuertes y hacen que sólo quiera silencio para seguir pendiente de ellos. Son los que me dominan en ese momento.
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El Talisman


Un regalo.
Ella siempre había creído en las historias bonitas, en la conexión de las personas, en que todo sucede por algo y en el preciso momento que tiene que ocurrir.
También creia en todos los tipos de amor: en el propio, el de familia, amistad, a la vida… y pareja.

Tenía casi todos.
Vivía su vida sin uno de ellos. Sin pareja. Era lo que le tocaba experimentar, era una lección, un proceso, una etapa; y aunque disfrutaba de cada uno de los amores que tenía, aunque estaba bien, algunas veces echaba en falta ese alguien con quien compartir momentos y experiencias, un refugio, un «pecado»… Había veces que su cuerpo y su alma le pedían un beso, un abrazo, una caricia o una mirada. Deseaba sentir algo distinto.

Un lunes, alguien especial en quien ella confiaba mucho, una de esas personas que tienen «magia», le entregó un pequeño envoltorio. Con mucha ilusión por el detalle, y sacando a su niña interior lo abrió: dentro encontró un pequeño talismán. Su forma era cuadrada y en uno de sus lados tenía un cordel de rafia para poder sujetarlo al cuello y un trébol de cuatro hojas plateado. El colgante era transparente, de resina y en su interior se podía ver una llave, una hoja de una planta y una pequeña gema.
– Toma -le dijo- es para ti.
– Me gusta mucho -contestó ella.
– Te explico. Es del amor incondicional por eso lleva la llave para abrir caminos y el trébol para la suerte. Lo que acompaña a la lleve son amatista y brezo rosa.
Y le explicó lo que debía saber acerca del talismán.

Aquel día se lo puso, al día siguiente también, pero al tercero se lo quitó. No sabía el porque, se sentía incómoda. Así que lo dejó a la vista al lado de su joyero. Ahí lo veía todos los días, ahí se quedaba todos los días. Algunos estaba tentada de cogerlo. Al final no lo hacía. Pasaron las semanas, algún mes, y un día sin más decidió cogerlo, aunque no se lo puso. Lo guardó en un bolsillo de su chaqueta, sin verlo, sólo sabiendo que lo llevaba encima. Algunas veces metía la mano para buscarlo y saber que allí seguía, otras en cambio, no le hacía caso.

Un cambio.
Ella estaba en medio de un periodo de transición entre lo que había sido y en quién se iba a convertir. Todo lo que le había pasado le había hecho darse cuenta de tantas cosas… unas buenas, otras no. También de quiénes eran los que de verdad querían estar en su vida de una manera u otra, ya que en los momentos difíciles es cuando conocemos a las personas.

Había llegado el momento de hacer cambios importantes y tomar decisiones difíciles y dolorosas. Ella era la que más se necesitaba en ese momento. Se iba a dar prioridad.
Debía pelear por lo todo aquello que se le había negado, debía demostrarse que había superado sus miedos y que no se iba a rendir.
Y debía cerrar historias.

Con un nudo en el estómago y el corazón encogido, decidió guardar en una caja todo lo que a él le recordaba. La escondería en el fondo del altillo que menos utilizaba, aquel que abría una vez al año; el tiempo suficiente para aprender a vivir de nuevo y para recordar sin dolor, ya que sabía que nunca le iba a olvidar. Lo hizo rápido sin fijarse en lo que iba guardando y así evitar la tristeza que le causaba.

Acercó un taburete al armario, abrió las puertas superiores y sacó algunas cajas que había. Puso la de él en el fondo y delante volvió a colocar las que había. Así sería difícil acceder y evitaría la tentación. Cerró las puertas, bajó y dejó el taburete en la esquina. Miró el armario cerrado y respiró hondo. Historia cerrada.

Todo se une: talismán y cambio.
Llegó un nuevo día y con él una nueva sensación. Se preparó para su día: almuerzo, bolso y todo lo que iba a necesitar. Se vistió y terminó de arreglar. Ya estaba lista. Se puso un poco de su perfume y por último el colgante, aunque esta vez no iba en el bolsillo de su chaqueta. Se colocó su talismán en el cuello.

Las casualidades de la vida hicieron que aquel mismo día se lo encontrará. Estaba tranquila por el paso que había dado de olvidar y perdonar. Conversaron un rato en la calle y se despidieron con un abrazo.
Ella respiró contenida.
Él la miró y le dijo:
– Podríamos tomar algo un día ya que empieza el buen tiempo.
– Estaría bien – contestó muy serena a pesar de sentirse un poco nerviosa.
Él empezó a andar para irse y ella se quedó quieta mirando. Antes de girar la esquina, se volvió. Los dos se miraron y elevaron sus manos. Sendas sonrisas melancólicas aparecieron en sus labios.

Ella tocó el talismán.
Quizás era ese su momento y fuese un volver a empezar… O el último adiós.
De momento no lo sabía, tampoco lo iba a pensar más. El tiempo lo diría.
Al día siguiente el colgante volvió a su cuello. No sabía si lo podría llevar todos los días. Sólo sabía que el buen tiempo estaba por llegar.

Con mucha ilusión por el detalle, y sacando a su niña interior lo abrió: dentro encontró un pequeño talismán. Su forma era cuadrada y en uno de sus lados tenía un cordel de rafia para poder sujetarlo al cuello y un trébol de cuatro hojas plateado. El colgante era transparente, de resina y en su interior se podía ver una llave, una hoja de una planta y una pequeña gema.

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La segunda primera vez


Siempre se ha dicho que la primera vez es bonita, qué es un momento único en la vida; y es cierto, aunque también falta la experiencia, falta el conocerte y conocer a la otra persona. Y eso en lo referente a las relaciones es muy importante.
¿Te imaginas cómo podría ser una segunda primera vez? Con el aprendizaje vivido, con las experiencias, conociéndote a ti mismo y a la otra persona… Algo muy especial sin duda.

La historia entre ellos terminó. Y cada uno siguió con su día a día sin el otro. Y es que la vida no se para por nada ni por nadie.
Y lo mismo que no se detiene, nunca sabes cómo te va a sorprender.
Y, ¿Qué hizo el destino?
Los volvió a reunir.
Se encontraron por casualidad en aquel comercio.
La sorpresa y la alegría de ambos era visible ya que no sabían nada el uno del otro desde hacía un tiempo. Y el centro de un pasillo les pareció el mejor lugar para ponerse al día. Hasta que se dieron cuenta que no dejaban pasar a nadie.
Entre risas y bromas se dirigieron a pagar sus compras.
-¡Que alegría verte! -Dijo ella.
-Te doy toda la razón. -añadió él- Podríamos tomar algo un día y así me cuentas más.
-¡Claro!- ella pensó unos instantes- ¿Y si lo hacemos ahora? Voy cargada, así me ayudas con todo lo que he comprado. Improvisemos.
-Te vuelvo a dar la razón- rió él dándole un amistoso apretón de manos.
Se dirigieron a su casa y por el camino bromearon, rieron y se fueron poniendo al día. Al llegar y abrir la puerta junto a él sus pensamientos cobraron vida propia y recordó todos los momentos bonitos que habían compartido.
-¡Que lástima que aquello acabase!- pensó para ella misma – Nos complementábamos tan bien.
Tras guardar la compra se sentaron en el sofá a continuar la charla… Ella le miraba a él; él a ella y se dedicaban sonrisas.
Ella se sentía nerviosa, aunque aparentaba mucha calma. Pero tenerlo ahí tan cerca era algo que le pertubaba y bastante, ya que fue alguien muy especial.
-Me tendré que ir…. -Dijo él levantándose.
-Por supuesto, que no se te haga tarde -añadió ella.
Y lo acompañó a la entrada mientras notaba cómo su corazóno se aceleraba y los suspiros escondidos la devoraban.
– Gracias por la ayuda -le dijo mientras le daba un beso en la mejilla.
– No hace falta que me las des -dijo él mientras le devolvía el beso.
Se apartaron y ella le dio un abrazo rodeando su cuello; él la abrazó también. Pasaron los segundos y ninguno de los dos soltaba al otro.
Ella cerraba los ojos e intentaba controlar su pulso. Notaba el olor de él, notaba la respiración en su cuello…
Notó otro beso en la mejilla.
Otro beso más suave cerca de sus labios.
Él bajó sus manos sujetando la cintura de ella por detrás y acercándola más.
Ella respiró hondo y giró su cara, quedando las comisuras una al lado de la otra. Y así permanecieron en silencio durante un tiempo.
Rozaron sus labios y se empezaron a besar.
Las manos de él se deslizaron por debajo del jersey, acariciando muy suavemente su espalda. Las de ella buscaron la piel de él y lo abrazó con más fuerza.
Pararon un instante y se miraron a los ojos con la mezcla justa entre dulzura y deseo. Cogidos de la mano se dirigieron a la estancia más cercana, el salón y se pusieron de nuevo al lado del sofá.
Entre miradas cómplices y besos, ella se quitó su jersey e hizo los mismo con la camisa de él. Él recorrió con sus dedos índice y corazón el borde interno del pantalón de ella, parando en el botón, que con un gesto rápido desabrochó. Y mientras lo bajaba iba colmando de besos su vientre; ella se sujetó el pelo con las manos mientras tiraba la cabeza hacia atrás.
Él terminó de desvestirla.
Era el turno de ella.
Muy suavemente fue quitando las prendas de ropa que le quedaban; sin apartar sus ojos de los suyos ni un solo momento, dedicándole en algunas ocasiones esa mirada traviesa que sabía que le encantaba.
Desnudos se sentaron en el sillón mientras continuaban con los besos y empezaban las caricias. Él sabía muy bien cómo acariciarla, ella sabía muy bien como besarle, se conocían a la perfección y los dos querían que aquella fuese su segunda primera vez.
Muy dulcemente se inclinó sobre ella para quedarse los dos recostados sobre el sofá y así poder recorrer todo su cuerpo con sus manos ansiosas de su sedosa piel; y notar sus cálidos labios en distintas partes de su cuerpo.
Las caricias ya no eran suficiente, ambos deseaban volver a unirse al otro. Ella se tumbó y él se fue colocando muy despacio encima de ella. Poco a poco se fue acercando mientras notaban cómo la piel reaccionaba al contacto de la piel. Cómo al juntar sus vientres, sus pechos, se hipersensibilizaban y cientos de pequeños escalofríos les inundaban.
Se abrazaron con ternura.
Se volvieron a mirar a los ojos, sabiendo que tenía que hacer cada uno y se unieron. Acompasaron sus respiraciones, sus movimientos; se besaron, se abrazaron, entrelazaron sus manos intentando que aquel momento fuera eterno…
Colmados de pasión se quedaron abrazados y en silencio. No les hacía falta decir nada.
Era maravilloso volver a sentir todas esas emociones, era algo único.
Y es que la piel no miente.

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La sala


¿Cuántas veces te has preguntado si todo lo que pasa tiene un sentido, aunque en ocasiones no sepas cual?
¿Cuántas veces las circunstancias te llevan por el mismo camino, incluso cuando haces todo lo posible por cambiarlo?
A ella, últimamente le pasaba mucho. Desde evitar una calle y verlo por la que iba andando, hasta encontrárselo en horas absurdas, lo que le pasó con el llavero que él le regaló…. Y la última, estar asignada a terminar un trabajo ¡en la misma sala en la que se besaron por primera vez!
Podía recordar ese día con todo lujo de detalles. Él le pidió que le acompañase a clasificar unos documentos a aquella sala. Iba a ser un rato corto, apenas unos minutos, así que no encendieron todas las luces.
La química, la tensión entre ellos era más que evidente y más en aquella situación. Él, se acercó un poco a ella que se irguió nerviosa. Él se acercó más, ella le miró a los ojos. Y se besaron.
No fue un beso de película, fue más bien corto. Con más deseo que sentimiento. Más un juego que una realidad.  Fue parte del inicio.
Y ella, hoy, al entrar allí lo volvió a  revivir.
Encendió todas las luces, y se sentó en la amplia mesa de reuniones que había en el centro. A su espalda los archivos y enfrente la desnuda pared; aunque su mente recordaba la imagen de ellos dos en medio de la estancia. Era como una estatua transparente que no paraba de girar. Era un beso inmóvil. Era su recuerdo.
Miró todas las sillas vacías y respiró hondo. Se tenía que concentrar sí o sí para intentar acabar pronto e ir lo menos posible a aquel lugar.
Sacó las hojas que tenía que revisar, también sus apuntes con parte de los datos que había que añadir o cambiar; folios en blanco por si hacían falta, su bolígrafo, un corrector y un marcador; el móvil para tenerlo a mano y visible…Y comenzó su labor, no sin antes fijarse en la hora que era.
Las 10:00.
– ¡A por ello! Pensó para si misma.
No había ni pasado una hora cuando alguien llamó a la puerta. Se sobresaltó un poco porque no esperaba a nadie, pero rápidamente contestó.
– Adelante- dijo levantando un poco la voz.
La puerta se abrió y una cabeza asomó. Era su compañera.
– Hola, ¿Cómo vas? He pensado que quizás te apetecía tomar un café. Sé que te ayuda a estar concentrada – y le guiñó un ojo.
– Te lo agradezco mucho – le dijo con una amplia sonrisa – que bien me conoces.
– ¿Todo lo demás? – preguntó sin saber los recuerdos que ella tenía allí.
– Si, todo bien, en un rato estoy en el despacho contigo.
La puerta se cerró de nuevo y retomó su trabajo. Y volvió a consultar su reloj.
Las 11:00.
Pasó otra hora, o puede que dos ya que había perdido la noción del tiempo entre el trabajo y sus recuerdos.
Aunque no sabía la hora exacta recordaba que aquel primer encuentro fue por la mañana, antes de comer y después de almorzar. Se quedó mirando la pared y allí volvieron a aparecer las figuras girando mientras se besaban…..
Se obligó a continuar, y es que conforme avanzaba el tiempo le costaba cada vez más no pensar, no recordar. Se acercaba la hora y su cabeza solo sabía que revivir una y otra vez aquel momento. Quizás si lo deseaba con toda su fuerza ocurriría. Porque en lo más profundo de su ser deseaba repetir el momento por segunda vez. Ansiaba que se abriese la puerta y que él apareciese allí para abrazarla, besarla y quedarse, está vez, para siempre.
Cerró los ojos y recordó su calor, recordó su olor, su voz, sus manos, su piel, su sonrisa. Volvió a soñar con las figuras transparentes que giraban unidas en un beso, volvió a recordar todas las sensaciones tan intensas que parecían reales y que no lo eran.
Presente y futuro, escribió en un pequeño papel que guardo en la funda de su móvil.
Y se puso a guardar en silencio todas las cosas que había sacado: sus apuntes con parte de los datos que había que añadir o cambiar; folios en blanco por si hacían falta, su bolígrafo, un corrector y un marcador. El móvil en la mano para tenerlo visible.
Y miró la hora por última vez.
Las 13:19.
La puerta se abrió.
Era ella saliendo de la sala triste pero cada vez más fuerte; afectada pero superviviente, sin dejar de soñar pero viviendo la realidad, recomponiendo sus pedazos ella sola.
Dibujó una melancólica sonrisa con sus labios y cerró la puerta.

Presente y futuro, escribió en un pequeño papel que guardo en la funda de su móvil.
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La primera vez

Dedicado a todos los que me han pedido un relato menos romántico.

Estaba nerviosa, había pensado tantas veces como sería, que ahora que el momento había llegado tenía todo tipo de dudas; y eso que no era su primera vez.
Pero si lo era con él.
Había tenido otras primeras experiencias, aunque esta le ponía especialmente nerviosa. Y no era miedo porque no resultase cómo esperaba, si no por su estado emocional.
¿Qué tenía ese chico para hacerla sentir así?
Recordaba los primeros besos y cómo sus sentimientos y el deseo habían ido cambiando durante ese tiempo.
También recordaba esa primera vez, que rozó la piel de su vientre y cómo la acariciaba con miedo de que ella no fuese real. Y cómo las caricias se fueron haciendo más y más intensas. Y el deseo de sentir piel con piel la consumía.
Hasta ahora siempre se habían visto en espacios abiertos o por la calle, con lo que se habían visto limitados a la hora de expresar su pasión.
Esa mañana habían quedado en su casa para estar más tranquilos y dejarse llevar por todo lo que sentían. Y los dos eran conscientes de lo que iba a suponer. Por eso estaba nerviosa.
Arregló un poco la casa y se preparó para su cita: la ducha, el gel de olor sensual, la crema, el perfume.
La lencería, un pantalón, una camisa…
Y su actitud.
Sonó el timbre de la calle.
Era él.
Oyó el ascensor y abrió la puerta.
No pudo ni decir buenos días.
Se acercó y comenzó a besarla despacio pero con decisión. La iba guiando hacia atrás mientras sus manos la sujetaban por la cintura.
Ella cerró la puerta de la calle como pudo, ya que no dejaban de besarse.
Llegaron a una de la paredes del pasillo donde la espalda de ella quedó pegada. Él cogió sus manos por las muñecas y las elevó todo lo que pudo. Una de sus manos, bajó recorriendo el brazo de ella, la cara, el cuello. Paró en los botones de su camisa que empezó a desabrochar con mucho cuidado. Y dejó sus manos libres para poder hacerlo mejor.
Ella lo cogió de la mano y entre beso y beso y miradas ardientes llenas de deseo lo llevó hasta su habitación.
Una luz tenue la alumbraba. La suficiente para poder mirarse a los ojos. La suficiente para admirarse desnudos.
Él continúo desabrochando los botones de su camisa, mientras ella lo descamisaba y acariciaba su espalda muy suavemente con las yemas de sus dedos.
La camisa quedó abierta y la dejó caer al suelo;  mientras, él se quitaba su jersey. Luego fueron los pantalones de ambos. Él se sentó en la cama a mirarla a ella. Su expresión lo decía todo. ¿Cómo era posible que fuera tan bonita?
Ella se empezó a quitar la ropa interior mientras él quitaba la suya. Se acercó andando muy despacio hacia la cama y se sentó a su lado.
Él acarició muy despacio su brazo y comenzó a besar su cuello bajando dulcemente hacia el pecho. Ella se reclinó en la cama y lo acercó a él a su lado, facilitando que con sus manos recorriese todas y cada una de las partes de su cuerpo.
Volvió a mirarla, a acariciar su rostro y a besarla mientras se abrazaban.
Ella giró sobre sí misma y quedó encima de él.
El cuerpo le ardía, el corazón lo tenía descontrolado… Poco a poco se fue acercando más a él… Hasta que se convirtieron en uno.
El silencio fue roto por respiraciones fuertes y sonidos llenos de pasión.
Ella apoyaba sus manos en el pecho de él, mientras movía su cadera suavemente. Él se incorporó y una vez sentado la abrazó para sentir su piel y su calor, e intentar estar más unido a ella si era posible. Luego fue ella la que quedó tumbada y con la espalda arqueada de tanto placer, mientras unían sus manos. Se movían rápido, luego lento, primero uno, luego los dos. Con caricias, con besos; con deseo y con amor.
Podían perder la noción del tiempo y así lo hicieron hasta que el cansancio hizo que se durmieran abrazados después de su primera vez.

Él cogió sus manos por las muñecas y las elevó todo lo que pudo. Una de sus manos, bajó recorriendo el brazo de ella, la cara, el cuello. Paró en los botones de su camisa que empezó a desabrochar con mucho cuidado. Y dejó sus manos libres para poder hacerlo mejor.
Ella lo cogió de la mano y entre beso y beso y miradas ardientes llenas de deseo lo llevó hasta su habitación.

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Su historia 2


Cambió su rutina, cambio las calles por las que habían andado juntos. Dejó de ir a los lugares que frecuentaban.
Cambió todo lo que puedo.
Aún así el destino le jugaba malas pasadas.
Cada vez que se recomponía a si misma y decidía que era el momento de olvidar, el destino hacía que se lo cruzase en algún lugar, por raro que resultase. Cada vez que sacaba fuerzas y decidía pasar página, algo ocurría que no le dejaba avanzar; cada vez que volvía a sonreír y a ser ella, algo la desestabilizaba; lugares, circunstancias o lo que fuese que le recordaba a él.
Era como si algo externo lo impidiese, era como si el universo entero se negase a que aquella historia de amor terminase.
¿Estarían unidos por el hilo rojo del destino? ¿O todo había sido una lección de vida?
De las veces que se veían casi nunca hablaban, cruzaban alguna palabra y poco más. O sólo se lanzaban un saludo con la mano, como si fuesen simplemente dos conocidos.
Ella ocultaba sus sentimientos, y por eso no hablaba casi con él, aunque lo que más deseaba era tener las cosas claras. Pero unos meses atrás decidió dejar de intentar hablar con alguien que no quería; quizás le costase tomar algunas decisiones, pero una vez lo hacía no había nada ni nadie que le hiciese cambiar de idea.
Nunca iba a volver a decir nada, nunca en primer lugar.
Él callaba y ella no sabía muy bien por qué. ¿Porque no sentía nada?¿Porque sentía demasiado? Quizás se escondía de sus sentimientos cómo ella.
Aquella última tarde que la casualidad los encontró, la voz con la que él se había dirigido a ella era muy dulce y con algún tipo de sentimiento a pesar que no dijeron nada personal; y cómo siempre le ocurría… el mundo dejaba de existir a su alrededor incluso en esos breves instantes.
Ella en esa ocasión se había mostrado fría; y evitó prolongar la conversación. Fue incapaz de mirarle a los ojos, por miedo a bajar su barrera… ¿Y si él pensaba que ya no le importaba a ella?¿Y si su actitud lo que hacía era alejarle?¿Por qué de todo lo que ocurría? Puede que nunca lo supiese.
De momento el destino, las circunstancias o lo que fuera que fuese, la mantenían así, con una falsa ilusión y sin tener muy claro que querían decir las señales que recibía.
Pero aquel fin de semana decidió que era el momento de salir de su estado pausado y recuperar su alegría y su ilusión por crear vivencias nuevas.
Organizó junto con su amiga un día de recuperación, programado desde primera hora y hasta la noche: lo primero el almuerzo para coger fuerzas, luego un buen paseo que eso siempre va bien; por supuesto comer en una terraza con sol y por la tarde ir a comprar algo para estrenar esa misma noche en la cena.
Además de dejar cerrado el tema del corazón: no más tristeza, no más pensamientos, sólo vivir.
-Lo último- le dijo a su amiga- es el tema del cumpleaños. Está tan cerca…
-¿Qué quieres hacer?- preguntó su amiga.
-Pues no lo tengo claro, una parte de mí quiere hacerlo; la otra dice que ni se me ocurra.
-Bueno, aún tienes tiempo. Piénsalo de aquí a que llegue y ya decides- dijo mientras la abrazaba para mostrarle su apoyo.
-Sí, eso haré.
Y el día continuó.
Dejaron de hablar de ello y se rieron recordando anécdotas, mirando fotos y planeando otros días. Lo único que las ideas suelen ser traicioneras: es relajarte, bajar la guardia y los pensamientos cobran vida propia.
Se despidieron no sin antes hacer la reserva para la cena y poner una hora para estar listas. Se volvieron a abrazar y cada una emprendió el camino hacia su casa.
Y el pensamiento volvió, mientras iba por la calle  hacia su coche ignorando todo a su alrededor.
-¿Le felicito o no lo hago?- y deshojaba la margarita mentalmente.
-Sí, porque me sentiré mal si no lo hago -razonaba.
-No, porque no voy a poder decir sólo Felicidades- justificaba.
Y entre tanto si o no, llegó a su casa.
Mientras habría la puerta del garaje para guardar el coche, tomó la decisión: no lo iba a hacer. No habían motivos suficientes para hacerlo y era su último pensamiento.
Paró el motor y se dispuso a bajar las bolsas que llevaba en el maletero.
Cogió su chaqueta para buscar las llaves y algo le cayó al suelo: un protector de labios que llevaba en el bolso. Cuando se agachó a cogerlo vio algo más en el suelo.
Fijó la vista y…. ¿Cómo era posible?
El colgante de un llavero estaba ahí. Justo el que él le regaló con las llaves de su casa. Ese que no sabía dónde estaba, y que unos meses atrás se había roto. Y apareció de repente.
¿Era otra señal del destino?
Al final le felicitaría…..

Pero aquel fin de semana decidió que era el momento de salir de su estado pausado y recuperar su alegría y su ilusión por crear vivencias nuevas.
Organizó junto con su amiga un día de recuperación, programado desde primera hora y hasta la noche: lo primero el almuerzo para coger fuerzas, luego un buen paseo que eso siempre va bien; por supuesto comer en una terraza con sol y por la tarde ir a comprar algo para estrenar esa misma noche en la cena.
Además de dejar cerrado el tema del corazón: no más tristeza, no más pensamientos, sólo vivir.
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Una llamada de teléfono


Había pasado mucho tiempo desde la última vez que hablaron, y cada uno de los días había pensado en él: como estaría, como le iría, si habría rehecho su vida… Aunque esto último le causaba intranquilidad.
También se preguntaba, evidentemente, si él la echaría un poco de menos y si pensaría en ella algún día. Quizás ya sólo era un recuerdo bonito.
«¡No! Eso es completamente imposible. No puedo pasar de haber sido la historia más bonita de su vida, a ser solamente un recuerdo.
Simplemente huye de sus sentimientos, porque le hacen sentir vulnerable y no se lo puede permitir» escribía en su libreta de pensamientos.
«Es incapaz de verme o de hablar conmigo, porque le entra la debilidad. Ahora no es nuestro momento. Pero él lo sabe también como lo sé yo, aunque no se lo quiera reconocer ni siquiera a sí mismo.» Añadía otro día.
Y es que seguía sin entender, por que habían dejado hasta de hablar.
Cada vez que sonaba su teléfono, miraba nerviosa deseando ver su nombre; por eso cuando aquel día lo vio en la pantalla tuvo que parpadear y volver a fijarse para ver que no se había equivocado. Dejó que sonase varias veces antes de contestar con las manos temblorosas, y preguntando quién era, cómo si no le hubiese dado tiempo a mirarlo y así de paso disimular un poco su voz alterada.
– ¿Diga? – y pensó en lo protocolario y absurdo que resultaba.
-¡Buenas! ¿Que tal?- escuchó al otro lado.
Estaba tensa, había tantas cosas que quería saber y preguntar, que las palabras no le salían.
-¡Ostras!- fue lo primero que pudo decir.
Al otro lado del teléfono se oían carcajadas.
– Si te pillo en mal momento…. dime cuándo te apetecería hablar- bromeaba él.
– No, que va. Disculpa, ha sido la sorpresa. Estaba leyendo un poco…. ¿En qué te puedo ayudar?¿ Necesitas algo? – dijo rápidamente ella.
– ¿Tanto te extraña la llamada qué me preguntas eso? Jajaja. Simplemente quería saber cómo estabas.
– Bien – dijo un poco más tranquila- con proyectos nuevos, alguna escapada y esas cosas. ¿ Y tú?- Esa pregunta le daba un poco de respeto pero necesitaba hacerla. Debía hacerla.
– También bien, liado como siempre; pero bueno hay cosas que nunca cambian, y eso lo sabes tú también ¿Verdad?
Su mente se quedó en blanco, sin saber cómo responder. Ya que pensaba en sus sentimientos que no habían cambiado y nunca lo harían.
Y el silencio fue roto por una pregunta:
– ¿Nos tomamos algo un día y me cuentas lo de tus proyectos?
Cogió lo primero que tenía a mano y empezó a abanicarse, por el calor que notó en ese momento; intentaba centrarse y así poder dar una respuesta sin que se notase su nerviosismo.
– Podemos buscar un hueco que nos acople a los dos, ¿Te parece?- le contestó.
– ¿Cómo lo tienes el sábado?¿O es un poco precipitado?- sugirió él.
Tardó en contestar de nuevo, haciendo cómo que consultaba la agenda. Aunque sabía de sobra que no tenía nada para ese día.
-Sin problema, si es a partir de las 5.
-Por supuesto, ¿en la cafetería de siempre?
-Sí, en la se siempre. Nos vemos y….. Cuídate. -se despidió ella.
-Un beso- añadió él.
Aún no había colgado y ya estaba pensando en cómo se iba a vestir, si se iba a comprar aquella blusa que había visto; si iba a ir a la peluquería… Quería estar perfecta.
Faltaban 3 días todavía, y no paraba de dar vueltas. Tenía que desconectar y hacer vida normal o por lo menos intentarlo.
En menos de lo que pensaba llegó el sábado.
Abrió el armario y miró la ropa que tenía: probó con una blusa color frambuesa y un chino azul, luego con un jersey de pico y otro pantalón….se recogió el pelo, lo soltó. Sacó los tacones… Hizo varias pruebas y no se veía con ninguna y se decidió por ser ella misma.
Escogió unos vaqueros y un suéter azul de escote bardot, sin tacones, sin pintar con un poco de perfume y con el pelo suelto. Ningún tipo de joya, más que lo que habitualmente llevaba. Ella era así, y era perfecta. No necesitaba impresionar a nadie. Y quien la quisiese lo haría por ser lo que era.
Con puntualidad inglesa llegó a la cita. Había ido dando un paseo para sentirse más relajada. Él también fue puntual.
Se dieron un saludo discreto, cómo si los acabasen de presentar y entraron para buscar asiento. Pidieron sendos cafés y la conversación empezó.
Bastaron 5 minutos y 15 vueltas a la cuchara para que los dos se relajaran y hablaran con total naturalidad. Y lo hicieran del presente; también del pasado y por supuesto del futuro.
– Y dime – dijo él – ¿Has conocido mucha gente nueva?
– La verdad que sí, y también me he reencontrado con antiguas amistades. Cosas del destino, supongo.
– Y ¿Alguien especial? – Insistió él- A mí me ha resultado imposible.
Ella creyó percibir preocupación en su voz. Pero podían ser imaginaciones.
– Bueno, sí. Un chico muy inteligente, alocado y divertido con los amigos, pero muy formal en el trabajo. Tiene varias carreras y su propia empresa. Se ha preocupado por mí durante mucho tiempo y ha sido un gran apoyo en muchos aspectos.
Él la escuchaba atentamente y aunque parecía que no le afectaba en absoluto, ella tenía una sensación de que estaba incómodo y tenso.
– Me alegro por tí y porque hayas encontrado la felicidad en un hombre tan completo- dijo mientras evitaba su mirada.
– Gracias -dijo ella haciendo un pequeño silencio- si es muy completo- cogió mucho aire y dijo- Pero no eres tú.
Y fijó su mirada en él; e inmediatamente él se la devolvió. Permanecieron así unos segundos, hablando con la mirada y con las sonrisas, hasta que él cogió su mano.
– Yo….- Intentó decir.
Ella le interrumpió.
– Lo tengo muy claro, siempre lo he tenido. Si tú también lo tienes, empecemos de cero. Será lo mejor.
Él asentía mientras la miraba con los ojos brillantes.
-Tienes razón. Empecemos de cero.
Y así lo hicieron.
Ese día, se despidieron con un nuevo primer beso, cargado de nuevos sentimientos,nuevas caricias, nuevos sueños…
Fue el día 0.

Hizo varias pruebas y no se veía con ninguna y se decidió por ser ella misma.
Escogió unos vaqueros y un suéter azul de escote bardot, sin tacones, sin pintar con un poco de perfume y con el pelo suelto. Ningún tipo de joya, más que lo que habitualmente llevaba. Ella era así, y era perfecta. No necesitaba impresionar a nadie. Y quien la quisiese lo haría por ser lo que era.
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Su historia


-¿Cuándo nos conocimos? – Le pregunto a él mientras  se escondía entre sus brazos.
-No sé realmente cuándo me conociste tú a mí; si tengo claro el día que yo te conocí a tí. Iba buscando información para un proyecto y allí estabas tú. Me pareciste muy dulce y con una luz especial y me encantó tu sonrisa cuando saliste de aquel despacho.
-¡Ah! Fue aquel día. Recuerdo que venías acompañado, pero el resto está todo cómo en una nube. La verdad que porque me dices que eras tú…
Tiempo atrás los presentaron. Pero no se habían vuelto a ver.Quizás coincidieron por la calle, o se cruzaron en una escalera. O cuando uno entraba por una puerta, el otro salía por otra. O quizás nada de eso ocurriese.
Pero el destino los unió.
Él era un chico agradable y gracioso, alguien con quien poder hablar de todo; aparentemente tranquilo, aunque cuando se ponía nervioso sus manos lo delataban. Era muy hablador y había tenido que ser muy fuerte en la vida.
Ella era paz, sueños e ilusión. Era valiente y decidida, cabezota, con las ideas muy claras. También era intensa a la hora de amar, quizás por eso había sufrido tanto.
Empezaron a tener que verse frecuentemente.
Hubieron bailes, bromas, risas y lo principal: conexión entre ellos.
Luego llegaron las miradas cómplices, el beso especial en la mejilla en las despedidas, la forma tan sutil y delicada de sujetar su cintura para dejarla pasar…. Y se enamoró.
¿Quién le iba a decir a ella, que se iba a volver a enamorar? Y además de esa manera, cuando se había repetido una y otra vez que no iba a volver a amar.
Solamente que ese no era amor a primera vista. Era ese que llega cuando menos lo esperas. Era el amor de cuando pierdes el miedo y vives. No era el primero, y aún así era el más bonito. Porque en él había encontrado todo lo que siempre había buscado en un compañero: dulzura y pasión dependiendo del momento, comprensión, dedicación, escucha… Y esa expresión de sus ojos cuando la miraba. Con él podía ser mujer, amiga, amante o incluso niña.
Era un amor que se forjó día a día con pequeños detalles, con eternas charlas, con excusas para verse, con infinidad de besos.
Era un amor que había conseguido derribar muros y saltar barreras que ambos habían construido.
Era un amor con tantas sensaciones, con tantos sentimientos que cada caricia parecía nueva, cada beso le hacía estremecer, su olor le hacía soñar y su voz le daba tranquilidad.
Era una historia de amor con días intensos en los que la pasión y el deseo los desbordaba; donde el mundo desaparecía entre sus manos entrelazadas. Y era días de paz dónde soñar con un futuro juntos, con paseos al atardecer recorriendo la ciudad cogidos de la mano y luchando unidos.
Era perfectamente imperfecto, tanto que no podía ser real.
No hubieron peleas, ni desencuentros, ni nada malo. Únicamente un adiós desconcertante.
Los miedos de él y la seguridad de ella. Los miedos de ella y la seguridad de él.
El día a día, los problemas añadidos, las circunstancias…… O simplemente tenía que ser así.
Y la historia terminó.
Se vieron alguna que otra vez durante los siguientes meses, y el amor que sentía ella no desaparecía. Seguía notando la conexión,  seguía viendo en sus ojos algo, seguía percibiendo nerviosismo en sus manos cuando hablaban. ¿Era producto de sus ilusiones y deseos o era real?
Un viaje, un cambio de trabajo y la vida, los distanció más. Pero ella no conseguía olvidar, ni dejar de sentir, ni de soñar. Algo tenía que hacer.
Y decidió borrar todo el rastro y empezar de cero.
El destino los unió una vez, si estaban hechos para compartir la vida, el mismo destino los volvería a reunir.

Era una historia de amor con días intensos en los que la pasión y el deseo los desbordaba; donde el mundo desaparecía entre sus manos entrelazadas. Y era días de paz dónde soñar con un futuro juntos, con paseos al atardecer recorriendo la ciudad cogidos de la mano y luchando unidos.